Cuando no todo era palabra

He tenido la belleza de soñar

Cosas que nunca fueron, estados de vigilia

Envueltos en miel de lunas,

Y me acrecenté a una sonrisa distinta en mí,

Una caricia que se manifestó sin palabras

Al fin de mi anhelo

 

Entonces no era ella,

Era quizás un extraño fantasma

Con piel de mujer

Deshabitada de crueldad

Que se abalanzaba en mi hombre

Y me soñaba mi sueño

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Automatismo

Que otra cosa que el color de los parpados

Que se pasean en la avenida más cercana a los sueños,

y de golpe extravían su modelada fatiga

en los cautivos y refinados vasos

donde el vino hunde sus uñas.

 

Y de este sol, de este paraje de átomos prolíficos

Enardecidos timones del marinero embalsamado

Que recorre siempre el mismo mar

¿Que queda sino la desgracia inmediata

Que alimenta a los brujos?

 

Ella esta tan sola como la baba del diablo

Que busca en su sonrisa

El espectáculo más rudimentario

De los especialistas del sexo

Es esa sirena loca

que transborda su posesión de esclava

Bajo la piel nauseabunda

Envuelta en llamas de sus arcos

Como una madre que reanuda su vida

Y encierra a su hijo en un cataclismo.

 

Donde nadan las pirañas de otro mundo

Y el dolor en su conjunto retrocede su espacio—

Diferencias

Mi corazón una caja rota llena de demonios

Mi amor un espejo incendiando la oscuridad

Tu poca sensibilidad un santuario de vampiros

Que hacen fiesta en mi diabetes.

 

Tu misma

un escalofrió de peines de viento

Que sonríe mi huella distante.

Y se apiada de la tolerancia redactada

Donde te memorizo el sentimiento

Para que lo recuerdes

en mi ausencia.

