La compasión del amor

Marcel Schwob (Francia 1867-1905 , es sin duda alguna un iluminado dentro de los terrenos de la novela y los cuentos, en sus Vidas Imaginarias, ya a su manera daba un espacio a esos seres que como Ucelllo, Pocahontas
y otros grandes personajes históricos que pasados por la pincelada de su póstuma arrogancia cautivada de ingredientes líricos. da por sentada su estudio y su interés por recobrar de la historia esa ocasional imaginaria que dicho esta de paso engrandece aún mas a los personajes.
En este caso quiero dejar un cuento que me ha impactado de sobre manera, y se encuentra dentro de su libro: El Corazón Doble, la calidad recepcionada por su narrativa es realmente de una estructura y una calidad impecable, de la cual muchos escritores hicieron alusión en mas de una de sus novelas.
Borges alude a él en su Libro de los Seres Imaginarios.

Este cuento realmente goza de una increíble gama de interpretaciones que a mi juicio están relacionadas con él titulo que he agregado a este pequeño extracto, el amor forma una totalidad de substancias que se relacionan, que van desaforadas armando un rompecabezas dentro de los recuerdos, dentro de la sustancia misma de ese espíritu que nos despoja de todo intento, que nos somete a un mundo donde el desconcierto se enfrentaría si no existiese tal estado.
El amor luego del amor, como elemento abstracto que busca la gesticulación en medio de dos seres prevalecientes.
Por ello he querido dejar este cuento que a mi juicio es realmente extraordinario y me atrevería a decir sin ninguna duda que es uno de los mejores que he leído en mi vida.
Aunque muchos lo ignoren, y otros los mantengan totalmente incluido dentro de su obra, incluso los surrealistas los han nombrado constantemente sin pertenecer a esa genero ya que su objetividad lo sitúa dentro de lo simbólico.
Lamentablemente los rumbos del mundo van modificando los valores dejando a este tipo de escritores en el olvido y cambiándolo por Best Seller .
Seria una gran satisfacción que por estos lados su Obra Completa sea reeditada y muchos de quienes no lo conozcan empiecen a analizar las estructuras y la narrativa de su increíble potencial narrativo, poético y humanista.

