El Balcon

20081211003428-at-the-balcony-pinoiHablar de la obra de Felisberto Hernández, es entrar en el mundo donde nace el cuento en la Argentina, me parece apropiado dejar este cuento que realmente me sorprendió, por su alta emotividad de espacio, por su contenido realmente demoledor y por su frágil y notoria semblanza hacia el amor.

Osvaldo Norberto Lázaro

El balcón

Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en verano. En esa época casi todo un barrio se iba a un balneario cercano. Una de las casas abandonadas era muy antigua; en ella habían instalado un hotel y apenas empezaba el verano la casa se ponía triste, iba perdiendo sus mejores familias y quedaba habitada nada más que por los sirvientes. Si yo me hubiera escondido detrás de ella y soltado un grito, éste enseguida se hubiese apagado en el musgo.
El teatro donde yo daba los conciertos también tenía poca gente y lo había invadido el silencio: yo lo veía agrandarse en la gran tapa negra del piano. Al silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta la última resonancia y después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en la música: pasaba entre los sonidos como un gato con su gran cola negra y los dejaba llenos de intenciones.

Al final de uno de esos conciertos, vino a saludarme un anciano tímido. Debajo de sus ojos azules se veía la carne viva y enrojecida de sus párpados caídos; el labio inferior, muy grande y parecido a la baranda de un palco, daba vuelta alrededor de su boca entreabierta. De allí salía una voz apagada y palabras lentas; además, las iba separando con el aire quejoso de la respiración.

Después de un largo intervalo me dijo:

-Yo lamento que mi hija no pueda escuchar su música.

No sé por qué se me ocurrió que la hija se habría quedado ciega; y enseguida me di cuenta que una ciega podía oír, que más bien podía haberse quedado sorda, o no estar en la ciudad; y de pronto me detuve en la idea de que podría haberse muerto. Sin embargo aquella noche yo era feliz; en aquella ciudad todas las cosas eran lentas, sin ruido yo iba atravesando, con el anciano, penumbras de reflejos verdosos.

De pronto me incliné hacia él -como en el instante en que debía cuidar de algo muy delicado- y se me ocurrió preguntarle:

-¿Su hija no puede venir?

Él dijo «ah» con un golpe de voz corto y sorpresivo; detuvo el paso, me miró a la cara y por fin le salieron estas palabras:

-Eso, eso; ella no puede salir. Usted lo ha adivinado. Hay noches que no duerme pensando que al día siguiente tiene que salir. Al otro día se levanta temprano, apronta todo y le viene mucha agitación. Después se le va pasando. Y al final se sienta en un sillón y ya no puede salir.

La gente del concierto desapareció enseguida de las calles que rodeaban al teatro y nosotros entramos en el café. Él le hizo señas al mozo y le trajeron una bebida oscura en el vasito. Yo lo acompañaría nada más que unos instantes; tenía que ir a cenar a otra parte. Entonces le dije:

-Es una pena que ella no pueda salir. Todos necesitamos pasear y distraernos.

Él, después de haber puesto el vasito en aquel labio tan grande y que no alcanzó a mojarse, me explicó:

-Ella se distrae. Yo compré una casa vieja, demasiado grande para nosotros dos, pero se halla en buen estado. Tiene un jardín con una fuente; y la pieza de ella tiene, en una esquina, una puerta que da sobre un balcón de invierno; y ese balcón da a la calle; casi puede decirse que ella vive en el balcón. Algunas veces también pasea por el jardín y algunas noches toca el piano. Usted podrá venir a cenar a mi casa cuando quiera y le guardaré agradecimiento.

Comprendí enseguida; y entonces decidimos el día en que yo iría a cenar y a tocar el piano.

Él me vino a buscar al hotel una tarde en que el sol todavía estaba alto. Desde lejos, me mostró la esquina donde estaba colocado el balcón de invierno. Era en un primer piso. Se entraba por un gran portón que había al costado de la casa y que daba a un jardín con una fuente de estatuillas que se escondían entre los yuyos. El jardín estaba rodeado por un alto paredón; en la parte de arriba le habían puesto pedazos de vidrio pegados con mezcla. Se subía a la casa por una escalinata colocada delante de una galería desde donde se podía mirar al jardín a través de una vidriera. Me sorprendió ver, en el largo corredor, un gran número de sombrillas abiertas; eran de distintos colores y parecían grandes plantas de invernáculo. Enseguida el anciano me explicó:

-La mayor parte de estas sombrillas se las he regalado yo. A ella le gusta tenerlas abiertas para ver los colores. Cuando el tiempo está bueno elige una y da una vueltita por el jardín. En los días que hay viento no se puede abrir esta puerta porque las sombrillas se vuelan, tenemos que entrar por otro lado.

Fuimos caminando hasta un extremo del corredor por un techo que había entre la pared y las sombrillas. Llegamos a una puerta, el anciano tamborileó con los dedos en el vidrio y adentro respondió una voz apagada. El anciano me hizo entrar y enseguida vi a su hija de pie en medio del balcón de invierno; frente a nosotros y de espaldas a vidrios de colores. Sólo cuando nosotros habíamos cruzado la mitad del salón ella salió de su balcón y nos vino a alcanzar. Desde lejos ya venía levantando la mano y diciendo palabras de agradecimiento por mi visita. Contra la pared que recibía menos luz había recostado un pequeño piano abierto, su gran sonrisa amarillenta parecía ingenua.

Ella se disculpó por el hecho de no poder salir y señalando el balcón vacío, dijo:

-Él es mi único amigo.

Yo señalé al piano y le pregunté:

-Y ese inocente, ¿no es amigo suyo también?

Nos estábamos sentando en sillas que había a los pies de ella. Tuve tiempo de ver muchos cuadritos de flores pintadas colocadas todos a la misma altura y alrededor de las cuatro paredes como si formaron un friso. Ella había dejado abandonada en medio de su cara una sonrisa tan inocente como la del piano; pero su cabello rubio y desteñido y su cuerpo delgado también parecían haber sido abandonados desde mucho tiempo. Ya empezaba a explicar por qué el piano no era tan amigo suyo como el balcón, cuando el anciano salió casi en puntas de pie. Ella siguió diciendo:

-El piano era un gran amigo de mi madre.

Yo hice un movimiento como para ir a mirarlo; pero ella, levantando una mano y abriendo los ojos, me detuvo:

-Perdone, preferiría que probara el piano después de cenar, cuando haya luces encendidas. Me acostumbré desde muy niña a oír el piano nada más que por la noche. Era cuando lo tocaba mi madre. Ella encendía las cuatro velas de los candelabros y tocaba notas tan lentas y tan separadas en el silencio como si también fuera encendiendo, uno por uno, los sonidos.

Después se levantó y pidiéndome permiso se fue al balcón; al llegar a él le puso los brazos desnudos en los vidrios como si los recostara sobre el pecho de otra persona. Pero enseguida volvió y me dijo:

-Cuando veo pasar varias veces a un hombre por el vidrio rojo casi siempre resulta que él es violento o de mal carácter.

No pude dejar de preguntarle:

-Y yo ¿en qué vidrio caí?

-En el verde. Casi siempre les toca a las personas que viven solas en el campo.

-Casualmente a mí me gusta la soledad entre plantas -le contesté.

Se abrió la puerta por donde yo había entrado y apareció el anciano seguido por una sirvienta tan baja que yo no sabía si era niña o enana. Su cara roja aparecía encima de la mesita que ella misma traía en sus bracitos. El anciano me preguntó:

-¿Qué bebida prefiere?

Yo iba a decir «ninguna», pero pensé que se disgustaría y le pedí una cualquiera. A él le trajeron un vasito con la bebida oscura que yo le había visto tomar a la salida del concierto. Cuando ya era del todo la noche fuimos al comedor y pasamos por la galería de las sombrillas; ella cambió algunas de lugar y mientras yo se las elogiaba se le llenaba la cara de felicidad.

El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba sobre un mantel blanco; allí se había reunido, como para una fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio. Empezaron a entrar en el mantel nuestros pares de manos: ellas parecían habitantes naturales de la mesa. Yo no podía dejar de pensar en la vida de las manos. Haría muchos años, unas manos habían obligado a estos objetos de la mesa a tener una forma. Después de mucho andar ellos encontrarían colocación en algún aparador. Estos seres de la vajilla tendrían que servir a toda clase de manos. Cualquiera de ellas echaría los alimentos en las caras lisas y brillosas de los platos; obligarían a las jarras a llenar y a volcar sus caderas; y a los cubiertos, a hundirse en la carne, a deshacerla y a llevar los pedazos a la boca. Por último los seres de la vajilla eran bañados, secados y conducidos a sus pequeñas habitaciones. Algunos de estos seres podrían sobrevivir a muchas parejas de manos; algunas de ellas serían buenas con ellos, los amarían y los llenarían de recuerdos, pero ellos tendrían que seguir viviendo en silencio.

Hacía un rato, cuando nos hallábamos en la habitación de la hija de la casa y ella no había encendido la luz -quería aprovechar hasta el último momento el resplandor que venía de su balcón-, estuvimos hablando de los objetos. A medida que se iba la luz, ellos se acurrucaban en la sombra como si tuvieran plumas y se prepararan para dormir. Entonces ella dijo que los objetos adquirían alma a medida que entraban en relación con las personas. Algunos de ellos antes habían sido otros y habían tenido otra alma (algunos que ahora tenían patas, antes habían tenido ramas, las teclas habían sido colmillos), pero su balcón había tenido alma por primera vez cuando ella empezó a vivir en él.

De pronto apareció en la orilla del mantel la cara colorada de la enana. Aunque ella metía con decisión sus bracitos en la mesa para que las manitas tomaran las cosas, el anciano y su hija le acercaban los platos a la orilla de la mesa. Pero al ser tomados por la enana, los objetos de la mesa perdían dignidad. Además el anciano tenía una manera apresurada y humillante de agarrar el botellón por el pescuezo y doblegarlo hasta que le salía vino.

Al principio la conversación era difícil. Después apareció dando campanadas un gran reloj de pie; había estado marchando contra la pared situada detrás del anciano; pero yo me había olvidado de su presencia. Entonces empezamos a hablar. Ella me preguntó:

-¿Usted no siente cariño por las ropas viejas?

-¡Cómo no! Y de acuerdo a lo que usted dijo de los objetos, los trajes son los que han estado en más estrecha relación con nosotros -aquí yo me reí y ella se quedó seria-; y no me parecería imposible que guardaran de nosotros algo más que la forma obligada del cuerpo y alguna emanación de la piel.

Pero ella no me oía y había procurado interrumpirme como alguien que intenta entrar a saltar cuando están torneando la cuerda. Sin duda me había hecho la pregunta pensando en lo que respondería ella.

Por fin dijo:

-Yo compongo mis poesías después de estar acostada -ya, en la tarde, había hecho alusión a esas poesías- y tengo un camisón blanco que me acompaña desde mis primeros poemas. Algunas noches de verano voy con él al balcón. El año pasado le dediqué una poesía.

Había dejado de comer y no se le importaba que la enana metiera los bracitos en la mesa. Abrió los ojos como ante una visión y empezó a recitar:

-A mi camisón blanco.

Yo endurecía todo el cuerpo y al mismo tiempo atendía a las manos de la enana. Sus deditos, muy sólidos, iban arrollados hasta los objetos, y sólo a último momento se abrían para tomarlos.

Al principio yo me preocupaba por demostrar distintas maneras de atender; pero después me quedé haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza, que coincidía con la llegada del péndulo a uno de los lados del reloj. Esto me dio fastidio; y también me angustiaba el pensamiento de que pronto ella terminaría y yo no tenía preparado nada para decirle; además, al anciano le había quedado un poco de acelga en el borde del labio inferior y muy cerca de la comisura.