VESPER

Desde 1756, Haendel, viejo ya y privado de la vista desde
hacía más de cuatro años, no salía nunca de su mansión en
Londres, a la cual concurrían en gran número sus admirado-
res.
Una noche, el ilustre músico se encontraba en su sala de tra-
bajo del segundo piso, habitación amplia y suntuosa, prefe-
rida por él a sus salones de la planta baja, a causa de un órga-
no magnífico adosado a uno de los muros.
En la espléndida sala iluminada, algunos invitados conversa-
ban bulliciosamente, estimulados por una copiosa comida que
les había ofrecido el maestro, gran conocedor de platos deli-
cados y de los buenos vinos.
El conde de Corfield, que se encontraba presente, puso el
tema del genio del anfitrión, cuyas obras maestras alabó con sincero entusiasmo. Todos le hicieron coro, y cada cual ad-
miró el poder del don creador e innato, imposible de ser ad-
quirido por el vulgo, ni siquiera al precio de un trabajo encar-
nizado.
Según el decir de Corfield, una frase brotada de una frente
adornada con la chispa divina podía, trivialmente desarrolla-
da por un simple técnico, animar una cantidad de páginas
con su aliento. Por el contrario, agregaba el conde, un tema
ordinario, tratado por un cerebro inspirado, debía fatalmente
conservar su pesadez y torpeza, sin conseguir disimular la
marca indeleble de su ordinario origen.
A estas últimas palabras, Haendel protestó, asegurando que
aun sobre un motivo construido mecánicamente según un
proceso suministrado por el azar, se sentía capaz de escribir
un oratorio digno de ser citado en su lista de obras.
Como esa aseveración provocara algunos murmullos dubita-
tivos, Haendel, animado por las libaciones del festín, se le-
vantó bruscamente, declarando que quería inmediatamente,
y delante de testigos, establecer honorablemente la armazón
del trabajo en referencia.
A tientas, el ilustre compositor se encaminó hacia la chimenea
y sacó de un vaso algunas ramas de acebo provenientes de la
Navidad recién pasada. Las alineó sobre el mármol, llamando
la atención acerca de su número, que se elevaba a siete; cada
rama debía representar una de las notas de la gama y portar un
signo cualquiera, propio para hacerla reconocer.
Magda, la vieja ama de llaves del maestro, muy experta en
trabajos de costura, fue la encargada de suministrar al instante
siete cintas de matices diferentes.
La ingeniosa mujer no se preocupó por tan poco, y después
de una corta ausencia, volvió con siete “favores” que ofrecían
cada cual la muestra de uno de los colores del prisma.
Corfield, a instancias del gran músico, anudó un “favor” en
torno de cada tallo, sin romper la regularidad del alineamiento.
Terminada esa tarea, Haendel invitó a los asistentes a contem-
plar por un momento la gama figurada bajo sus ojos, y a que
se esforzaran en grabar en su memoria la correspondencia de
los colores y de las notas.
En seguida el maestro, con su tacto prodigiosamente afinado
por su ceguera, procedió a un minucioso examen de la lana,
registrando cuidadosamente en su mente cada particularidad
creada por la disposición de las hojas o por la separación de
las espinas.
Una vez completamente seguro, Haendel reunió las siete ra-
mas de acebo en su mano izquierda y designó la dirección de
su mesa de trabajo, encargando a Corfield que tomara la plu-
ma y el tintero.
Salido de la habitación, y guiado por uno de sus fieles, el
maestro ciego se hizo conducir  a la escalera, cuyo pasama-
no liso y blanco se prestaba admirablemente bien a sus pro-
pósitos.
Después de haber mezclado por largo rato las ramas de ace-
bo, para que no guardaran la huella de su primitivo orden,
Haendel llamó a Corfield, el cual le entregó la pluma llena de
tinta.
Con los dedos disponibles de su mano derecha, rozó al azar
una de las cintas con espinas, la que para él tenía una perso-
nalidad reconocible al tacto, y se aproximó al pasamano, en
donde escribió sin esfuerzos, en letras corrientes, la nota in-
dicada por el rápido contacto.
Bajó un peldaño, barajando de nuevo el espeso ramo, y
Haendel, por el mismo procedimiento anterior de palpar las
cintas al azar, recogió una segunda nota, que inscribió un
poco más abajo en el pasamano.
El descenso continuó, lenta y regularmente. A cada escalón,
el maestro, concienzudamente, removía la gavilla en todos
los sentidos antes de arrancar, con la punta de sus dedos, la
designación de tal sonido inesperado, el cual era inmediata-
mente grabado en caracteres suficientemente legibles.
Los invitados seguían a su huésped paso a paso, verificando
fácilmente la rectitud del trabajo por el examen de los “favo-
res” diversamente matizados. De vez en cuando Corfield to-
maba la pluma y la llenaba en el tintero antes de entregársela
al ciego.
Al cabo de diez minutos, Haendel escribió la vigésima ter-
cera nota y bajó su último peldaño que le depositó en el pri-
mer piso. Se acercó a una banqueta, se sentó por un momen-
to y descansó de su trabajo, dando a sus amigos la razón
determinante que le había conducido a escoger un modo de
inscripción tan extraño-
Como sabía que su fin estaba próximo, Haendel había legado
a la ciudad de Londres su mansión, destinada a ser erigida en
museo. Una gran cantidad de manuscritos, de curiosidades y
recuerdos de toda especie, prometía ya hacer muy cautivante
la visita a tan ilustre morada. Sin embargo, el maestro estaba
obsesionado por el deseo de aumentar incesantemente la atrac-
ción del peregrinaje futuro. Por esta razón, aprovechando una
ocasión propicia, había esa noche autografiado un monumen-
to imperecedero, grabando un tema incoherente y original en
una escalera cuyo número de peldaños ignoraba primitivamen-
te, pero que habían fijado al azar la extensión de esta obra mu-
sical, con lo que agregaba una particularidad suplementaria al
lado mecánico de la composición.
Después de descansar por algunos instantes, Haendel, escol-
tado por sus amigos, volvió a la sala de trabajo, en la cual la
velada se terminó alegremente. Corfield se encargó de trans-
cribir musicalmente la frase elaborada por el capricho del
azar, y el maestro prometió seguir estrictamente las indicacio-
nes del borrador, reservándose solamente dos libertades, la de
los valores y la del diapasón, que evolucionarían sin cortapisa
de una a otra octava.
A la mañana siguiente, Haendel se puso a la tarea con la ayu-
da de un secretario habituado a escribir bajo su dictado.
La ceguera no había de ninguna manera debilitado la activi-
dad intelectual del célebre músico.
Tratado por él, el tema de relieves fantásticos tomó un giro
interesante y hermoso, debido a las ingeniosas combinacio-
nes de ritmo y de armonía.
La misma frase de veintitrés notas se reproducía sin cesar,
y presentada cada vez bajo un nuevo aspecto, vino a cons-
tituir por sí sola el famoso oratorio “Vesper”, obra poderosa
y serena, cuyo éxito se mantiene hasta nuestros días.