Osvaldo Norberto Lázaro – 2 Septiembre 2008

Los Sin Cara

Los recogieron a los dos, uno al lado del otro, en la hierba quemada. Sus ropas habían volado hechas jirones, La conflagración de la pólvora había borrado el color de los números; las placas de metal estaban destrozadas. Parecían dos trozos de masa humana. Porque el mismo fragmento de chapa de acero, silbando en línea oblicua, les había llevado la cara de modo que yacían sobre las matas de hierba, como una doble masa de cabeza roja. El auxiliar mayor que los apiló en el coche los cogió sobre todo por curiosidad: el efecto, realmente era muy singular. No les quedaba nariz, ni pómulos, ni labios, los ojos se le habían salido de las órbitas destrozadas, la boca se abría como un embudo, agujero sanquionolento con la lengua cortada vibrando y estremeciéndose. Nadie podía imaginar tan extraña visión: dos seres de la misma estatura, y sin cara.
Los cráneos cubiertos de cabellos muy cortos, llevaban dos placas rojas, simultánea e igualmente talladas, con huecos en las órbitas y tres agujeros para la boca y la nariz.
En la ambulancia recibieron los nombres de Sin Cara nº 1 y Sin Cara nº 2. Un cirujano inglés, que hacia el servicio como voluntario, se quedo muy sorprendido ante el caso, y se tomó el gran interés, Curó las heridas y las vendó, hizo puntos de sutura, extrajo las esquirlas, modeló aquel amasijo de carne, y acabó construyendo dos coronillas, cóncavas y rojas, idénticamente perforadas al fondo, como las cazoletas de las pipas exóticas. Colocados en dos camas una junta a otra, los dos Sin Cara aparecían entre las sábanas con una doble cicatriz redondeada, gigantesca y sin significado. La eterna inmovilidad de aquella herida tenía un dolor mudo; los músculos rotos ni siquiera reaccionaban en las costuras; el terrible impacto había anulado el sentido del oído, hasta el punto de que la vida sólo se manifestaba entre ellos por los movimientos de los miembros, y por un doble grito ronco que salía a intervalos entre sus paladares abiertos y los temblorosos muñones de sus lenguas.
Mientras tanto los dos mejoraban. Lentamente, sin duda, pero aprendieron a dirigir sus gestos, a desarrollar los brazos, a doblar las piernas para sentarse, a mover las endurecidas encías que aún revestían sus cimentadas mandíbulas. Hubo algo que les proporcionó un gran placer y que se pudo reconocer por una serie de sonidos agudos y modulados, aunque sin poder silábico: fue el hecho de fumar unas pipas cuyas boquillas estaban taponadas con piezas de caucho ovaladas, para poder llegar a los bordes de la cicatriz de sus bocas. Acurrucados entre las mantas aspiraban el tabaco, y las bocanadas de humo salian
por los orificios de sus cabezas: por el doble agujero de la nariz, por los pozos iguales de sus órbitas, por las comisuras de las mandíbulas, entre los esqueletos de sus dientes. Y cada escape de humo gris que surgía entre las resquebrajaduras de aquellas más rojas era saludado con una risa sobrehumana, como un gorjeó de campanilla que se ponía a vibrar, mientras el resto de la lengua chapoteaba débilmente.
Hubo una gran conmoción en el hospital cuando una mujer de largos cabellos fue llevada por el interno de servicio a la cabecera de los Sin Cara y los miró uno tras otro con gesto aterrado, y luego se deshizo en lágrimas. En la consulta del médico en jefe explicó, entre sollozos, que uno de ellos debía de ser su marido. Le habían incluido entre los desaparecidos pero aquellos dos heridos, como no tenían ninguna seña de identidad, pertenecían a una categoría especial. Y la estatura. así como la anchura de los hombros y la forma de las manos le recordaban terriblemente al hombre perdido. Pero estaba espantosamente perpleja: de los dos Sin Cara ¿cuál era su marido?.
Realmente aquella mujer era encantadora: su vestido barato le moldeaba el pecho y tenia debido a su largo pelo recogido como una china, el dulce rostro de una niña: El inocente dolor y la incertidumbre casi risible se mezclaban en su expresión y contraían sus rasgos como los de una niña a la que acaban de romper un juguete. De modo que le médico en jefe no pudo evitar sonreír, y como era un poco grosero, dijo a la mujer que le miraba de soslayo: ¡Bueno!, ¡Qué importa! ¡Llévate a los dos Sin Cara, los reconocerás cuando los pruebes!
Ella al principio se escandalizó, y desvío la cabeza, ruborizándose como una niña vergonzosa; luego bajo los ojos y pasó la mirada de una cama a otra. Las dos masas rojas cosidas seguían descansando en las almohadas con aquella misma ausencia de significado que las convertía en un doble enigma. Se inclino hacia ellos; hablo al oído de uno, luego de otro. Las cabezas no tuvieron ninguna reacción. , pero las cuatro manos experimentaron una especie de vibración, sin duda porque aquellos dos pobres cuerpos sin alma sentían que había junto s ellos una mujercita encantadora, que tenia un olor muy agradable y los absurdos y exquisitos modales de un bebé.
Ella todavía dudó durante un tiempo, y acabó por pedir que le confiaran a los dos Sin Cara durante un mes. Los llevaron en un coche grande y cómodo, siempre uno al lado del otro; la mujer sentada enfrente, lloraba sin cesar ardientes lágrimas.
