Elecciones

Elijo tus ojos

para mirar

el silencio

Anuncios

A Vane

Las palabras simplemente no alcanzan para describir tanto, hay una alquimia de belleza y poesía en vos Vane, un soplo de universo que se extiende , una flor que se mece en los jardines de tu cuerpo y las puertas del alma

Y es así como ahora la lluvia dibuja ventanas
Como una espejada violenta se vuelve beldad
Así tu luz, linterna de cuerpo, se escapa del Ángel
Se acopia en los escaparates, besa algún reloj sensual
Y loco que retrocede
Se mira en mi musa que me habla a escondidas

 

27972052_1186579668139532_8395948001442416060_n

La felicidad del delirio

Siempre la luz aclara el silencio de la piel
Se desvaría el círculo donde reposan los pájaros en la lluvia
Yo me nutro de ardillas que flotan dentro de mi mirada
Mientras ellas le piden perdón a la inocencia

El amor es la sabana que se mece en los perfumes, la otra vida acompaña
El pergamino de tu ruta.
El abismal envoltorio que agazapa fantasmas en la sombra
Mis ojos los pongo en los tuyos
Para ver lo mismo Y SOÑAR TUS SUEÑOS
Teniendo la certeza solo de irme del mundo
Para hacer en flor mí esencia

Disimulando en los escondites
Donde me grita el vuelo al oído
Para que nadie escuche la dicha.

 

tumblr_nr8bbx5fs71rv33k2o3_r1_1280.jpg

 

 

POEMAS DE ELENA MEDEL

eM-.jpg

MADURAR

 

Madurar

era esto:

no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel

igual que un fruto antiguo.

Colchón justo para los dos; años que chocan la lengua contra los dientes una y otra vez que

se tambalean en la boca

años

del sentido incorrecto.

Con tres hilos de cabeza he tejido mi tiempo:

piensa en vosotros a mi edad, piensa en tres hilos de cabeza, qué te falta, qué te queda;

piensa en tres hilos. Quizá

eso, madurar:

quizá Ulises boca abajo, quizá la orilla boca arriba,

eso que queréis me esperará diez años. Pensad en diez caídas; pensad en

diez hilos de cabeza. ¿Aquello? ¿La madurez? ¿Márchate, olor a lavavajillas, déjame con mi

sueño?

¿O quizá en la boca uvas para el postre del color

de la rodilla que cae al suelo,

de la rodilla que choca contra el suelo? Me tambaleo. Y era yo el zumo en la garganta, y era

yo el frío, era yo

las uñas y el estómago, quién era yo en mis años

con tres, en mi tiempo con diez hilos de cabeza. Hasta mi habitación

por la escalera de incendios un hombre

y su sentido contrario. Diez hilos de cabeza, veinte hilos de su pecho atados a mi pecho,

juro que amé

los golpes de sus piernas. Digo que

madurar era esto: que no pude negarme, digo que mis tres hilos de nada entre los dedos, y

juré chocar y el suelo

lo juré. Pensé al suelo la caída

y el choque contra el suelo. Pensé el aliento pensé dije

tres hilos de cabeza: tambaleo.

Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé

que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón

de la fruta que se pudre.

 

 

 

UN CUERVO EN LA VENTANA DE RAYMOND CARVER

Para Erika

 

Nadie se posa en el alféizar -son veintiocho años

de espacio adolescente-,

pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído

en todos los poemas

se colara por el patio de luces y asomara

por el alféizar de mis veintiocho años,

 

un pájaro

mi habitación adolescente.

 

Y qué ocurriría si yo escribiese aún

-si me preguntan, respondo que ya no-

y un pájaro cualquiera, ninguno de los pájaros sobre

los que haya leído en todos los poemas,

un cuervo o una de las palomas negras que asoman en la oficina,

interrumpiese en la escritura

como el que se posó en la ventana de Carver.

 

¿Ganaría su lugar en el poema?

¿Dejaría de ser pájaro?

 

Alza el vuelo. Ya no hay

habitación en el alféizar.