Dos pequeños comentarios: en primer lugar, Roussel parece
encontrar un paralelo entre la forma de producción de esta
obra musical y su propia obra literaria, en la cual la homoni-
mia (la repetición de “las mismas notas presentadas bajo un
nuevo aspecto”) constituye la base de su método. En segundo
lugar es importante recordar que Raymond comenzó su carre-
ra artística como músico, siendo un pianista de buen nivel,
antes de abandonar esa forma de expresión para emprender
la literaria.

Raymond_Roussel_age_three_on_a_swan

 

Los visitantes de baldíos

Volvieron a  casa, hurgan entre la oscuridad y la luz

Se posan sus ojos entre el quebranto irremediable

De la sabiduría mientras duermo

Yo me como los carozos del sexo indispuesto

Y los jardines me contagian primaveras postergadas

 

¿Qué debo hacer?

¿Cómo seguir besando espinas en los drenajes?

 

El cielo se ha puesto un vestido de encaje

Los pensamientos disimulan acercarse a la muerte

 

El cuerpo es nomas un cuerpo

Un trazo de lluvia que destiñe el alma

Mientras me miro

Mientras el día se ata de manos

Bajo un espejo borracho

 

Odilon-Redon

 

 

Tiempo

A veces  no podía mantener

Su vida de pie…

Este hombre, pobre hombre,

En su tristeza disfrazada

Todo lo asediaba,

Los amigos se escondían al verlo

Su drama le aislaba cariño

 

Pero el hombre seguía caminando

Por las calles donde los mendigos

Con puñal en mano reclamaban su limosna..

Incrédulo, pensando en las barrigas vacías

Ofrecía lo poco que poseía…

No se trataba sin embargo de hambre

Se trataba de otras cosas

Que todos saben

 

Rememoro su pasado y se vio atrapado en la inocencia

Que murió tan joven ese día….

La continuidad del pasado

 

De niño el viento era un telón hambriento
una legislatura de sombras que apañaban el invierno,
un féretro donde la muerte estaba viva,
los pájaros , el día el sol, se encendían en las mechas
y el valle era un desierto de lluvias,
la enfermera del tiempo pasaba sobre las huellas
buscando un lugar donde inyectar el veneno
y las monjas descuartizaban el sexo
llorando siempre a escondidas del gesto

Un águila se estancaba en el aliento de alcanfor
laderas de espuma doblaban tus ojos
cuando todo era camino,
tus piernas bordeaban la luna
y se sentaban en las cartas del amor
perdidas en las estrellas,
marinero cruel, nevada de espanto,
odalisca sin ombligo que danzas
sobre el alquitrán demolido
de un aplauso sin brazos,
los espejos se ondularon, tu senos se han vuelto
un cangrejo
empachando un aborto de sombras
sobre la fiesta
donde se construye un poema
que llora.

I

Si quemo el reloj
no es para parar el tiempo
si no para que se incendien
las horas en la otra parte de mi

y mis días y mis espejos
no los alcanzo
cavilando voy
buscando en una flor
su aliento

II
me habla el maldito
que considera
que debo cometer
la delicia de ensangrentar
el silencio
yo lo miro
indiscretamente
presumo que ya
se va…..
pero se queda…..

III

hoy levante un sueño
que estaba enterrado
en mis misterios

sucede que no se como mirar
el piso, y me encuentro
moldeado de yesos
como pisoteado por estanques
que me queman la garganta
pólvora de masa
clara que se dispersa
pequeños moléculas
obsceno sabor a tabaco
……………me entierro por saberme

IV

Todas mis desgracias mas intimas
son pequeños resquebrajamientos
que se agazapan contra mi cabeza
se juntan en ideas que no llegan a nada
vos mandas la perilla de la bomba
para que yo me distorsione la vida

ya nada de lo que tenia tengo
todo se me escapo
la sangre ¡!!Oh la sangre se ha vuelto loca!!!
me venda los ojos
me lleva al pabellón
y se ríe atornillando
mi herida….
Me había quedado
solo una orquesta sin música
solo una biblioteca sin libros
solo una necesidad
de despertar lo perdido….