La poesía era cursi, pero parecía bien medida; con «camisón» no rimaba ninguna de las palabras que yo esperaba; le diría que el poema era fresco. Yo miraba al anciano y al hacerlo me había pasado la lengua por el labio inferior, pero él escuchaba a la hija. Ahora yo empezaba a sufrir porque el poema no terminaba. De pronto dijo «balcón» para rimar con «camisón», y ahí terminó el poema.

Después de las primeras palabras, yo me escuchaba con serenidad y daba a los demás la impresión de buscar algo que ya estaba a punto de encontrar:

-Me llama la atención -comencé- la calidad de adolescencia que le ha quedado en el poema. Es muy fresco y…

Cuando yo había empezado a decir «es muy fresco», ella también empezaba a decir:

-Hice otro…

Yo me sentí desgraciado; pensaba en mí con un egoísmo traicionero. Llegó la enana con otra fuente y me serví con desenfado una buena cantidad. No quedaba ningún prestigio: ni el de los objetos de la mesa, ni el de la poesía, ni el de la casa que tenía encima, con el corredor de las sombrillas, ni el de la hiedra que tapaba todo un lado de la casa. Para peor, yo me sentía separado de ellos y comía en forma canallesca; no había una vez que el anciano no manoteara el pescuezo del botellón que no encontrara mi copa vacía.

Cuando ella terminó el segundo poema, yo dije:

-Si esto no estuviera tan bueno -yo señalaba el plato- le pediría que me dijera otro.

Enseguida el anciano dijo:

-Primero ella debía comer. Después tendrá tiempo.

Yo empezaba a ponerme cínico, y en aquel momento no se me hubiera importado dejar que me creciera una gran barriga. Pero de pronto sentí como una necesidad de agarrarme del saco de aquel pobre viejo y tener para él un momento de generosidad. Entonces señalándole el vino le dije que hacía poco me habían hecho un cuento de un borracho. Se lo conté, y al terminar los dos empezaron a reírse desesperadamente; después yo seguí contando otros. La risa de ella era dolorosa; pero me pedía por favor que siguiera contando cuentos; la boca se le había estirado para los lados como un tajo impresionante; las «patas de gallo» se le habían quedado prendidas en los ojos llenos de lágrimas, y se apretaba las manos juntas entre las rodillas. El anciano tosía y había tenido que dejar el botellón antes de llenar la copa. La enana se reía haciendo como un saludo de medio cuerpo.

Milagrosamente todos habíamos quedado unidos y yo no tenía el menor remordimiento.

Esa noche no toqué el piano. Ellos me rogaron que me quedara, y me llevaron a un dormitorio que estaba al lado de la casa que tenía enredaderas de hiedra. Al comenzar a subir la escalera, me fijé que del reloj de pie salía un cordón que iba siguiendo a la escalera, en todas sus vueltas. Al llegar al dormitorio, el cordón entraba y terminaba atado en una de las pequeñas columnas del dosel de mi cama. Los muebles eran amarillos, antiguos, y la luz de una lámpara hacía brillar sus vientres. Yo puse mis manos en mi abdomen y miré el del anciano. Sus últimas palabras de aquella noche habían sido para recomendarme:

-Si usted se siente desvelado y quiere saber la hora, tire de este cordón. Desde aquí oirá el reloj del comedor; primero le dará las horas y, después de un intervalo, los minutos.

De pronto se empezó a reír, y se fue dándome las «buenas noches». Sin duda se acordaría de uno de los cuentos, el de un borracho que conversaba con un reloj.

Todavía el anciano hacía crujir la escalera de madera con sus paso pesados, cuando yo ya me sentía solo con mi cuerpo. Él -mi cuerpo- había atraído hacia sí todas aquellas comidas y todo aquel alcohol como un animal tragando a otros; y ahora tendría que luchar con ellos toda la noche. Lo desnudé completamente y lo hice pasear descalzo por la habitación.

Enseguida de acostarme quise saber qué cosa estaba haciendo yo con mi vida en aquellos días; recibí de la memoria algunos acontecimientos de los días anteriores, y pensé en personas que estaban muy lejos de allí. Después empecé a deslizarme con tristeza y con cierta impudicia por algo que era como las tripas del silencio.

A la mañana siguiente hice un recorrido sonriente y casi feliz de las cosas de mi vida. Era muy temprano; me vestí lentamente y salí a un corredor que estaba a pocos metros sobre el jardín. De este lado también había yuyos altos y árboles espesos. Oí conversar al anciano y a su hija, y descubrí que estaban sentados en un banco colocados bajo mis pies. Entendí primero lo que decía ella:

-Ahora Úrsula sufre más; no sólo quiere menos al marido, sino que quiere más al otro.

El anciano preguntó:

-¿Y no puede divorciarse?

-No; porque ella quiere a los hijos, y los hijos quieren al marido y no quieren al otro.

Entonces el anciano dijo con mucha timidez:

-Ella podría decir a los hijos que el marido tiene varias amantes.

La hija se levantó enojada:

-¡Siempre el mismo, tú! ¡Cuándo comprenderás a Úrsula! ¡Ella es incapaz de hacer eso!

Yo me quedé muy intrigado. La enana no podía ser -se llamaba Tamarinda-. Ellos vivían, según me había dicho el anciano, completamente solos. ¿Y esas noticias? ¿Las habrían recibido en la noche? Después del enojo, ella había ido al comedor y al rato salió al jardín bajo una sombrilla color salmón con volados de gasas blancas. A mediodía no vino a la mesa. El anciano y yo comimos poco y tomamos poco vino. Después yo salí para comprar un libro a propósito para ser leído en una casa abandonada entre los yuyos, en una noche muda y después de haber comido y bebido en abundancia.

Cuando iba de vuelta, pasó frente al balcón, un poco antes que yo, un pobre negro viejo y rengo, con un sombrero verde de alas tan anchas como las que usan los mejicanos.

Se veía una mancha blanca de carne, apoyada en el vidrio verde del balcón.

Esa noche, apenas nos sentamos a la mesa, yo empecé a hacer cuentos, y ella no recitó.

Las carcajadas que soltábamos el anciano y yo nos servían para ir acomodando cantidades brutales de comida y de vinos.

Hubo un momento en que nos quedamos silenciosos. Después, la hija nos dijo:

-Esta noche quiero oír música. Yo iré antes a mi habitación y encenderé las velas del piano. Hace ya mucho tiempo que no se encienden. El piano, ese pobre amigo de mamá, creerá que es ella quien lo irá a tocar.

Ni el anciano ni yo hablamos una palabra más. Al rato vino Tamarinda a decirnos que la señorita nos esperaba.

Cuando fui a hacer el primer acorde, el silencio parecía un animal pesado que hubiera levantado una pata. Después del primer acorde salieron sonidos que empezaron a oscilar como la luz de las velas. Hice otro acorde como si adelantara otro paso. Y a los pocos instantes, y antes que yo tocara otro acorde más, estalló una cuerda. Ella dio un grito. El anciano y yo nos paramos; él fue hacia su hija, que se había tapado los ojos, y la empezó a calmar diciéndole que las cuerdas estaban viejas y llenas de herrumbre. Pero ella seguía sin sacarse las manos de los ojos y haciendo movimientos negativos con la cabeza. Yo no sabía qué hacer; nunca se me había reventado una cuerda. Pedí permiso para ir a mi cuarto, y al pasar por el corredor tenía miedo de pisar una sombrilla.

A la mañana siguiente llegué tarde a la cita del anciano y la hija en el banco del jardín, pero alcancé a oír que la hija decía:

-El enamorado de Úrsula trajo puesto un gran sombrero verde de alas anchísimas.

Yo no podía pensar que fuera aquel negro viejo y rengo que había visto pasar en la tarde anterior; ni podía pensar en quién traería esas noticias por la noche.

Al mediodía, volvimos a almorzar el anciano y yo solos. Entonces aproveché para decirle:

-Es muy linda la vista desde el corredor. Hoy no me quedé más porque ustedes hablaban de una Úrsula, y yo temía ser indiscreto.

El anciano había dejado de comer, y me había preguntado en voz alta:

-¿Usted oyó?

Vi el camino fácil para la confidencia, y le contesté:

-Sí, oí todo, ¡pero no me explico cómo Úrsula puede encontrar buen mozo a ese negro viejo y rengo que ayer llevaba el sombrero verde de alas tan anchas!

-¡Ah! -dijo el anciano-, usted no ha entendido. Desde que mi hija era casi una niña me obligaba a escuchar y a que yo interviniera en la vida de personajes que ella inventaba. Y siempre hemos seguido sus destinos como si realmente existieran y recibiéramos noticias de sus vidas. Ellas les atribuye hechos y vestimentas que percibe desde el balcón. Si ayer vio pasar a un hombre de sombrero verde, no se extrañe que hoy se lo haya puesto a uno de sus personajes. Yo soy torpe para seguirle esos inventos, y ella se enoja conmigo. ¿Por qué no la ayuda usted? Si quiere yo…

No lo dejé terminar:

-De ninguna manera, señor. Yo inventaría cosas que le harían mucho daño.

A la noche ella tampoco vino a la mesa. El anciano y yo comimos, bebimos y conversamos hasta muy tarde de la noche.

Después que me acosté sentí crujir una madera que no era de los muebles. Por fin comprendí que alguien subía la escalera. Y a los pocos instantes llamaron suavemente a mi puerta. Pregunté quién era, y la voz de la hija me respondió:

-Soy yo; quiero conversar con usted.

Encendí la lámpara, abrí una rendija de la puerta y ella me dijo:

-Es inútil que tenga la puerta entornada; yo veo por la rendija del espejo, y el espejo lo refleja a usted desnudito detrás de la puerta.

Cerré enseguida y le dije que esperara. Cuando le indiqué que podía entrar, abrió la puerta de entrada y se dirigió a otra que había en mi habitación y que yo nunca pude abrir. Ella la abrió con la mayor facilidad y entró a tientas en la oscuridad de otra habitación que yo no conocía. Al momento salió de allí con una silla que colocó al lado de mi cama. Se abrió una capa azul que traía puesta y sacó un cuaderno de versos. Mientras ella leía yo hacía un esfuerzo inmenso para no dormirme; quería levantar los párpados y no podía; en vez, daba vuelta para arriba los ojos y debía parecer un moribundo. De pronto ella dio un grito como cuando se reventó la cuerda del piano; y yo salté de la cama. En medio del piso había una araña grandísima. En el momento que yo la vi ya no caminaba, había crispado tres de sus patas peludas, como si fuera a saltar. Después yo le tiré los zapatos sin poder acertarle. Me levanté, pero ella me dijo que no me acercara, que esa araña saltaba. Yo tomé la lámpara, fui dando la vuelta a la habitación cerca de las paredes hasta llegar al lavatorio, y desde allí le tiré con el jabón, con la tapa de la jabonera, con el cepillo, y sólo acerté cuando le tiré con la jabonera. La araña arrolló las patas y quedó hecha un pequeño ovillo de lana oscura. La hija del anciano me pidió que no le dijera nada al padre porque él se oponía a que ella trabajara o leyera hasta tan tarde. Después que ella se fue, reventé la araña con el taco del zapato y me acosté sin apagar la luz. Cuando estaba por dormirme, arrollé sin querer los dedos de los pies; esto me hizo pensar en que la araña estaba allí, y volví a dar un salto.

