Carta a los fantasmas desmemoriados

Valerio Vega

En el destino uno las desdichas, inquieto como el árbol que tiembla bajo los días de lluvia, como la vendimia de tus ojos incandescentes que se filtran en el rio , en la noche junto al alba, y aprovecho mi delirio, mi caparazón de manzana bañado en la ceniza de tu luz.
Es fácil extasiarse, es fácil compañera, solo basta que la ronda nos invite, que la palabra abra antorchas y el silencio meteoritos de corazón.
No todo es tan ruin, ni todo es cautiverio, aunque mis ojos derramen penas sobre el timón anclado de los navíos prestados.
La vida se rompe cuando se sucede la canción de la noche
Y entre los muertos que pisan la huella, que mojan en la mancha de la humedad la caricia memoriosa, como golondrinas de la noche, como espejos en el abismo sucumben en el vértice de los alientos
Allí te veo, ebria en palabras gastadas, en amores desprolijos, lavando la poesía, allí se sumerge como un enano el tiempo y pisa las hojas de los cipreses de un solo paso.
Allí donde ya nada es irreducible, donde nos llegan como medidas las esperanzas, y el alma es un niño con hambre, y el cariño un escarpín de barro bajo el sol.
Quiero que sea así, que se amontonen debajo de mi letra, las aguas benditas, que la noche no le preste al día su condición maleva de arrabal, que no sigan despiertos los fantasmas que nos invitan a la sortija helada de los años, que venga despacio y con conciencia la vida, que nadie mas muera de sed.

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