Los objetos animados

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Robert Rauschenberg. Pilgrim, 1960

 

 

En septiembre las hojas de los secantes de la piel se multiplican, elevan sus formas a los espacios sensuales que desvanecen la piel y se someten al calor universal de las mandrágoras.
Varios sapos vestidos que rodeaban el valle habían envuelto sus cenizas en el humo de los abandonos, ellos saben bien lo que hacen.
Una distancia es solo una distancia, pero el tiempo apurado se resbalo sobre el calvario de los que recuerdan siempre las cosas, en ellos nadie puede permitirse aclara nada.
No hay puntos de referencias y supongamos que lo hubiera nadie daría explicaciones,
Quien no se detuvo alguna vez a mirar desde la superficie el claro de luna y la agonía que mira en el techo su Dios, no somos acaso humanos, nadie sintió con el aprecio mas deseoso convertirse en inmortal sin que el reloj avance.
Pero no es esa situación la que ocupa mi relato, es más trágica aún y se trata de elementos sólidos, papeles, libros, simplemente.
En mi casa se movía todo, sucedió luego de aquel septiembre, que empecé a perder el control, de golpe las cosas se me perdían de su lugar, eran transportadas desde el living hasta el cuarto desde el baño hasta la cocina, desde la cocina hasta los cajones de un escritorio.
Deje un cuento, recuerdo muy bien su nombre, mi único cuento : Los puentes del deseo en un lugar donde nadie podría tocarlo , en un espacio vació dentro de un cajón donde juntaba mis impuestos al día, mis papeles de pago de todos los meses, aquellos papeles era la única cosa que no se movía.
Una noche me desperté inquieto, sacudiendome desde la cama como si algún brazo quisiera contener mi indignación, los ojos de mi mujer cerrados soñaban esa noche, yo lo sabía.
Dentro de la caja de música la eterna bailarina de tantos años había detenido sus pasos, todo estaba estático, los ruidos eléctricos tampoco anteponían debilidad.
Yo estaba solo , inmensamente solo, como si me hubiera parido el silencio, la ausencia, yo no tenia nada, caminaba inmensamente solo con mi esqueleto esa noche sin restos de piel por un páramo desierto, donde un viento volaba las hojas de papel aquellas que desaparecían de lugar.
Nadie supo como yo vestir la noche de día para poder volver a reencontrar los objetos.

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2 comentarios

  1. Nora Noemí said,

    noviembre 18, 2007 a 10:51 pm

    Grande pibe muy grande, no pude evitar sentir un escalofrió, porque tu poema es un grito de dolor donde la soledad es tan honda que da vértigo como cuando te asomas a un gran precipicio, me llegó así me movió toda che.
    Muy bueno.
    Noe

  2. osvaldonorberto said,

    febrero 6, 2012 a 2:22 am

    Gracias Noemi, gracias por leerme , por comprenderme de la manera exacata como largo le lenguaje en el Grito!!!cariños querida y admirada poeta!!!


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