A la mañana siguiente vino el anciano a pedirme disculpas por la araña. Su hija se lo había contado todo. Yo le dije al anciano que nada de aquello tenía la menor importancia, y para cambiar de conversación le hablé de un concierto que pensaba dar por esos días en una localidad vecina. Él creyó que eso era un pretexto para irme, y tuve que prometerle volver después del concierto.

Cuando me fui, no pude evitar que la hija me besara una mano; yo no sabía qué hacer. El anciano y yo nos abrazamos, y de pronto sentí que él me besaba cerca de una oreja.

No alcancé a dar el concierto. Recibí a los pocos días un llamado telefónico del anciano. Después de las primeras palabras, me dijo:

-Es necesario su presencia aquí.

-¿Ha ocurrido algo grave?

-Puede decirse que una verdadera desgracia.

-¿A su hija?

-No.

-¿A Tamarinda?

-Tampoco. No se lo puedo decir ahora. Si puede postergar el concierto venga en el tren de las cuatro y nos encontraremos en el Café del Teatro.

-¿Pero su hija está bien?

-Está en la cama. No tiene nada, pero no quiere levantarse ni ver la luz del día; vive nada más que con la luz artificial, y ha mandado cerrar todas las sombrillas.

-Bueno. Hasta luego.

En el Café del Teatro había mucho barullo, y fuimos a otro lado. El anciano estaba deprimido, pero tomó enseguida las esperanzas que yo le tendía. Le trajeron la bebida oscura en el vasito, y me dijo:

-Anteayer había tormenta, y a la tardecita nosotros estábamos en el comedor. Sentimos un estruendo, y enseguida nos dimos cuenta que no era la tormenta. Mi hija corrió para su cuarto y yo fui detrás. Cuando yo llegué ella ya había abierto las puertas que dan al balcón, y se había encontrado nada más que con el cielo y la luz de la tormenta. Se tapó los ojos y se desvaneció.

-¿Así que le hizo mal esa luz?

-¡Pero, mi amigo! ¿Usted no ha entendido?

-¿Qué?

-¡Hemos perdido el balcón! ¡El balcón se cayó! ¡Aquella no era la luz del balcón!

– Pero un balcón…

Más bien me callé la boca. Él me encargó que no le dijera a la hija ni una palabra del balcón. Y yo, ¿qué haría? El pobre anciano tenía confianza en mí. Pensé en las orgías que vivimos juntos. Entonces decidí esperar blandamente a que se me ocurriera algo cuando estuviera con ella.

Era angustioso ver el corredor sin sombrillas.

Esa noche comimos y bebimos poco. Después fui con el anciano hasta la cama de la hija y enseguida él salió de la habitación. Ella no había dicho ni una palabra, pero apenas se fue el anciano miró hacia la puerta que daba al vacío y me dijo:

-¿Vio cómo se nos fue?

-¡Pero, señorita! Un balcón que se cae…

-Él no se cayó. Él se tiró.

-Bueno, pero…

-No sólo yo lo quería a él; yo estoy segura de que él también me quería a mí; él me lo había demostrado.

Yo bajé la cabeza. Me sentía complicado en un acto de responsabilidad para el cual no estaba preparado. Ella había empezado a volcarme su alma y yo no sabía cómo recibirla ni qué hacer con ella.

Ahora la pobre muchacha estaba diciendo:

-Yo tuve la culpa de todo. Él se puso celoso la noche que yo fui a su habitación.

-¿Quién?

-¿Y quién va a ser? El balcón, mi balcón.

-Pero señorita, usted piensa demasiado en eso. Él ya estaba viejo. Hay cosas que caen por su propio peso.

Ella no me escuchaba, y seguía diciendo:

-Esa misma noche comprendí el aviso y la amenaza.

-Pero escuche, ¿cómo es posible que?…

-¿No se acuerda quién me amenazó?… ¿Quién me miraba fijo tanto rato y levantando aquellas tres patas peludas?

-¡Oh!, tiene razón. ¡La araña!

-Todo eso es muy suyo.

Ella levantó los párpados. Después echó a un lado las cobijas y se bajó de la cama en camisón. Iba hacia la puerta que daba al balcón, y yo pensé que se tiraría al vacío. Hice un ademán para agarrarla; pero ella estaba en camisón. Mientras yo quedé indeciso, ella había definido su ruta. Se dirigía a una mesita que estaba al lado de la puerta que daba hacia al vacío. Antes que llegara a la mesita, vi el cuaderno de hule negro de los versos.

Entonces ella se sentó en una silla, abrió el cuaderno y empezó a recitar:

-La viuda del balcón…

 

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Una conflagración imperfecta

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De :El Clan De Los Parricidas Ambrose Bierce

 

 Una conflagración imperfecta

 

En junio de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me produjo una tremenda impresión. Fue antes de mi boda, cuando aún vivía en Wisconsin con mi familia. Estábamos mi padre y yo en la biblioteca de casa repartiéndonos el producto de un robo que habíamos cometido aquella noche. Se trataba, en su mayor parte, de enseres domésticos, y la tarea de dividirlos equitativamente se presentaba difícil. Al principio nos entendimos muy bien sobre el reparto de las servilletas, toallas y cosas así, e incluso el reparto que hicimos de la plata fue bastante justo; pero cuando le tocó el turno a una caja de música, vimos que era muy problemático dividirla entre dos sin que esta división diera mucho resto. Aquella caja fue la que ocasionó el desastre y la desgracia de mi familia: si no la hubiéramos robado, mi padre aún estaría vivo. Era una obra de la más bella y exquisita artesanía, con incrustaciones de ricas maderas labradas con gran trabajo. No sólo tocaba una gran variedad de melodías sino que, incluso sin haberle dado cuerda, podía silbar como una codorniz, ladrar como un perro y cacarear al amanecer, además de recitar los Diez Mandamientos. Esta última característica fue la que más gustó a mi padre y le llevó a cometer el único acto deshonroso de su vida (aunque de haber seguido viviendo habría cometido alguno más): trató de ocultarme la caja y me juró por su honor que no la había cogido. Sin embargo, yo sabía de sobra que su intención al intervenir en el robo no había sido otra que la de hacerse con ella. La había escondido bajo su capa (nos las habíamos puesto para evitar ser reconocidos) y afirmaba solemnemente que no la tenía. Yo sabía que era mentira y además estaba al tanto de algo que él desconocía: si conseguía prolongar el reparto de los beneficios hasta el amanecer, la caja cacarearía y le delataría. Y así fue. Cuando la luz de gas de la biblioteca empezaba a palidecer y se adivinaban las formas de las ventanas tras las cortinas, un largo kikirikí salió de la capa de mi padre, seguido de unos cuantos compases del Tannhauser que terminaron en un sonoro «click». El hacha que habíamos utilizado para entrar en la desafortunada mansión estaba sobre la mesa. La cogí. El anciano, al comprender que era inútil ocultar la caja por más tiempo, la sacó y la puso sobre la mesa. —Bueno, pártela por la mitad si así lo prefieres —dijo—. Yo sólo intentaba salvarla de la destrucción. Mi padre era un apasionado amante de la música: tocaba el acordeón con gran sentimiento. —No discuto la pureza de tus razones. Sería presuntuoso por mi parte juzgarte. Pero los negocios son los negocios y estoy dispuesto a disolver nuestra sociedad con este hacha a menos que consientas llevar un cascabel en los robos futuros. —Imposible —dijo después de reflexionar—. No, no podría hacerlo, sería como una confesión de mi deshonra. La gente diría que no confiabas en mí. Su carácter y sensibilidad resultaban admirables. Me sentí orgulloso de él y a punto estuve de pasar por alto su falta. Pero una mirada rápida a la caja ricamente adornada me decidió y, como dije, despaché al viejo de este valle de lágrimas. Después de hacerlo me sentí un poco a disgusto. No sólo era mi padre —mi procreador—, sino que además iban a descubrir su cuerpo. Era ya pleno día y mi madre podía entrar en la biblioteca en cualquier momento. En tales circunstancias, lo más oportuno era acabar también con ella, y eso fue lo que hice. Después, pagué a los criados y los despedí. Aquella misma tarde fui a ver al comisario de policía; le conté todo y le pedí consejo. Sería muy doloroso para mí que los hechos salieran a la luz. Todo el mundo condenaría mi conducta y, si alguna vez intentaba presentarme a unas elecciones, los periódicos sacarían a relucir el asunto. El comisario comprendió el peso de estas consideraciones —él también era un asesino con gran experiencia. Tras consultar con el magistrado que presidía el Tribunal de Jurisdicción Variable, me aconsejó que ocultara los cadáveres en una de las estanterías de la biblioteca, que hiciera un buen seguro a la casa y le prendiera fuego. Enseguida me puse manos a la obra. En la biblioteca había una estantería que mi padre había comprado a un inventor chiflado hacía poco tiempo y que aún estaba vacía. Su forma y tamaño recordaban a los armarios antiguos que hay en los dormitorios que no tienen ropero. Se abría de arriba a abajo, como los camisones de señora, y las puertas eran de cristal. Había amortajado a mis padres hacía unas horas y sus cuerpos estaban bastante rígidos para mantenerse erectos. Entonces los metí en una estantería, a la que había quitado las baldas, y tapé sus cristales con unas cortinas. Aunque el inspector de la compañía de seguros pasó media docena de veces por delante, no se dio cuenta de nada. Por la noche, después de obtener la póliza, prendí fuego a la casa y, a través del bosque, me dirigí a la ciudad que quedaba a unas dos millas. Allí me las ingenié para que me vieran en el momento en que más animación había. Dos horas después de haber provocado el incendio, me uní a la multitud y, dando gritos de dolor por la suerte de mis padres, volví a la casa en llamas. Cuando llegué, toda la ciudad estaba allí. El fuego había arrasado la casa, pero entre los rescoldos aún incandescentes, cerrada y en pie, estaba la estantería, completamente intacta. Las cortinas, evidentemente, habían ardido y, al quedar los cristales a la vista, la luz de las ascuas iluminaba su interior. Allí estaba mi querido padre, «tal y como era», y a su lado la compañera de sus penas y alegrías. No tenían ni un solo pelo chamuscado y sus ropas estaban como nuevas. Las heridas que me vi obligado a causarles para llevar a cabo mis planes se podían apreciar claramente, en la cabeza y en la garganta. La gente se había quedado sin habla, como en presencia de un milagro. El respeto y temor habían paralizado sus lenguas. Yo también me sentía muy afectado. Unos tres años después, cuando los sucesos aquí relatados ya casi se habían borrado de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar unos bonos falsificados. Un día, al mirar el escaparate de una tienda de muebles, vi la réplica exacta de la estantería. —La compré por una miseria a un inventor arrepentido —me explicó el propietario—. Decía que era una estantería a prueba de fuego, que los poros de la madera habían sido rellenados con alumbre y que el cristal estaba hecho de asbestos. Supongo que no será cierto. Se la dejo al precio de una estantería normal. —No —dije—. Si no me puede garantizar que es a prueba de fuego, no la quiero. Le di los buenos días y me marché. No me la habría quedado por nada del mundo. Despertaba en mí unos recuerdos excesivamente desagradables.