Entierro la sangre
nada mas puedo hacer.

Podes matar a tus padres

La luna tan quieta, quien acaso fumigaría la noche, la extrema urgencia del dolor tan prevalecido, el sutil ronquido de una madre sin espera, mi carne doblándose sobre las sabanas, vos en otra parte, donde la importancia no estaba conjurada con la obediencia, enfermo de no hacer nada, sin pensamientos, como un mísero títere en manos de un destino nefasto.
Y yo sin dormir, tu madre ya no se levantaba más a mirar por la ventana los colectivos si bajabas con tu caminata de alcohólico, haciéndole zigzag al tiempo.
Y yo me resigne sin embargo, yo me baje de los sueños y supe que ya no formabas parte de mi, yo quise terminar todo con un cambio de cerradura no permitido por tu madre.
Que alegría cuando tu política de vagancia te hacia mezclar con las masas descerebradas, con esa propagación de plagas , y yo que era un policía según vos solo por hacerte precavido cuando ya era tarde, cuando la noche te adornaba de botellas y robos a mí mismo.
Pero aquello no tenía pensamiento era cuestión de vicio, de enfermedad crónica que se iba acrecentando aun hoy cuando estoy escribiendo esta historia, historia que cansaría hasta al mismo Dios, vos querías vivir de planes sociales para inertes, para gente sin cerebro, para mirar desde un colchón la vida.
Sin entender que ahora yo partí definitivamente.

Los Sin-Cara -Marcel Schwob

 

Los recogieron a los dos, el uno junto al otro, sobre la hierba quemada. Sus ropas habían volado hechas jirones; la detonación de la pólvora borró el color de los números; las placas de latón se pulverizaron. Se los podría haber tomado por dos trozos de pulpa humana. El mismo fragmento afilado de chapa de acero, silbando oblicuamente, les llevó el rostro, de modo que yacían sobre las matas de pasto como un doble tronco de roja cabeza. El ayudante del mayor que los apiló en el coche los recogió más que nada por curiosidad. En efecto, la herida era muy rara. No les quedaba ni nariz, ni pómulos, ni labios; los ojos sobresalían fuera de las órbitas destruidas, la boca se abría como un embudo, sangrante agujero con la lengua cortada que vibraba, estremecida. Es posible imaginar qué extraño resultaba ver dos seres de la misma altura y sin rostro. Ambos cráneos, cubiertos de pelo corto, ostenta­ban dos placas rojas, cortadas igual y simultáneamente, con huecos en las órbitas y tres agujeros como nariz y boca.

En el hospital se les dio el nombre de Sin-Cara N° 1 y Sin-Cara N° 2. Un cirujano inglés, que hacía el servi­cio ad-honorem, se sorprendió ante este caso interesán­dose en él. Cuidó y vendó las heridas, las suturó, extrajo las esquirlas, modeló esa pulpa de carne dando forma a dos casquetes cóncavos y rojos, igualmente perforados en el fondo, como hornillos de exóticas pipas. Ubicados en dos camas, el uno junto al otro, los dos Sin-Cara manchaban las sábanas con doble cicatriz redonda, gigantesca y sin sentido. La eterna inmovilidad de esa Haga tenía un mudo dolor: los músculos tronchados no reaccionaban ni con las suturas; el terrible golpe había aniquilado el sentido del oído, a tal punto que en ellos la vida sólo se manifestaba por el movimiento de sus miembros y por el doble grito ronco que emergía a intervalos de entre los abiertos paladares y los temblorosos muñones de lengua. Sin embargo, ambos se curaron. Lenta, pero seguramente, aprendieron a dominar sus gestos, a extender los brazos, a doblar las piernas para sentarse, a mover las encías endurecidas que ahora cubrían sus mandíbulas soldadas. Conocieron un placer, manifestado por sonidos agudos y modulados, mas sin poder silábico: fue el de fumar sus pipas, a cuyas boquillas se habían adosado unas piezas ovales de goma que llegaban a los bordes de la herida que eran sus bocas. En cuclillas bajo las mantas, aspiraban el tabaco; y los chorros de humo salían por los orificios de sus cabezas: por el doble agujero de la nariz, por los pozos gemelos de sus órbitas, por las comisuras de las mandíbulas, entre el esqueleto de sus dientes. Y cada escape de bruma gris que se exhalaba por entre las grietas de esas masas rojas, era saludado por una risa sobrehumana, cloqueo de la campanilla que temblaba, mientras el resto de sus lenguas chasqueaba débilmente.

