Fuelles al compás de una pasión

 

bandoneon 

 

La noche baja lentamente el telón de sus ojos.

Se ha perdido en el tiempo encubierto de aplausos donde la gente ovaciona su pedazo de gloria.

Mira, calmo, a su costado izquierdo. Allí lo aguarda un rostro extraño pero no desconocido. Se acerca con el misterio que le produce esa mirada tranquila. El hombre, en su traje de pana azul, se para frente al niño quien le tiende una nota. Sonriendo la abre, observándolo, observándose, su cabeza parece una balanza que se inclina sorprendido y a la vez feliz. En la proximidad de sus cuerpos, estira su mano hasta lograr la del pequeño y en silencio, salen del bar.

A medida que avanzan sobre el asfalto esculpido de árboles, donde las luces juguetean melancolías, el cantor de tango se anima a la aventura. Los minutos se suceden rápidamente. Hombres y mujeres, familias enteras abren sus puertas festejando la llegada de los forasteros mientras la música va irrumpiendo los saludos. Allí la fantasía deja de ser un cuento más a la hora del asombro, hoja a hoja, algodones por donde se pierden sus tobillos flacos y un orificio en la media, deja entrever la medida de su economía.

El corazón vuelve a tintinear entre el taconeo de la bailarina que danza girando en el sabor de los versos de Cadícamo. ¡Ella lo abandonó a su suerte y dijo que lo amaba!, la pasión es un torbellino que lo deja a la deriva, lo arrincona a su desidia más errática. Ella ha enviado a su niño para acompañarlo en el viaje sin embargo su lucha aflora vivaz entre la vida y la muerte.

Hombres y mujeres corean celestialmente conmovidos pero entonces la música, de su corazón, lo aferra arrabalero.

Todo es blanco, calmo, las flores han sido depositadas en la mesa de luz. Un timbre lo sacude de su estado minucioso y apesadumbrado, casi en alucinación, de repente una mano pequeña, lo acaricia suavemente y le repite despacito -¡te quiero papá!

_Un infarto, comenta la enfermera entrando a la sala. El hombre en su palidez sonríe sabiéndose salvado por la mujer que tanto amó, entonces fue como renacer y la melodía comienza a deshojar notas de una nueva canción.

La noche baja lentamente el telón de otros ojos y ya no está perdido.

A lo lejos, una sonrisa cómplice, sigue su danza.

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2 comentarios

  1. osvaldonorberto said,

    marzo 4, 2009 a 12:08 am

    Esa nueva canción, la complicidad, la danza y toda la belleza que encierra en nostalgia este bellisimo cuento,FELICITACIONES..Patricia

    Os.

  2. Jorge Luis Estrella said,

    marzo 6, 2009 a 2:43 am

    Me gusta leer lo que escribís, Patricia. Manejás las palabras con solvencia y le ponés poesía a cada párrafo. Osvaldo me prometió prestarme tu novela; espero que cumpla. Te mando un beso.

    Jorge Luis Estrella


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