CORDERO ASADO – Roald Dahl

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La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
Esta vez él no contestó.
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
Era una pierna de cordero.
Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
Se detuvo.
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
El hombre echó una mirada a la tienda.
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.
Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»
Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
—No —dijo ella.
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
La búsqueda continuó.
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney…
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

LA CAFETERA (T.GAUTIER)

 

 

 

 

 

Théopile Gautier
 

 Gautier no es, como se ha creído, el poeta olímpico ni el burgués friolento que se pavonea cerca del fuego en bata y con los pies metidos en unas babuchas, acariciando un gato de angora como a un genio familiar, Si aspira a una felicidad tranquila, es porque se juzga capaz de una exaltación peligrosa; si se aprisiona en el mundo sensible. es porque cree vencer la nostalgia y el tormento del mal allá. Gautier será el amigo y el compañero de Nerval, ese peregrino, trágico de Ideal; el amigo y maestro de Baudelaire, esa víctima dolorosa del tedio. Ambos, Baudelaire y Nerval, sabían que problemas le obsesionaban en la soledad; el autor de Las flores del mal, lejos de creer que era la víctima del engaño de las apariencias, le reconocía “una inmensa inteligencia innata de la correspondencia y del simbolismo universal”.

Gautier ha depositado en sus cuentos algunos de sus pensamientos secretos que lo agitaban. Tiene apenas 20 años cuando publica La cafetera y por esa fecha se hace pasar con agrado por un modesto discípulo de Hoffmann, pero el protagonista del relato es, sin duda él mismo. Adolescente de alma ingenua, acaba de conocer la primera pena de amor. Su compañera de juegos, Helena, ha muerto de consunción; apenas tuvo tiempo para darse cuenta que la quería. En la cafetera, así como en los primeros poemas, Gautier reproduce los movimientos de una sensibilidad que la vida ya ha herido. Tal vez haya una verdadera desesperación en la amargura de la ultima frase;”Acabar de comprender que para mí, ya no había felicidad en la tierra”. La confesión surge, como una obra lírica, conmovedora, coronando la increíble aventura de su profunda humanidad. Sepamos conocer el precio de esta frescura y de ese fervor. En estas paginas de juventud, el joven escritor une a un dominio precoz, una sensibilidad que aún no piensa ocultar.

Antología del Cuento Fantástico Francés. Pierre Castex

LA CAFETERA

Cuento fantástico

I

El año pasado me invitaron, junto a dos de mis compañeros de trabajo, Arrigo Cohic y Pedrino Borgnioli, a pasar unos días en un lugar remoto de Normandía.

El tiempo que, cuando nos pusimos en marcha, prometía ser excelente, cambió de repente, y cayó tanta lluvia, que los tortuosos caminos por los que avanzábamos eran como el lecho de un torrente.

Nos hundimos en el cieno hasta las rodillas, una capa espesa de tierra resbaladiza se pegó a la suela de nuestras botas, y su peso aminoró de tal modo nuestros pasos, que llegamos a nuestro lugar de destino una hora después de la puesta del sol.

Estábamos agotados; así es que nuestro anfitrión, al comprobar los esfuerzos que hacíamos para reprimir los bostezos y mantener los ojos abiertos, una vez que hubimos cenado, mandó que nos condujeran a cada uno a nuestra habitación.

La mía era muy amplia; sentí, al entrar en ella, como un estremecimiento febril, porque me pareció que entraba en un mundo nuevo.

Realmente, uno podía creerse en tiempos de la Regencia, viendo los dinteles de Boucher que representaban las cuatro Estaciones, los muebles de estilo rococó del peor gusto, y los marcos de los espejos torpemente tallados.

Nada estaba desordenado. El tocador cubierto de estuches de peines, de borlas para los polvos, parecía haber sido utilizado la víspera. Dos o tres vestidos de colores tornasolados, un abanico sembrado de lentejuelas de plata alfombraban el entarimado bien encerado y, ante mi gran asombro, una tabaquera de concha, abierta sobre la chimenea, estaba llena de tabaco todavía fresco.

No advertí estas cosas hasta después de que el criado, tras dejar la palmatoria en la mesa de noche, me hubo deseado felices sueños y, lo confieso, empecé a temblar como una hoja. Me desnudé rápidamente, me acosté y, para acabar con aquellos estúpidos temores, pronto cerré los ojos volviéndome hacia el lado de la pared.

Pero me fue imposible permanecer en esa postura: la cama se agitaba como una ola y mis párpados y mis ojos se negaban obstinadamente a cerrarse. No tuve más remedio que volverme y mirar.

El fuego que ardía en la chimenea lanzaba reflejos rojizos a la estancia, de modo que se podía sin dificultad contemplar los personajes de los tapices y las figuras de los retratos borrosos colgados de la pared.

Eran los antepasados de nuestro anfitrión, caballeros con armaduras de hierro, consejeros con peluca, y bellas damas de rostro maquillado y cabellos empolvados de blanco, que llevaban una rosa en la mano.

De repente el fuego cobró un extraño grado de actividad; un resplandor macilento iluminó la habitación, y vi claramente que lo que había tomado por simples pinturas se hacía realidad; porque las pupilas de aquellos seres enmarcados se movían, brillaban de forma singular; sus labios se abrían y se cerraban como labios de personas que hablaran, pero yo no oía sino el tic-tac del reloj de pared y el silbido del viento otoñal.

Un terror invencible se apoderó de mí, se me erizaron los cabellos, los dientes me castañeteaban tan fuertemente que pensé que se me iban a romper, y un sudor frío inundó todo mi cuerpo.

El reloj dio las once. La vibración del último toque retumbó durante un instante interminable y, cuando hubo cesado completamente…

¡Oh, no! No me atrevo a decir lo que ocurrió, nadie me creería y me tomarían por loco.

Las velas se encendieron solas; el fuelle, sin que ningún ser visible lo pusiera en movimiento, empezó a soplar el fuego, carraspeando como un viejo asmáti-co, mientras las tenazas removían los tizones y la paleta levantaba las cenizas.

Después, una cafetera se tiró desde una mesa en la que estaba posada, y se dirigió, renqueando, hacia la lumbre, donde se instaló entre los tizones.

Unos instantes más tarde, las butacas empezaron a ponerse en movimiento y, agitando sus retorcidas patas de forma sorprendente, fueron a colocarse alrededor de la chimenea.

II

No sabía qué pensar de lo que veía; pero lo que me quedaba por ver era todavía más extraordinario.

Uno de los retratos, el más antiguo de todos, el de un gordo mofletudo de barba gris, que se parecía, hasta el punto de confundirse a la idea que siempre me había hecho del viejo sir John Falstaff, sacó, gesticulando, la cabeza de su marco y, después de grandes esfuerzos, habiendo logrado pasar sus hombros y su rechoncho vientre por entre los estrechos márgenes de la orla saltó pesadamente al suelo.

Todavía no había recobrado el aliento cuando sacó del bolsillo de su jubón una llave increíblemente pequeña: sopló dentro para asegurarse de que el agujero estaba bien limpio, y la aplicó a todos los marcos, unos tras otros.

Y todos los marcos se ensancharon para dejar pasar fácilmente a las figuras que encerraban.

Pequeños y sonrosados abates, nobles ancianas, secas y amarillas, magistrados de gesto grave, embutidos en enormes trajes negros, petimetres con medias de seda, calzón de lana y la punta de la espada en alto… todos esos personajes presentaban un espectáculo tan extraño que, a pesar de mi espanto, no pude evitar que me diera la risa.

Los dignos personajes se sentaron; la cafetera saltó ágilmente a la mesa. Tomaron el café en tazas del Japón, blancas y azules, que acudieron espontáneamente procedentes de la superficie de un escritorio, cada una provista de un terrón de azúcar y de una cucharita de plata.

Una vez tomado el café, tazas, cafetera y cucharas desaparecieron a la vez, y empezó la conversación, realmente la más curiosa que jamás había oído porque ninguno de los extraños conversadores miraba al otro al hablar: todos tenían los ojos fijos en el reloj de péndulo.

Yo tampoco podía desviar la mirada de él, ni evitar seguir la aguja, que avanzaba hacia medianoche a imperceptibles pasos.

Por fin, sonaron las doce; una voz, cuyo timbre era exactamente el del reloj, se dejó oír y dijo:

-Es la hora, bailemos.

El grupo entero se levantó. Las butacas retrocedieron solas; entonces, cada caballero cogió la mano de una dama, y la misma voz dijo:

-¡Vamos, señores de la orquesta, empiecen!

He olvidado decir que el motivo de los tapices era: en uno, un concierto italiano y, en el otro, una cacería de ciervos donde varios criados tocaban el cuerno. Los monteros y los músicos que, hasta entonces, no habían hecho gesto alguno, inclinaron la cabeza en señal de adhesión.

El maestro levantó la batuta, y una armonía viva y bailable surgió de los dos extremos de la sala. Primero bailaron el minué.

Pero las rápidas notas de la partitura ejecutada por los músicos armonizaban mal con las graves reverencias: además, cada pareja de bailarines, al cabo de unos minutos, se puso a hacer piruetas como una peonza. Los vestidos de seda de las mujeres, arrugados en aquel torbellino danzante, emitían sonidos de especial naturaleza; era como el ruido de alas de un vuelo de palomos. El aire que se introducía por debajo los inflaba prodigiosamente, de modo que parecían campanas en movimiento.

El arco de los virtuosos pasaba tan rápidamente por las cuerdas, que salían chispas eléctricas. Los dedos de los flautistas se alzaban y bajaban como si hubieran sido de azogue; las mejillas de los monteros estaban hinchadas como balones, y todo ello formaba un torrente de notas y trinos tan apresurados y escalas ascendentes y descendentes tan embrolladas, tan inconcebibles, que ni los propios demonios hubieran podido seguir dos minutos semejante compás.

Daba pena ver los esfuerzos de aquellos bailarines por seguir el ritmo. Saltaban, hacían cabriolas, zalamerías, agitados pasos de danza y trenzados de tres pies de altura, con tal ímpetu que el sudor, que les caía por la frente hasta los ojos, les desdibujaba los bigotes y el maquillaje. Pero por mucho que hicieran, la orquesta siempre se les adelantaba tres o cuatro notas.

El reloj dio la una; se detuvieron. Vi algo que se me había escapado: una mujer que no bailaba.

Estaba sentada en una butaca a un lado de la chimenea, y no parecía en lo más mínimo tomar parte en lo que pasaba a su alrededor.

Jamás, ni siquiera en sueños, nada tan perfecto se había presentado a mis ojos; una piel de resplandeciente blancura, el cabello de un rubio ceniciento, largas pestañas y unos ojos azules, tan claros y tan transparentes, que a través de ellos veía su alma tan nítidamente como un guijarro en el fondo de un arroyo.

Y sentí que, si alguna vez llegaba a amar a alguien, sería a ella. Salté precipitadamente de la cama, donde hasta entonces no había podido moverme, y me dirigí hacia ella, llevado por algo que actuaba sobre mí sin que pudiera darme cuenta; y me encontré a sus pies, con una de sus manos entre las mías, charlando como si la conociera desde hacía veinte años.

Pero, por un extraño prodigio, mientras le hablaba, seguía con una ligera oscilación de cabeza la música que no había cesado de sonar; y, aunque estuviera en el colmo de la dicha conversando con tan bella persona, los pies me ardían de deseos de bailar con ella.

Sin embargo no me atrevía a proponérselo. Al parecer, comprendió lo que yo quería, porque, levantando hacia la esfera del reloj la mano que le quedaba libre, dijo:

-Cuando la aguja avance hasta ahí, ya veremos, mi querido Théodore.

No sé cómo ocurrió pero no me sorprendió en absoluto oír que me llamaba por mi nombre, y continuamos charlando. Por fin, sonó la hora indicada, la voz con timbre de plata vibró otra vez en la habitación y dijo:

-Ángela, puedes bailar con el caballero, si te apetece, pero ya sabes lo que pasará.

-No importa -respondió Ángela en tono enojado.

Y me rodeó el cuello con su brazo de marfil. –Prestissimo! -gritó la voz.