Se produjo una conmoción en el hospital, cuando el interno de guardia llevó hasta la cabecera de los Sin-Cara a una mujercita en cabeza, quien miró al uno, luego al otro, con rostro aterrorizado, prorrumpiendo luego en llanto. Ante el escritorio del jefe médico del hospital, explicó, entre sollozos, que creía que uno de ellos era su marido. Figuraba entre los desaparecidos; pero como esos dos heridos carecían de toda señal de identidad se hallaban en una categoría especial. Y tanto la altura, como el ancho de espaldas, y la forma de las manos, le recordaban sin lugar a dudas al hombre perdido. Mas se hallaba extremadamente indecisa: de los dos Sin-Cara ¿cuál era su marido?

Esta mujercita era realmente encantadora; su peinador barato le moldeaba el seno, sus cabellos levantados a la usanza china, le conferían un dulce aspecto infantil. Su inocente dolor y una incertidumbre casi risible, se aunaban en su expresión, contrayendo sus rasgos como los de una niñita que acabara de romper un juguete. De modo que el jefe médico del hospital no pudo contener una son­risa y, como hablaba con mucha claridad, dijo a la mujercita que lo miraba: “Llévatelos a tus Sin-Cara; los reco­nocerás probándolos.” Al principio ella se escandalizó y dio vuelta la cabeza con rubor de niña avergonzada; luego bajó los ojos mirando a una y otra cama. Los dos tajos rojos, suturados, continuaban descansando sobre las almohadas, con esa misma ausencia del sentido que los con­vertía en un doble enigma. Se inclinó sobre ellos; habló al oído de uno, luego del otro. Las cabezas no demostraban reacción alguna, pero las cuatro manos experimentaron una especie de vibración, tal vez porque esos dos pobres cuerpos sin alma sentían vagamente que junto a ellos ha­bía una mujercita encantadora, de suave perfume y exqui­sitas y absurdas maneras de bebé.

Ella vaciló durante algunos momentos todavía, y ter­minó pidiendo que tuvieran a bien confiarle a los dos Sin-Cara durante un mes. Los llevaron, siempre uno al lado del otro, a un grande y mullido coche; la mujercita, sen­tada frente a ellos, lloraba sin cesar con lágrimas ardientes. Y cuando llegaron a la casa, comenzó para los tres una vida singular. Ella iba eternamente de un lado al otro, es­piando una indicación, esperando una señal. Observaba sus superficies rojas que nunca más se moverían. Miraba an­siosamente esas enormes cicatrices cuyos costurones iba conociendo gradualmente, como se conocen los rasgos del rostro bienamado. Las examinaba una a una, como prue­bas de fotografías, sin decidirse a elegir.

Y poco a poco, la enorme pena que le angustiaba el corazón cuando, al principio, pensaba en su marido des­aparecido, se fue convirtiendo en una calma indecisa. Vi­vió a la manera de alguien que ha renunciado a todo, mas que sigue viviendo por costumbre. Las dos mitades limi­tadas que representaban al ser querido, nunca podrían reu­nirse en su cariño; pero sus pensamientos iban constante­mente de uno al otro, como si su alma oscilara cual un péndulo. Veía en ambos a sus “rojos maniquíes”, a insul­sos muñecos que fueron llenando, poco a poco, su existen­cia. Fumando sus pipas, sentados en el lecho en la misma actitud, exhalando las mismas volutas de humo, y profi­riendo simultáneamente los mismos gritos inarticulados, más se asemejaban a enormes fantoches orientales, a máscaras sangrientas venidas de ultramar, que a seres animados de vida consciente, que antes fueran hombres.

