HIPOPÓTAMO

 

 

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Tenía un hipopótamo en el living

y no se acordaba desde cuándo

porque de niña había ido a un colegio de monjas

lo que le ocasionó problemas de vejiga.

Claro que si unimos cada acto

aunque mínimo

y en el principio de la ecuación

ponemos la infancia

ésta erosiona los otros factores

y es muy difícil después articular palabra adulta.

Ella, no sólo su infancia, ella toda,

de tan díscola,

no quería comprender que la intensidad de la lluvia

había superado lo previsible

y, que en estas condiciones,

no sería nada extraño

compartir su casa con un animal acuático.

Lo peor de todo había sido irse

con un colombiano a Noruega

y ahora, de nuevo aquí,

sola,

en un Buenos Aires inundado,

con tres meses de embarazo

y un poema rondándole el cerebro.

El paquidermo tal vez estuviese

desde el diluvio anterior

como un regalo incómodo de sus ancestros

o, entrados a conjeturar,

quizá fuese una metáfora de su abuelo.

El niño le nacería en septiembre,

ella lo montaría en el animal

y esa sería su cuna

hasta que cumpliera los treinta y cinco años.

Las mujeres saben lo que hacen,

sólo habría que traer algunos pájaros,

de esos que rascan a los hipopótamos

porque, de volverse histérico,

se convertiría en ruido molesto para los vecinos

como cuando ella pone música del Caribe

a todo volumen.

Lo cierto es que cuando se produce algo

parecido a un diluvio

no es cuestión de atenerse a una lógica

demasiado estricta

y es casi mejor como figura paterna

un gordo mamífero que algún delgado bífido.

Si alguien le dijera

que su hijo iba a ser irremediablemente

un drogadicto

porque tenía un padre colombiano

ella contestaría:

“pero si ni siquiera lo reconoció”.

Era más probable que,

ante el río que patrullaba las calles,

su hijo le saliera valiente,

para decirlo de otra manera

con agallas,

para decirlo de otra manera

un pez.

Claro que la inquietaba un futuro

en el que se encontrara viviendo

con un hipopótamo y un surubí,

los tres formando una familia tipo

porteña

de estos tiempos que corren.

Y no podía echarle toda la culpa a las monjas

o a la sociedad de consumo

o al cartel de Medellín

o al gobierno

o a la lluvia

aunque nadie puede negar que siempre

alguna culpa tienen.

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3 comentarios

  1. osvaldonorberto said,

    noviembre 17, 2008 a 10:25 pm

    Buenisimo Jorge, bien como decis tipica familia porteña.

    Un abrazo Poeta y mis admiraciones.

    Osvaldo

  2. kiram said,

    noviembre 18, 2008 a 11:14 am

    Guau, es una fantasía actual, dolorosa pero preciosa.

    Te felicito

  3. Jorge Luis Estrella said,

    noviembre 18, 2008 a 11:37 pm

    Gracias, Osvaldo, gracias Kiram, es un placer para mí haber entrado en vuestra acogedora casa fantástica. Espero quedarme en ella hasta que me echen. Y ahora me voy porque el cocodrilo que tengo en el living me está pidiendo que le sirva la sopa y mi mujer está ocupada escribiendo un haiku de cinco, siete y cinco páginas. Besos.

    Jorge Luis Estrella


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