Y empezamos a bailar un vals. El seno de la muchacha tocaba mi pecho, su aterciopelada mejilla rozaba la mía, y su suave aliento acariciaba mi boca.

En toda mi vida había experimentado una emoción semejante; mis nervios vibraban como resortes de acero, la sangre me corría por las arterias como un torrente de lava, y oía latir mi corazón como si tuviera un reloj en los oídos.

Sin embargo aquel estado no era terrible en absoluto. Estaba inundado de una inefable dicha y hubiera querido seguir siempre así, y, cosa extraordinaria, aunque la orquesta hubiera triplicado su velocidad, no necesitábamos hacer esfuerzo alguno para seguirla.

Los asistentes, maravillados de nuestra agilidad, gritaban entusiasmados, y aplaudían con todas sus fuerzas, aunque no emitían ningún sonido.

Ángela, que hasta entonces había bailado el vals con una energía y una perfección sorprendentes, de repente pareció cansarse; me pesaba en el hombro como si las piernas le flaquearan; sus piececitos que, un minuto antes, cocaban ligeramente el suelo se alzaban muy lentamente, como si estuvieran cargados con una masa de plomo.

-Ángela, estás cansada -le dije-; descansemos.

-Me gustaría -contestó enjugándose la frente con su pañuelo-. Pero mientras bailábamos el vals, todos se han sentado; sólo queda una butaca y somos dos.

-¡Qué importa, ángel mío! Te sentaré en mis rodillas.

III

Sin hacer la menor objeción, Ángela se sentó, me rodeó con sus brazos como si de un chal blanco se tratara y escondió la cabeza en mi pecho para calentarse un poco, porque se había quedado fría como el mármol.

No sé cuánto tiempo permanecimos en esa posición, porque todos mis sentidos estaban absortos en la contemplación de aquella misteriosa y fantástica criatura.

Había perdido la noción de la hora y del lugar; el mundo real ya no existía para mí, y todos los lazos que me acaban a él se habían roto; mi alma, libre de su prisión de fango, nadaba en el vacío y el infinito; comprendía lo que ningún hombre puede comprender, pues los pensamientos de Ángela se me revelaban sin que ella tuviera necesidad de hablar. Su alma brillaba en su cuerpo como una lámpara de alabastro, y los rayos que salían de su pecho atravesaban el mío de parte a parte.

Cantó la alondra y un pálido resplandor se vislumbró tras las cortinas.

En cuanto Ángela lo vio, se levantó precipitadamente, me hizo un gesto de despedida y, después de dar unos pasos, lanzó un grito y se desplomó.

Presa de espanto, me precipité a levantarla… La sangre se me hiela sólo de pensarlo: no encontré sino la cafetera rota en mil pedazos.

Ante aquella visión, convencido de que había sido el juguete de alguna ilusión diabólica, se apoderó de mí tal pánico, que me desvanecí.

IV

Cuando recobré el conocimiento, me encontraba en la cama; Arrigo Cohic y Pedrino Borgnioli estaban de pie a la cabecera.

En cuanto abrí los ojos, Arrigo exclamó:

-¡Bueno, menos mal! Llevo casi una hora frotándote las sienes con agua de Colonia. ¿Qué diablos has hecho esta noche? Por la mañana, al ver que no bajabas, entré en tu habitación, y te encontré, cuan largo eres, tirado en el suelo, vestido de cuello duro y levita, abrazando un trozo de porcelana rota como si de una joven y bella muchacha se tratara.

-¡Pues claro! Es el traje de boda de mi abuelo -dijo el otro levantando uno de los faldones de seda forrado en tono rosa y estampado en tonos verdes-. Estos son los botones de estrás y de filigrana de los que tanto presumía. Théodore lo habrá encontrado en algún rincón y se lo habrá puesto para divertirse. Pero ¿cuál ha sido la causa de tu mal? Eso está bien para una damisela de blancos hombros; se le afloja el corsé, se le quitan los collares, el chal: una buena ocasión para hacer remilgos.

-No ha sido más que un desmayo; soy muy propenso -respondí secamente.

Me levanté y me despojé de mi ridícula vestimenta.

Luego fuimos a almorzar.

Mis tres compañeros comieron mucho y bebieron todavía más; yo casi no comí, pues el recuerdo de lo que había pasado me distraía de forma extraña.

El almuerzo terminó, pero como llovía a cántaros, no se podía salir; cada uno se entretuvo, pues, como pudo. Borgnioli tamborileó marchas guerreras en los cristales; Arrigo y el anfitrión jugaron una partida de damas; yo saqué de mi álbum una hoja de pergamino y me puse a dibujar.

Las líneas casi imperceptibles trazadas por mi lápiz, sin que hubiera pensado en ello en absoluto, comenzaron a diseñar con la más maravillosa exactitud la cafetera que había jugado un papel tan importante en las escenas de la noche.

-Es sorprendente cómo esta cabeza se parece a mi hermana Ángela -dijo el anfitrión, que había terminado su partida y me veía trabajar por encima del hombro.

En efecto, lo que antes me había parecido una cafetera era realmente el perfil dulce y melancólico de Ángela.

-¡Por todos los santos del paraíso! ¿Está muerta o viva? -exclamé con un cierto temblor en la voz, como si mi vida dependiera de su respuesta.

-Murió hace dos años, de una pleuresía, después de un baile.

-¡Ay! -respondí dolorosamente.

Y, conteniendo una lágrima que estaba a punto de caer, guardé el papel en el álbum.

¡Acababa de comprender que para mí ya no era posible la felicidad en la tierra!

 

 

 

La compasión del amor

Marcel Schwob (Francia 1867-1905 , es sin duda alguna un iluminado dentro de los terrenos de la novela y los cuentos, en sus Vidas Imaginarias, ya a su manera daba un espacio a esos seres que como Ucelllo, Pocahontas
y otros grandes personajes históricos que pasados por la pincelada de su póstuma arrogancia cautivada de ingredientes líricos. da por sentada su estudio y su interés por recobrar de la historia esa ocasional imaginaria que dicho esta de paso engrandece aún mas a los personajes.
En este caso quiero dejar un cuento que me ha impactado de sobre manera, y se encuentra dentro de su libro: El Corazón Doble, la calidad recepcionada por su narrativa es realmente de una estructura y una calidad impecable, de la cual muchos escritores hicieron alusión en mas de una de sus novelas.
Borges alude a él en su Libro de los Seres Imaginarios.

Este cuento realmente goza de una increíble gama de interpretaciones que a mi juicio están relacionadas con él titulo que he agregado a este pequeño extracto, el amor forma una totalidad de substancias que se relacionan, que van desaforadas armando un rompecabezas dentro de los recuerdos, dentro de la sustancia misma de ese espíritu que nos despoja de todo intento, que nos somete a un mundo donde el desconcierto se enfrentaría si no existiese tal estado.
El amor luego del amor, como elemento abstracto que busca la gesticulación en medio de dos seres prevalecientes.
Por ello he querido dejar este cuento que a mi juicio es realmente extraordinario y me atrevería a decir sin ninguna duda que es uno de los mejores que he leído en mi vida.
Aunque muchos lo ignoren, y otros los mantengan totalmente incluido dentro de su obra, incluso los surrealistas los han nombrado constantemente sin pertenecer a esa genero ya que su objetividad lo sitúa dentro de lo simbólico.
Lamentablemente los rumbos del mundo van modificando los valores dejando a este tipo de escritores en el olvido y cambiándolo por Best Seller .
Seria una gran satisfacción que por estos lados su Obra Completa sea reeditada y muchos de quienes no lo conozcan empiecen a analizar las estructuras y la narrativa de su increíble potencial narrativo, poético y humanista.