Eran sus “dos monos”, sus muñecos rojos, sus dos mariditos, sus quemados, sus cuerpos sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cráneos sin cerebro, sus rostros de sangre; ella los arreglaba uno después del otro, hacía sus mantas, bordaba sus sábanas, servía su vino, cortaban su pan; los hacía caminar por el centro de la habi­tación, uno a cada lado, y saltar sobre el piso; jugaba con ellos y si se enojaban, los empujaba afuera con la palma de la mano. Si los acariciaba, andaban junto a ella como perros retozones; si hacía un gesto duro, permanecían doblados en dos, como bestias temerosas. Se le acercaban cariñosamente pidiéndole dulces; ambos poseían escudillas de madera en las que periódicamente hundían sus máscaras rojas con alegres gritos.

Ya las dos cabezas no irritaban a la mujercita como antes, no la intrigaban cual dos antifaces rojos colocados sobre rostros conocidos. Los quería por igual, con infantil mohín. Decía, refiriéndose a ellos: “Mis fantoches duermen.” “Mis hombres están paseando.” Le pareció incomprensible que vi­nieran del hospital a preguntar con cuál de los dos se que­daba. Era una pregunta absurda, como si le exigieran que cortase a su marido en dos. Los castigaba a veces como los niños lo hacen con sus muñecos malos. Decía a uno de ellos: “¿Viste, mi pequeño antifaz, qué malo es tu hermano? Es malo como un mono. Lo he puesto de cara a la pared; sólo lo dejaré volverse si me pide perdón.” Luego con una sonrisa, hacía girar al pobre cuerno, dulcemente sometido a la penitencia, y le besaba las manos. A veces también besaba sus horribles costurones, enjugándose la boca inme­diatamente, frunciendo los labios, a escondidas. Y luego se reía a carcajadas.

Pero insensiblemente se fue acostumbrando más a uno de ellos porque era más suave. Fue algo inconsciente, es cierto, ya que había perdido toda esperanza de reconocerlos. Lo prefirió, como se prefiere a un animal favorito que se aca­ricia con mayor placer. Lo mismo más que al otro y lo besó con más ternura. Y el otro Sin-Cara se tornó triste, tam­bién gradualmente, sintiendo que faltaba junto a él la pre­sencia femenina. Permaneció replegado en sí mismo fre­cuentemente acurrucado en su lecho, con la cabeza entre los brazos, como pájaro enfermo; se negó a fumar, mientras el otro, ignorando su dolor, continuaba aspirando el humo gris que exhalaba con agudos gritos por todas las grietas de su máscara purpúrea.

Entonces la mujercita cuidó a su marido triste, pero sin comprenderlo mucho. El reclinaba la cabeza en su seno y sollozaba con el pecho, en una especie de ronco gruñido que le recorría el torso. Fue una lucha de celos en ese co­razón negro de sombras; unos celos animales, nacidos de sensaciones con recuerdos confusos, tal vez de una vida anterior. Ella le cantó canciones de cuna como a un niño, y lo calmó posando sus frescas manos sobre su cabeza ar­diente. Cuando lo vio muy enfermo, gruesas lágrimas caye­ron de sus alegres ojos sobre el pobre rostro mudo.

Pero pronto sintió ella una angustia atenaceante al tenor la vaga sensación de gestos ya vistos en otra antigua enfer­medad. Creyó reconocer movimientos antaño familiares; y la posición de las manos demacradas le recordaba confusa­mente otras manos semejantes, anteriormente amadas, que acariciaran sus ropas antes del enorme abismo que se abrie­ra en su vida.

Y los lamentos del pobre ser abandonado le laceraron el alma; entonces, en anhelante incertidumbre, volvió a obser­var las dos cabezas sin rostro. Ya no fueron dos muñecos purpúreos; uno fue el extraño y el otro, tal vez, la mitad de sí misma. Cuando el enfermo murió, renació su gran do­lor. Creyó haber perdido verdaderamente a su marido; co­rrió temerosa hacia el otro Sin-Cara y se detuvo, presa de infantil piedad, ante el miserable maniquí escarlata que fu­maba alegremente, modulando sus gritos.

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