Y cuando llegaron a la casa, una vida extraña empezó para los tres. Ella iba continuamente de uno a otro, espiando una indicación, esperando un signo: Acechaba aquellas superficies rojas que no volverían a moverse jamás. Miraba con ansiedad las enormes cicatrices cuyas costuras iba distinguiendo gradualmente, del mismo modo que se conocen los rasgos de las caras amadas, Examinaba uno a uno como se contemplan las pruebas de una fotografía sin decidirse a elegir.
Y poco a poco la terrible pena que le oprimía el corazón, al principio, cuando pensaba en su marido perdido, acabó por fundirse en una calma irresoluta. Vivió como la persona que ha renunciado a todo, pero que vive por costumbre. Las dos mitades destrozadas que representaban al ser amado. Jamás se reunieron en su afecto, pero sus pensamientos iban regularmente de uno a otro, como si su alma hubiera oscilado del mismo modo que una balanza. Miraba los dos. como sus “maniquíes rojos”, y se convirtieron en muñecos grotescos que poblaron su existencia. Fumando sus pipas, sentados en sus camas, en la misma actitud, exhalando los mismos torbellinos de vapor, lanzando simultáneamente los mismos gritos inarticulados se parecían mas a gigantescos títeres traídos de Oriente, a sangrientas mascaras venidas de ultramar, que a seres animados de una vida consciente y que habían sido hombres.
Ellos serán “sus monitos, sus hombrecillos rojos. sus dos mariditos, sus hombres quemados, sus cuerpos sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cholas sin cerebro, sus caras de sangre; ella los arreglaba por turno, les hacia la cama, le bordaba las sábanas, les mezclaba el vino, les cortaba el pan, los hacia saltar sobre el entarimado; jugaba con ellos, y, si se enfadaban, los castigaba sin postre. Bastaba una caricia para que estuvieran junto a ella, como dos perros falderos; ante un gesto duro, sé agazapaban y parecían animales arrepentidos, Se acercaban a ella, la rozaban y le pedían golosinas: los dos poseían escudillas de madera en las que sumergían periódicamente sus máscaras rojas.
Aquellas dos cabezas ya no irritaban a la mujercita como antes, ya no la intrigaban como si fueran dos caretas bermejas puestas sobre rostros desconocidos. Los quería, como a dos niños pequeños. Decía de ellos “Mis muñecos están acostados, mis hombrecitos han ido de paseo”. No se entendió por qué venían del hospital a preguntar con cuál se quedaba. Para ella era una pregunta absurda: era como si le exigiera que cortara a su marido por la mitad. Solía regañarlos como hacen las niñas cuando sus muñecas son malas. Decía a uno; “Escucha pequeño, tu hermano se ha portado muy mal, ha sido muy malo y le he puesto de cara a la pared; no levantaré el castigo hasta que me pida perdón”. Después, soltando una risita, daba la vuelta al pobre cuerpo, dulcemente sometido a la penitencia, y le besaban las manos. A veces también les besaba sus horripilantes costuras, y se limpiaba la boca inmediatamente después apretando los labios, a escondidas. Y se echaba a reír a carcajadas.
Pero insensiblemente se acostumbró más a uno de ellos, porque era más dulce. Fue algo inconsciente, porque había perdido completamente la esperanza de reconocerlos. le prefirió como al animal favorito al que se prefiere acariciar, Le mimó mas y le besó más tiernamente. Y el otro Sin Cara, se fue poniendo triste, progresivamente, sintiendo a su alrededor cada vez menos la presencia femenina. Se quedo escogido en sí mismo, a veces acurrucado en su cama, con la cabeza metida entre los brazos, como un pájaro enfermo. Se negó a fumar mientras el otro que ignoraba su dolor. seguía aspirando el humo gris que exhalaba emitiendo gritos agudos por todas las ranuras de la máscara de color púrpura,
Entonces la mujercita se ocupó de su marido triste, aunque sin comprender demasiado. Él movía la cabeza en su seno y sollozaba con el pecho, una especie de gruñido ronco le recorría el torso. Fue una lucha de celos en un corazón oscurecido por las sombras, unos celos animales nacidos de sensaciones con recuerdos confusos, seguramente de una vida anterior. Ella le cantó nanas como a un niño y le calmó con sus manos frescas posadas en su cabeza ardiente. Cuando le vio muy enfermo, gruesas lágrimas cayeron de sus siempre alegres ojos sobre el pobre rostro mudo.
Pero pronto sintió una punzante angustia, porque tuvo la vaga sensación de gestos ya vistos en una antigua enfermedad.
Creyó reconocer movimientos antaño familiares, y la posición de las manos demacradas le recordaba confusamente una manos semejantes, muy queridas en un tiempo, y que habían rozado sus sábanas ante el gran abismo abierto en su vida.
Y los lamentos del pobre abandonado se le clavaron en el corazón; entonces en medio de una jadeante incertidumbre, contempló de nuevo aquellas dos cabezas sin rostros. Habían dejado de ser dos muñecos púrpuras, aunque una fuera extraña y la otra quizá la mitad de sí misma. Cuando el enfermo murió, toda su pena despertó. Realmente creyó que había perdido a su marido; corrió, llena de odio, hacia el otro Sin Cara y se detuvo, presa de nuevo de compasión infantil, ante el miserable maniquí rojo que fumaba alegremente, modulando sus gritos.

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