Osvaldo Norberto Lázaro – 2 Septiembre 2008

Los Sin Cara

Los recogieron a los dos, uno al lado del otro, en la hierba quemada. Sus ropas habían volado hechas jirones, La conflagración de la pólvora había borrado el color de los números; las placas de metal estaban destrozadas. Parecían dos trozos de masa humana. Porque el mismo fragmento de chapa de acero, silbando en línea oblicua, les había llevado la cara de modo que yacían sobre las matas de hierba, como una doble masa de cabeza roja. El auxiliar mayor que los apiló en el coche los cogió sobre todo por curiosidad: el efecto, realmente era muy singular. No les quedaba nariz, ni pómulos, ni labios, los ojos se le habían salido de las órbitas destrozadas, la boca se abría como un embudo, agujero sanquionolento con la lengua cortada vibrando y estremeciéndose. Nadie podía imaginar tan extraña visión: dos seres de la misma estatura, y sin cara.
Los cráneos cubiertos de cabellos muy cortos, llevaban dos placas rojas, simultánea e igualmente talladas, con huecos en las órbitas y tres agujeros para la boca y la nariz.
En la ambulancia recibieron los nombres de Sin Cara nº 1 y Sin Cara nº 2. Un cirujano inglés, que hacia el servicio como voluntario, se quedo muy sorprendido ante el caso, y se tomó el gran interés, Curó las heridas y las vendó, hizo puntos de sutura, extrajo las esquirlas, modeló aquel amasijo de carne, y acabó construyendo dos coronillas, cóncavas y rojas, idénticamente perforadas al fondo, como las cazoletas de las pipas exóticas. Colocados en dos camas una junta a otra, los dos Sin Cara aparecían entre las sábanas con una doble cicatriz redondeada, gigantesca y sin significado. La eterna inmovilidad de aquella herida tenía un dolor mudo; los músculos rotos ni siquiera reaccionaban en las costuras; el terrible impacto había anulado el sentido del oído, hasta el punto de que la vida sólo se manifestaba entre ellos por los movimientos de los miembros, y por un doble grito ronco que salía a intervalos entre sus paladares abiertos y los temblorosos muñones de sus lenguas.
Mientras tanto los dos mejoraban. Lentamente, sin duda, pero aprendieron a dirigir sus gestos, a desarrollar los brazos, a doblar las piernas para sentarse, a mover las endurecidas encías que aún revestían sus cimentadas mandíbulas. Hubo algo que les proporcionó un gran placer y que se pudo reconocer por una serie de sonidos agudos y modulados, aunque sin poder silábico: fue el hecho de fumar unas pipas cuyas boquillas estaban taponadas con piezas de caucho ovaladas, para poder llegar a los bordes de la cicatriz de sus bocas. Acurrucados entre las mantas aspiraban el tabaco, y las bocanadas de humo salian
por los orificios de sus cabezas: por el doble agujero de la nariz, por los pozos iguales de sus órbitas, por las comisuras de las mandíbulas, entre los esqueletos de sus dientes. Y cada escape de humo gris que surgía entre las resquebrajaduras de aquellas más rojas era saludado con una risa sobrehumana, como un gorjeó de campanilla que se ponía a vibrar, mientras el resto de la lengua chapoteaba débilmente.
Hubo una gran conmoción en el hospital cuando una mujer de largos cabellos fue llevada por el interno de servicio a la cabecera de los Sin Cara y los miró uno tras otro con gesto aterrado, y luego se deshizo en lágrimas. En la consulta del médico en jefe explicó, entre sollozos, que uno de ellos debía de ser su marido. Le habían incluido entre los desaparecidos pero aquellos dos heridos, como no tenían ninguna seña de identidad, pertenecían a una categoría especial. Y la estatura. así como la anchura de los hombros y la forma de las manos le recordaban terriblemente al hombre perdido. Pero estaba espantosamente perpleja: de los dos Sin Cara ¿cuál era su marido?.
Realmente aquella mujer era encantadora: su vestido barato le moldeaba el pecho y tenia debido a su largo pelo recogido como una china, el dulce rostro de una niña: El inocente dolor y la incertidumbre casi risible se mezclaban en su expresión y contraían sus rasgos como los de una niña a la que acaban de romper un juguete. De modo que le médico en jefe no pudo evitar sonreír, y como era un poco grosero, dijo a la mujer que le miraba de soslayo: ¡Bueno!, ¡Qué importa! ¡Llévate a los dos Sin Cara, los reconocerás cuando los pruebes!
Ella al principio se escandalizó, y desvío la cabeza, ruborizándose como una niña vergonzosa; luego bajo los ojos y pasó la mirada de una cama a otra. Las dos masas rojas cosidas seguían descansando en las almohadas con aquella misma ausencia de significado que las convertía en un doble enigma. Se inclino hacia ellos; hablo al oído de uno, luego de otro. Las cabezas no tuvieron ninguna reacción. , pero las cuatro manos experimentaron una especie de vibración, sin duda porque aquellos dos pobres cuerpos sin alma sentían que había junto s ellos una mujercita encantadora, que tenia un olor muy agradable y los absurdos y exquisitos modales de un bebé.
Ella todavía dudó durante un tiempo, y acabó por pedir que le confiaran a los dos Sin Cara durante un mes. Los llevaron en un coche grande y cómodo, siempre uno al lado del otro; la mujer sentada enfrente, lloraba sin cesar ardientes lágrimas.
Y cuando llegaron a la casa, una vida extraña empezó para los tres. Ella iba continuamente de uno a otro, espiando una indicación, esperando un signo: Acechaba aquellas superficies rojas que no volverían a moverse jamás. Miraba con ansiedad las enormes cicatrices cuyas costuras iba distinguiendo gradualmente, del mismo modo que se conocen los rasgos de las caras amadas, Examinaba uno a uno como se contemplan las pruebas de una fotografía sin decidirse a elegir.
Y poco a poco la terrible pena que le oprimía el corazón, al principio, cuando pensaba en su marido perdido, acabó por fundirse en una calma irresoluta. Vivió como la persona que ha renunciado a todo, pero que vive por costumbre. Las dos mitades destrozadas que representaban al ser amado. Jamás se reunieron en su afecto, pero sus pensamientos iban regularmente de uno a otro, como si su alma hubiera oscilado del mismo modo que una balanza. Miraba los dos. como sus “maniquíes rojos”, y se convirtieron en muñecos grotescos que poblaron su existencia. Fumando sus pipas, sentados en sus camas, en la misma actitud, exhalando los mismos torbellinos de vapor, lanzando simultáneamente los mismos gritos inarticulados se parecían mas a gigantescos títeres traídos de Oriente, a sangrientas mascaras venidas de ultramar, que a seres animados de una vida consciente y que habían sido hombres.
Ellos serán “sus monitos, sus hombrecillos rojos. sus dos mariditos, sus hombres quemados, sus cuerpos sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cholas sin cerebro, sus caras de sangre; ella los arreglaba por turno, les hacia la cama, le bordaba las sábanas, les mezclaba el vino, les cortaba el pan, los hacia saltar sobre el entarimado; jugaba con ellos, y, si se enfadaban, los castigaba sin postre. Bastaba una caricia para que estuvieran junto a ella, como dos perros falderos; ante un gesto duro, sé agazapaban y parecían animales arrepentidos, Se acercaban a ella, la rozaban y le pedían golosinas: los dos poseían escudillas de madera en las que sumergían periódicamente sus máscaras rojas.
Aquellas dos cabezas ya no irritaban a la mujercita como antes, ya no la intrigaban como si fueran dos caretas bermejas puestas sobre rostros desconocidos. Los quería, como a dos niños pequeños. Decía de ellos “Mis muñecos están acostados, mis hombrecitos han ido de paseo”. No se entendió por qué venían del hospital a preguntar con cuál se quedaba. Para ella era una pregunta absurda: era como si le exigiera que cortara a su marido por la mitad. Solía regañarlos como hacen las niñas cuando sus muñecas son malas. Decía a uno; “Escucha pequeño, tu hermano se ha portado muy mal, ha sido muy malo y le he puesto de cara a la pared; no levantaré el castigo hasta que me pida perdón”. Después, soltando una risita, daba la vuelta al pobre cuerpo, dulcemente sometido a la penitencia, y le besaban las manos. A veces también les besaba sus horripilantes costuras, y se limpiaba la boca inmediatamente después apretando los labios, a escondidas. Y se echaba a reír a carcajadas.
Pero insensiblemente se acostumbró más a uno de ellos, porque era más dulce. Fue algo inconsciente, porque había perdido completamente la esperanza de reconocerlos. le prefirió como al animal favorito al que se prefiere acariciar, Le mimó mas y le besó más tiernamente. Y el otro Sin Cara, se fue poniendo triste, progresivamente, sintiendo a su alrededor cada vez menos la presencia femenina. Se quedo escogido en sí mismo, a veces acurrucado en su cama, con la cabeza metida entre los brazos, como un pájaro enfermo. Se negó a fumar mientras el otro que ignoraba su dolor. seguía aspirando el humo gris que exhalaba emitiendo gritos agudos por todas las ranuras de la máscara de color púrpura,
Entonces la mujercita se ocupó de su marido triste, aunque sin comprender demasiado. Él movía la cabeza en su seno y sollozaba con el pecho, una especie de gruñido ronco le recorría el torso. Fue una lucha de celos en un corazón oscurecido por las sombras, unos celos animales nacidos de sensaciones con recuerdos confusos, seguramente de una vida anterior. Ella le cantó nanas como a un niño y le calmó con sus manos frescas posadas en su cabeza ardiente. Cuando le vio muy enfermo, gruesas lágrimas cayeron de sus siempre alegres ojos sobre el pobre rostro mudo.
Pero pronto sintió una punzante angustia, porque tuvo la vaga sensación de gestos ya vistos en una antigua enfermedad.
Creyó reconocer movimientos antaño familiares, y la posición de las manos demacradas le recordaba confusamente una manos semejantes, muy queridas en un tiempo, y que habían rozado sus sábanas ante el gran abismo abierto en su vida.
Y los lamentos del pobre abandonado se le clavaron en el corazón; entonces en medio de una jadeante incertidumbre, contempló de nuevo aquellas dos cabezas sin rostros. Habían dejado de ser dos muñecos púrpuras, aunque una fuera extraña y la otra quizá la mitad de sí misma. Cuando el enfermo murió, toda su pena despertó. Realmente creyó que había perdido a su marido; corrió, llena de odio, hacia el otro Sin Cara y se detuvo, presa de nuevo de compasión infantil, ante el miserable maniquí rojo que fumaba alegremente, modulando sus gritos.

Jacobo Fijman o La Locura del Alma

“Demencia:
el camino mas alto y mas desierto”
J.Fijman

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Definir un poeta y de la talla de Fijman se torna incesante debido a mi debilidad por esos poetas que buscan en forma definitiva desencajarse del cuerpo para encontrar las esencias mas sagradas de su creación.
Mi critica al definir su obra, quedaría reducida a una serie de reflexiones propias que atañen mi sentimiento y no evaden la sustancia que genera de manera mística la vocación de este poeta a encontrar en base a la deformación de lo humano la estructura ampliada de un sociedad donde la medicina prepara el festín para ahuyentar la supuesta locura, esto coincidente con Artaud reafirma que el resultado del alma no puede encauzar la vida, la vida ligada a principios básicos y costumbristas, la vida glorificada por seres que asesinan con abnegada fascinación una cultura que la sordera de una sociedad desvincula.
Y en este punto la coincidencia es meramente plena, si bien en sus ultimas cartas desde Rodez ,Artaud declamaba su veneración por el espíritu y no dejaba de quejarse de sus manifestaciones concebidas en forma radial en su ensayo: Para terminar con el juicio de Dios, creo que la parte alienada de dichos poetas coincide, a pesar de las diferencias, y quien encuentra en la constancia de la palabra el propósito de romper definitivamente su carne, su caparazón creo que de alguna manera deja el desnudo espiritual para poder encender con propósito firme la convicción de ese manojo de cuerpos que acompañan la molestia de crecer en nosotros con las costumbre reinante de los tiempos, tiempos que pasan y nos adulteran los órganos de a poco, nos precipitan al fondo mismo de la muerte, muerte en la que Fijman describiría como precursora de un pecado , pero admitiendo que si no tuviésemos cuerpo seriamos inmortales, de allí la necesidad con la trilogía mística, de allí la formación con la música que por medio de un violín trato de organizar el sentido cabal de renunciar a su vestimenta humana.
Seguramente una sociedad desalmada , una sociedad carcomida por la mierda constante que va preparando el tiempo como una televidencia insuficiente, genera en las mentes un poder en donde los hilos de ese títere social nos reubica en las encías mismas de un primitivismo absoluto e irracional, mecido con gusto a sexo pero sin arte, sexo de zanja, sexo acartonado, buscamos en forma directa la contención de esos desvanes , la hilera al menos valorable de un mundo mas culturalmente hablando efectivo que no se representa a si mismo , sino mas bien se va creando en base a los hombres sin idea de Dios.
Fijman buscaba el amparo cotidiano de la ternura, como muchos poetas, buscaba tratar de anestesiar la piel para dejar bullir el alma.
Su intimo amigo , el Poeta , abogado y indiscutido critico y reportero Vito Zito Lema, nos introduce la mundo mágico del poeta, junto con la contribución de otro excelente Medico y poeta como lo fue Aldo Pellegrini, (sin olvidarnos de Jacobo Bajarlia y Daniel Daniel Calmens estos adentrados meramente en el análisis literario), mientras que Vito y Aldo asumieron y buscaron en la razón de la locura si se entiende de esa manera, los emblemas que surgen entre un alienado al cual la sociedad le brinda basura y no formas efectivas de curación.
No es por casualidad que en una de sus notas Jacobo Fijman dice:
*Los médicos hacen lo que pueden sin embargo yo no los odio, Lo terrible que nos traen para que uno no se muera por la calle. Y luego todos nos morimos aquí…

Otra pregunta de Vito Zito Lema:

¿En que medida la enfermedad mental puede influir en una obra artística?

Fijman dice.

Correli, el músico escribió una sonata, “La locura”, después de estudiar esas enfermedades. Después de tocar la sonata, él salía a la calle a conocer gente. Y veía que todos estaban locos. Yo he estudiado psiquiatría. Y creo que los ciegos y sordomudos son dementes. En cuanto a mi obra, los médicos dicen que no hay en ella signos de enfermedad. Y yo lo creo; ya que no hay en mi poesía nada en contra de la gramatical que estudiar.*

Osvaldo Norberto Lázaro-01 de Marzo de 2007.