 

(Chatterton, 2014)

 

 

 

AQUELLO EN LO QUE TE FIJAS CUANDO SALIMOS POR LAS NOCHES

 

Mi madre me enseñó que la mejor forma de pasar por la

vida era renunciando a la propiedad particular.

Ella me convenció de que podría transformar los balbuceos

en música de cámara, con mis zapatos.

Tus zapatos son mágicos, me dijo. Pierde uno y ganarás un marido.

Vende dos y ante ti se revolverán las semillas de tu reino.

Y yo susurraba: mi reino eterno. Junto a él.

Decidí que los compraría de colores para camuflar mi identidad,

sobrios si aspiro a desvelar mis secretos.

No tacones ni zapatos planos ni aerodinamismo; le quiero

suciamente. He descubierto que pasos-pequeños

conducen a una-mujer-seria-con-dos-rayas-absortas.

 

Descalza, de puntillas, vuelvo a tener diez años y a morirme

por dentro de tanta soledad.

 

 

 

TARA

I

La noche de tu muerte

Dios acribillaba a gargajos el cristal de mi ventana. La lluvia

dolía igual que duele el frío en un cuento navideño

con barrios de cartón. El viento

golpeaba las paredes, se colaba por las rendijas de la casa,

helaba los armarios, componía con sus silbidos una

nana que velase

por todas nosotras.

Escondida bajo la cama, me tapaba los oídos, negando la

presencia del viento ante la puerta de mi cuarto.

Deberás superar doce pruebas para invadir mis dominios.

No lo pondré tan fácil.

Me creía etimóloga de las condiciones atmosféricas, experta

en acepciones.

Al lado de los miedos de mis quince años, cantaban las

pelusas en un sueño de Sófocles:

abre y verás cómo el frío te espera con su rostro de miedo, para

decirte todo lo que no quieres saber. Abre y verás; porque

el frío aguarda con su rostro de miedo para leer la biografía

de tus manos.

Diluviaba más allá de la puerta cerrada de mi cuarto. El

agua invadía las sábanas, traspasaba el somier, las pelusas

desfilaban -pobres, densísimas- hacia la puerta.

 

Me tumbé, empapada, sobre el colchón.

 

(Fundido en negro)

 

Tumbada, temblorosa, sobre el colchón, colgué el teléfono.

Las pelusas -colmadas, orgullosas- reconquistaron

cuanto les robé.

La luz empujaba sus partículas contra mis ojos: punzantes

como el granizo, imitando en su choque a los aplausos.

La lámpara aprendía el gesto de las nubes, descargaba contra

mí toda su rabia. No lo impediré: basta con resistir para

apagarme.

 

 

 

 

 

Las pelusas ascendieron trepando por la mesilla de noche,

hasta invadir mi cama, y se colaron acampando en la

garganta.

Mi boca gris, el oráculo con toda la razón, negando unos y

otros lo que vendría después. Respiraba con dificultad.

No podía pensar en otra cosa.

Sucia, desde luego, por meterme donde no me llaman.

Escucho cómo, en la habitación contigua, Caravaggio

acapara todo el protagonismo.

Apenas media hora. La llamada, la marcha de mis padres,

tu muerte.

Mi pecho topaba con la tela; en mi frente y mi nuca, el

sudor se confundía con el agua.

 

 

II

(Soy Salomón. Pienso construir un altar secreto para los

domingos. No busco de vosotros una mano en la

espalda, sino que la tendáis para ayudarme a escapar

de la marea.

El río al que caí multiplica su caudal conforme los otros

lloran. Mi corazón es una esponja, una caja negra que

recoge

todo cuanto sucede.

El tanatorio, mientras, ejerce su función. Alquiler igual a

frío.

Una mujer rubia, pálida, me da la bienvenida. Soy Salomón.

Te mostraré mi altar secreto

la si me guías hasta donde descansa)

 

Ofelia al otro lado del cristal, Angélica después de cuatro

años, respetada por las aguas,

mientras yo pataleo para no ahogarme. Pronuncio agua y

lloro por aquello de lo que carezco. Como pulsar un

botón en lo profundo de mi espalda. Lo conocido me

zarandea.