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(* Reportaje de Zito Lema desde el hospital neurosiquiatrico Borda)

(**)Jacobo Fijman

Nace el 25 de enero en Uriff, en la Besaría Rusa (hoy Rumania). Sus padre, Aarón y Nidja Rioka.
1902
A la edad de los 4 años llega a la Argentina
1906
Se trasladan a la localidad de Lobos.Pcia de Buenos Aires.
Su padre muere, quedando la familia inmersa en grave crisis económica,
1910
Debido a la difícil situación es enviado a Mendoza: al cuidado de unos parientes lejanos, Empieza su colegio secundario.
1911 a 1916
Regresa a Lobos. Continúa sus estudios secundarios viajando diariamente a Buenos Aires.
1917
Deja su familia y se radica en Buenos Aires.Ingresa en la facultad de Filosofía y Letras, que abandona poco después. Se inscribe en el Profesorado de Lenguas Vivas. Obtiene el titulo de profesor de Francés.
1918 a 1919
Trabaja en periodismo. Escribe sus primeros poemas. Sigue estudios de violín.
Vive en una pensión en la calle 25 de Mayo.
1921
ES detenido por la policía, maltratado y enviado al Hospicio de las Mercedes (hoy llamado Borda) (17 de enero). El 26 de julio le permiten irse a su casa.
1923
Por intermedio de Leopoldo Marechal toma contacto con Evar Méndes y el gripo Martín Fierro.
Colabora en Mundo ARGENTINO. Arx. revista Critica y Numero.
1926
Edita su primer libro de poemas: Molino Rojo.
Publica en Martín Fierro.
1927
Se publica la antología Exposición de la Actual Poesía Argentina (1922-1927). Participa con tres poemas: “Canto del Cisne”, *Feria* y *Paraguaya*.
1928
Concurre a la Peña del café Tortoni.
Viaja a Europa con Oliverio Girando.
Se convierte a al religión Católica.
1929
Segundo libro de poemas: Hecho de Estampas.
1930
Es bautizado en el Monasterio de San Benito.
Regresa a Europa. Intenta ordenarse como sacerdote, los Benedictos no lo aceptan.
Empeora su situación. No cuenta con familia ni amigos, cae en aguda crisis.
1931
Publica Estrella de la Mañana, su tercer libro de poemas.
Da clases en el Liceo de Señoritas de Belgrano, del cual es echado.
Su situación económica se agrava. Viaja por el país tocando el violín como músico ambulante.
1932
Recorre las provincias tocando el violín en los bares para poder subsistir. Se interna en la selva paraguaya, llega a Brasil donde trabaja en un aserradero.
1940
Le roban el violín en un albergue en Caballito.
1942
Vive en un altillo de la Avenida de Mayo 1276.
Empobrecido y marginado, es internado definitivamente en el Hospital hasta su muerte.
Durante su prolongada internación pinta y escribe poemas.
1950
Sale periódicamente del Hospicio para ir a las bibliotecas o visitar a los amigos. Regresa durante el día.
1958
Concurre frecuentemente a la Sociedad Argentina de Escritores de la calle México.
1968
Extenso reportaje realizado por Vicente Zito Lima en el Hospital Borda(*)
1969
Se publica la revista Talismán, número dedica a Fijman. Asiste a la presentación en la galería Rubbers.
1970
Muere el 1º de diciembre en el Hospital Borda, El parte médico determina como causa de su muerte “edema pulmonar agudo”.

(**) Biografía y Parte del reportaje del libro: El Cristo Rojo de Daniel Calmens:

Ahora les dejo aquí algunos poemas de su obra.

Demencia:
El camino más alto y más desierto.
Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
Tosen las muecas
Y descargan sus golpes
Afónicas lamentaciones.
Semblantes inflados;
Dilatación vidriosa de los ojos
En el camino más alto y más desierto.
Se erizan los cabellos del espanto.
La mucha luz alaba su inocencia.
El patio del hospicio es como un banco
A lo largo del muro.
Cuerdas de los silencios más eternos.
Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quien llamar?
¿ A quien llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
Se acerca Dios en pilchas de loquero,
Y ahorca mi gañote
Con sus enormes manos sarmentosas;
Y mi canto se enrosca en el desierto.
¡Piedad!

ALDEA
Mi blanca soledad
Aldea abandonada.
Revuelo de perezas
Sobre la torre de un anhelo
Que tañe sus horizontes.
Pintadas negras de la desolación.
Yunques abandonados y puentes solariegos.
Se ha sentado el dolor como un cacique
En el banquillo de mi corazón.
Las lluvias estancadas de mis sueños
Se han cubierto de musgo.
En el horno apagado del silencio
Mis frutos maduraron
Estérilmente.
Perdí mi itinerario en el desierto.
¡Hospedería triste de mi vida
en donde sólo se aposentó el azar!
En una pradería de cansancios
Balan estrellas mis ovejas grises.
Lugarón sin destino;
Las calles andariegas
Beatas de mi ser
Son manos
Contemplativas
Que van perdiendo soles…

CIUDAD SANTA
Tres gritos me clavaron sus puñales.
Paisaje de tres gritos
Largos de asombro.
¡bromearon los sudarios del misterio!
Fuga de embotamientos;
Suspiros
en la niebla inmovilizada.
Cipreses.
Bronce de los terrores
Informes, fragmentados.
Mueren caminos
Y se levantan puentes.
Un árbol se transforma
Cerrando sus pupilas.
Caen medrosamente las palomas
Angélicas del sueño
En las uñas heladas del espanto.
Un infinito horror
Manaba en mis entrañas
En un himno de muerte.

COPULA
¡Nos unió la mañana con sus risas!
En las rondas del sol
canciones de naranjas.
Danzas de nuestros cuerpos
Desnudos- rojo y bronce.
El olor de la luz era sagrado:
Música de horizontes,
Espacio de paisajes-
Rojo y bronce-
Ruido de melodías,
Himno de soles,
Eternidad
Y abismo de la dicha
En la alegría loca de los vientos.
Canciones de naranjos
En la piedad de los caminos.
¡Todas las aguas del silencio
rompimos en la danza!
Dicha de los abrazos y los besos;
Toda la gloria de la vida
En nuestros pechos
Jadeantes y ligeros;
Nuestros cuerpos: auroras y ponientes
En la alegría loca de los vientos.
¡El corazón del mundo en nuestra boca!

MORTAJA
Por dentro;
Atrás el rostro.
¡El pasado aniquila!
¡Es en vano que encuentre una herradura
en el estanque turbio de mi imaginación!
El árbol ha cubierto de palomas
mi soledad; pero es en vano.
Desnudo
Siempre estoy como una llanura.
Para buscar un cerro
Miro las multitudes.
Estoy siempre desnudo y blanco;
Lázaro vestido
de novio;
una mortaja viva
entre el ayer eterno
y el eterno mañana;
una mortaja viva
que llora en mi garganta.

EL “OTRO”
Tarde de invierno.
Se desperezan mis angustias
como los gatos;
se despiertan, se acuestan;
Abren sus ojos turbios
y grises;
abren sus dedos finos
de humedad y silencios detallados.
Bien dormía mi ser como los niños,
y encendieron sus velas los absurdos!
Ahora el otro está despierto;
Se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros,
y toca en mis paredes viejas
un sucio desaliento frío.
¡La esperanza juega a las cartas
con los absurdos!
Terminan la partida
tirándose pantuflas.
Es muy larga la noche del corazón.

VÍSPERAS DE ANGUSTIA
Atmósferas de marasmo despedazan mis ademanes.
Pasos furtivos
en los malditos huecos de mi ser;
desolaciones alteradas.
Azar; ideas fijas.
Revolotear de músicas celestes.
¿vísperas de una nueva angustia?
Sospechas.
Soy de los que no vuelven, hermanos míos.
Atmósferas de marasmo
en torno del más fragante pino.
Amor, alégrame el camino.
¡los fuegos fatuos!
¡Quebrantaré la vida por mi vida
por el imposible contacto de la eternidad!
Pasos furtivos
en el hueco de mi ser;
yo soy el prometido, el anunciado.
Revolotear de músicas celestes.

SUB-DRAMA
Desolaciones.
Altos silencios
Que balancean sus cabezas truncas
esencialmente.
Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Desbandes.
El canto de mi mismo se alucina.
Cristales rotos.
Murga carnavalesca.
¡las risas rojas!
Cifras desafinadas y arbitrarias;
¡el dolor más eterno!
Me trasvasa el espanto sus caminos.
Pavor de candelabros;
Romance de agonía.
¿Quién soy?
Ha perdido su espacio
completamente el universo.
Se cierran las estrellas en mis ojos.
Nadie y nada.
Terribles apariencias
aplastan el cristal de sus sarcasmos.
Pasa un convoy de brujas caprichosas;
cuelgan mis extensiones deformadas.
Mi corazón es una isla roja
en que destacan sus banderas negras
los días de mi anhelo.
Las miradas ardientes de mis ojos,
¿en qué se apoyarán mañana?
Canciones de mi ser,
hemisferios de dicha,
volúmenes de aromas
¿en qué tambor de soles
se agitarán mañana?
Orientes y occidentes.
Se quebrarán mis ejes.
Lo sé.
¡Llueve sin latitud el dolor más eterno!
Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Pavor de candelabros; romance de agonía.

GABÁN
Soy una alforja
de lluvias.
Mi corazón regó en las primaveras
sementeras de espacio;
por ello mi cabeza
es una gorra remendada y parda
(genialidad)
o, un gabán roído,
pues he amado.
El pienso de mis días
desparramé en las sendas;
rompí todas las tejas
de los pesebres
humanos.
De mal en peor
tildaron mi locura;
merma mi audacia,
enflaquecen mis manos dadivosas
como las muelas viejas.
¡El gabán de mi ser se va pudriendo!

CENA
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento;
eterna como Dios, profunda de universo.
¡He sido el más ausente: el juntador de formas!
Cenas de mi soledad…
El sudario más frío es uno mismo.
¡Buscar y qué buscar!
¿Encrucijadas puras donde zapatean los truenos
en un constante mediodía?
Cenas de mi soledad en hosco abatimiento.
Pan y sal. Lamentos.
Piernas que saltan; salidas de cortejo;
vacilación de luz que viene abajo.
¡Extremaunción de un armonioso herrero!
Ir; pero no ir nunca;
en algodón de olvido sumir todos mis días.
Anuncios que deslizan;
canción de gallos en la mañana azul de mi esperanza
continuación de tiempos fundamentados en dolor.
Fui un desaparecido, el más ausente:
el juntador de formas.
Amanecer desentonado…

Hecho de estampas

POEMA I
Caía mi sueño en la otra soledad de los canales.
Regocígate, niño, la presencia graciosa de la muerte
reparte en sombras alternadas el olor de los ángeles
y levanta tus sordos desamparos.
Niño de paz,
han apagado las islas monótonas de los soles perfectos.
Niño de paz,
imito el mundo en un mi sueño ajeno a la claridad.
Un silencio de música se apacienta en las torres.

POEMA III
Está mi risa de niño
Con la abuelita ciega de la noche obscura.
Resuenan mis botas groseras de campesino
en la ternura de los caballos,
y he ido.
Al son de ríos lúcidos y puros
Tiemblan las curvas de los pozos como dulces
patas de corderos.
Encerrada en mis pasos sigue la noche obscura.

POEMA V
Yo estaba muerto bajo los grandes soles, bajo los grandes
Soles fríos.
A través de mi llanto
Oigo el agrio sudor de la precocidad.
Yo vuelvo sobre un musgo
Y las ciudades crecen a la aventura hasta la noche
Del estupor.
Miseria.
Dios pesa.
Me llaman vientos de mar.
Van y vienen en grandes cambios; se alargan
en saltos irritados
que apagan mi temblor, que exasperan los sueños.
Jamás podré seguir.
Yo me veo colgado como un cristo amarillo sobre
los vidrios pálidos del mundo.

POEMA VI
Ha caído mi voz, mi última voz, que aún guarda mi nombre.
Mi voz:
pequeña líneas, pequeña canción que nos separa de las cosas.
Estamos lejos de mi voz y el mundo, vestidos de humedades
blancas.Estamos en el mundo y con los ojos en la noche.
Mi voz fría y sucia como la piel de los muertos.

POEMA XII
Yo quería jugar.
Estaba el signo de mi naturaleza plena de llanto y
protección severa.
Bajo a mi obscuridad, y avanzo entre mis brazos
con una estrella niña.
Soplan olores de banderas frías
y resuenan tambores de infancia
en el mismo silencio, bajo la misma estrella.
Viene mi carne allende las transparencias.
Rodeo la luz fresca.
Ánimos de pavor yacen en mis profundas soledades.
No es el mismo silencio, no es la misma estrella.
Arranco vísperas de muros inclinados,
y más allá de todo se mueve el brillo opaco
de la agonía.

Estrella de la mañana

I
Los ojos mueren en la alegría de la visión desnuda
de carne y de palabras,
en la tierra desnuda y en el cielo desnudo,
en el día desnudo y en la noche desnuda bajo los
cielos todo crecidos.
Es demasiado bella la noche de oro de muros y
banderas luminosas.
Corremos en la noche de plata bajo la noche de oro.
Tierra desnuda, tierra perfecta, cielo desnudo,
Cielo perfecto.
Voces desnudas de la voz eterna.
En la noche de oro nos llaman las acampanas,
Y oímos el vuelo de las aplomas desde la noche de
plata bajo la noche de oro.

V
En la misma belleza saborean las lunas su soledad
dichosa.
Caen todas mis muertes en el espanto
de la nada del mal de la nada irreal de la nada.
En las tinieblas puse mis manos cuajadas de llanto.
Arreó la gracia mis ojos perdonados,
y hecho he sido en lo interior de todo y nada.
He sido el que es de todo y nada en bella gracia.

XV
Ama tu alma mi alma, paz de los días, paz de las
noches nacidas en los espantos de muertes,
y en los gozos de muerte y esperanza de muerte.
Amor, Amor; Amor,
tu alma canta dolor de carne, dolor de vida, pavor
de muerte
bajo los cielos llovidos de esperanza.
Amor, Amor; Amor,
viste tu desnudez el agua capaz de las criaturas.

XVIII
Nos levanta la cruz hacia el río de los aromas.
Entre sí suben las criaturas mansas tendidas
en amor a Cristo.
Entre sí las criaturas fuertes sobre asientos
de paz
que cuidan las espadas en amor de Cristo.
Amor abre la luz, y se derraman soles y bailan los
corderos.
Tu alma canta, mi alma reza en los días cerrados,
en las noches cerradas,
en la vida cerrada, en la muerte cerrada bajo los vuelos
abiertos de los cielos.
Entre sí suben las criaturas mansa
en los asientos puros de olorosos maderos.
Amada,
afuera nos besaremos desnudos de tinieblas y pavores,
tendidos en amor de Cristo.

XXIV
Nace en mi llanto de oscuridad de todo
llanto,
oscuridad de soledad de todo llanto.
Vuelven las almas sobre mi alma de alma en alma,
de muerte en muerte.
Lloro con llanto de mi llanto
sobre mi alma de alma en alma, de muerte en muerte.
En soledad de soledad con soledad
en soledad, en todo, en soledad crecida en soledad.
Reposan los huesos en mediodías
en la soledad de mi alma desnuda en soledad.
Criatura de la quietud donde nacen soles.
Debajo del nacimiento
mi garganta solloza almas de alma en alma, de muerte
en muerte.

CANCIÓN DE LA VISIÓN REAL DE LA GRACIA
Niño, tú tienes el oído junto al amanecer
de la tierra y el cielo.
Amén el bosque, Amén el mar y Amén a las estrellas.
El signo de tus manos ata el secreto del mundo.
Amén el bosque, Amén el mar y Amén a las estrellas.
La tierra canta y el cielo, y la vida y la muerte.
Niño, tú tienes en el signo que trazan tus manos
el día y la noche, y la tierra y el cielo, y la vida y la muerte.
Amén, Amén, Amén,
niño de alba de la tierra y el cielo.

Poemas inéditos de sus últimos años

ECLOGA
Tú, la incóndita niña,
De la incóndita flor
Y la incóndita muerte,
Constas de flor y de muerte.
Tú, la incóndita niña,
Demuestra flor y muerte.
Tú, la breve sentencia
De la lúcida muerte,
Que pones con el llanto
La incóndita flor,
Y la incóndita muerte.

RETRATO DE DOCTOR
Este aquí, seráfico leyente,
Trae la flor perfecta
Recibida en ejemplo de ser a ser,
De simples y compuestos,Y día temporal,
Unidos por el uno que nunca fue movido,
Por aquél que depura la imperfección perfecta.
Este aquí seráfico leyente,
Lleva la perfectísima, la perfección perfecta
Del color y la lumbre, del amor y la estrella.

Poemas extraidos de la pagina: http://www.elortiba.org/fijman.html

Ripio (Laura Yasan)

08d5dae3f28442d62837d7e489ecdfc81.jpg“Poesía de aquellas que nos tocan a fondo, nos llevan de su mano hasta todo su universo, Ripio es un mundo donde la poeta Laura Yasan nos eleva en su armonia en todo su universo a sus paramos solidos que nos invaden los precipicios de nuestra sensibilidad”

Un libro para tener, y para saborear las metaforas justas que llegan como flechazos a nuestra vida.

Osvaldo

Un poema del libro:

final continuado

es atroz necesitar consuelo
reponer cada noche ese cristal
lamer los bordes con la lengua partida
todo un océano de mañanas inútiles de palabras mojadas
hay una ceremonia una ruta de autismo
es atroz esa voracidad
el animal famélico que traga la caricia
y cava en el amor un pozo ciego
en el rencor un nido
y sus ojos de invierno se arrojan a cazar
besos que no le fueron destinados
sudor sin paga

este pasillo que atraviesa el deseo
su oscuridad es atroz su angostura su eco
es tan insuficiente si me nombra
mi cuerpo es otro tan fugaz
es atroz el consuelo cuando se desintegra
sus huesitos de polvo lloviendo suavemente
en la fosa del mundo

———————————

Poeta argentina nacida en Buenos Aires en 1960, coordinó talleres de escritura en cárceles, hogares de menores, asilos de ancianos, sindicatos, bibliotecas y en el ámbito privado. Su obra fue publicada en diferentes revistas literarias del país y del exterior, parcialmente traducida al inglés y publicada en la antología Poetry Ireland Review (Irlanda, 2002). Integra desde el 2000 el consejo de redacción de la revista literaria Los rollos del mal muerto. Diseñó y coordina actualmente el programa de trabajo Palabra Virtual, talleres de creación literaria a través de correo electrónico.
Publicó los libros de poemas:
* Doble de alma (Tierra Firme, 1995),
* Cambiar las armas (Botella al mar, 1997),
* Loba negra (La bohemia, 1999 y Educa, Costa Rica, 1999). Premio Único de Poesía Educa (Costa Rica, 1998). 3º Premio del Fondo Nacional de las Artes (Buenos Aires, 1998).
* Cotillón para desesperados (La Bohemia, 2001). Mención especial del jurado en el IV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Medellín (Colombia, 2002). “por la fuerza y pasión dramática e impulso lírico de sus poemas”
* Tracción a sangre (La Bohemia, 2004)
* Ripio, (Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2007).

— invitada de Literatura Viva el jueves 18 de agosto de 2005, junto a Marcelo Silva.
— nuevamente invitada el 17 de mayo de 2007 junto a Graciela Caprarulo
*
Es mucho lo que podría decirles sobre Laura Yasan, sobre su obra poética, sus premios, su trabajo como tallerista… Pero todo eso está en la solapa del libro que vamos presentar ahora Ripio, (editado por Nuevo Hacer, este año, con el apoyo del Fondo de Cultura BA, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires).
Lo que no dice esa contratapa es que Laura Yasan ya fue invitada de Literatura Viva y que esto sucedió el jueves 18 de agosto de 2005, cuando la poeta leyó junto a Marcelo Silva, quizás alguno de ustedes recuerden esa noche y esa lectura de otro de sus libros: “Tracción a sangre”. En fin, entonces Laura ya estaba escribiendo este Ripio, del que no quiso adelantarnos nada. Así que tuve que esperar más de un año para encontrar algunos de sus poemas en “Tríada poesía”, la hermosa revista virtual de Viviana Abnur. Entre esos poemas estaba “Hoy función hoy” que voy a leerles ahora y que ustedes pueden encontrar en la p. 37 del libro o leer más arriba
Este poema me llegó tanto que no reprimí el impuso de escribir a su autora un e-mail elogioso (quiero aclarar que no es un gesto que yo haga siempre para ganar amigos entre la gente de letras), es algo infrecuente, por no decir rarísimo.
Después de haber leído todo el libro sigo destacando este poema, aunque hay muchos otros que me gustaría que leyese luego: Bobby Doggy, Reparto equitativo de la riqueza. Quizás porque juega con la palabra partir que parece que parte pero lo que hacen es partir la fe, quizás porque me conmueve la equilibrista caminando sobre un cable de fuego (¿quién no se conmovería ante su gesto tan arriesgado, tan en el límite, tan frágil, tan poderosa ella?).
Para quienes no lo sepan este libro fue presentado en sociedad hace muy poco, el 11 de abril. La presentación estuvo a cargo de Vicente Muleiro que, entre muchas otras cosas, afirmó que Ripio presentaba “La feroz conciencia de una imposibilidad”. Feroz conciencia de una imposibilidad.
No podremos creer esos viajes en trenes, esos circos, esos bailes. Los paisajes externos son un afuera para hablar de un adentro. En la poesía de Laura aparece siempre una primera persona que, los lectores sabemos, no puede ser otra cosa que ficticia, yo lírico, o como quieran llamarlo pero que aparece tan cercana al ser de carne y hueso del que se alimenta que hace difícil sostener la certeza de que estamos frente a una ficción (y toda obra literaria, incluso ésta, lo es).
Horacio Salas en la contratapa del libro recomienda a críticos y presentadores que no se dejen fascinar por lo inédito de las metáforas de Laura y que no fragmentemos el libro y hagamos que sus posibles lectores pierdan de vista su extraordinaria unidad, y (agrego) de la unidad de toda la poesía de la autora. Me parece muy difícil no caer en esa tentación. Los lectores encontrarán la unidad en su momento, así como no se les escaparán lo conceptual de esta poesía en la aparente facilidad de la composición, en el registro cotidiano del estilo.
Los estoy invitando a entrar a una poesía que invita a lamer los bordes con la lengua partida, a tenderse sobre astillas de vidrio, caminar por el tallo de fuego, por el filo, por la nervadura, donde los diminutivos se cargan de un tierno desprecio (cucharita, medallilla), y los gestos desmesurados en su pequeñez (no tierna, no ingenua, aunque obstinada) lítote que revela la inutilidad no de ellos mismos sino de todo gesto.
Feroz conciencia de una imposibilidad, dijo Muleiro. Imposibilidad de encontrar sentido, imposibilidad de llegar al otro, el amor no tiene nada que ver con esto, el consuelo es atroz cuando sus huesitos de polvo nos llueven suavemente, inutilidad de los andamios.
Irán por allí en compañía de una voz que es arena bajando por el cuello de un reloj, que estira su cuerpo de arena en el dolor del tiempo (esa hilera de elefantes que camina por una cornisa), una voz irónica, demorada en la red de un policial donde cae la noche y los forenses mienten. Allí se romperán las uñas arañando las puertas, soportarán la sangre adentro de la boca, se les ennegrecerán las muelas de masticar fatiga
La poesía de Laura es una poesía de denuncia. Denuncia la impureza de lo real. Advierte que nuestro mundo es pura ilusión. Dice: “En la edad de aceptar que esas estrellas/ brillando poderosas al final del paisaje/ son pura utilería” (p. 57)
Y en el último poema: “Lo real es dinámico y dejarse llevar en este baile/ no es un arte menor/ ¿o qué aprendimos?” (58) – Lidia Rocha

Extraido de la Pagina:
http://valknutr.blogspot.com/2007/05/laura-yasan.html