Dijiste dos días antes: cuando mejore, iré a la peluquería a

arreglar este desastre.

El cristal mostraba lo contrario: en tu pelo antes gris,

revuelto, brillarán los bucles durante cuarenta días y

cuarenta noches.

Nunca vulnerable, nunca muerta: tan hermosa como la

última vez en que nos vimos.

 

(Dios, entonces, posó sus manos sobre mis hombros

y me sentí sola.

 

 

III

La franela protege mi vida subterránea. El mundo, bajo las

sábanas, se percibe diferente:

su grosor iba a alejarme de colmillos y radiactividad, iba a

librarme del ataque de los monstruos.

Tulipanes amarillos sobre fondo azul. Prozac para las horas

oscuras. Costaba respirar bajo las sábanas. Las pesadillas

formaban parte

de un estrato ajeno a mi dormitorio, por encima de las

nubes, allá donde la asfixia ocurre con la misma frecuencia

que debajo de la manta. Justo cuando no podía respirar me

rescatabas, y yo dormía abrazada a ti, mis cuatro, cinco

años, y las pesadillas se digerían con el desayuno.

Todo cuanto tengo

te lo debo. Aprendiste a leer con cinco años. Con ochenta

escribiste, en un cuaderno de hojas cuadriculadas, tu

vida. Felicidad fue tu última palabra-

 

Ahora que has muerto, más allá de la puerta cerrada de

mi cuarto, mientras las hermanas viejas corren a

refugiarse bajo los soportales,

alguien que no soy yo, pero se me parece, escribe en una

cabina telefónica con rotulador negro permanente:

Dios, ven aquí,

atrévete a volver a hacerlo,

ahora

soy más grande que tú.

 

IV

 

La lluvia forma en su caída toboganes de barro, alumbra

arcenes y calzadas para el tránsito nocturno,

expulsa de su reino a los habitantes más hermosos, provoca

envidias, desmanes, firmas de tratados.

Transforma, también, sus caprichos en notas dispuestas

sobre un tablón de corcho: debo recoger la terraza, ordenar

mis papeles, resguardarme para cuando llegue la tormenta.

La lluvia consigue todo esto

Igual

que el viento decreta qué árboles no sirven, qué hogares

deberán pasar la noche en vela, y deshoja tendederos

y periódicos,

e interrumpe el sueño de quienes se piensan a salvo,

golpeando contra los cristales de nuestras ventanas.

Y la muerte

no respeta tu puerta cerrada, derritiéndose aprovecha los

resquicios translúcidos, y se arrastra y se cuela estancada

en el lugar en el que duermes,

ensuciándote los pies al despertarte, impregnándote los

huesos y la carne con su olor,

hasta que respiras muy hondo

y decides gritarle sin sábanas, incorporada en el centro de

tu dormitorio, acabando con todo,

aquello que en el fondo busca con su presencia:

ya no temo a la muerte, porque me reunirá con Ella.

 

 

 

ÁRBOL GENEALÓGICO

 

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.

Cuando una de nosotras muere

exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se acercan a curiosear en su

garganta de hojalata, se celebran festines con moscas y gusanos, me cae mal porque me

hizo sonreír a mí, que soy tan triste.

A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza

se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres

sobrenaturales,

chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas

hasta que sangran nuestras aortas clavadas en la tierra, igual que las raíces.

Al morir nos abren el estómago, examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las

vísceras el mapa del tesoro,

sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

 

Un espectáculo.

 

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi

corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco

de un nicho;

fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que

hemos estado juntos.

Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y

baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;

porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie salvaje

que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se

extinguirá.

 

 

 

SUEÑO SUCIO #1

 

Con apenas un año de vida, mi hija se asoma al balcón: sus

pulmones son una pecera.

Dentro del plástico le flota una piraña; bajo la lengua, una

brújula apunta al suelo:

el mecanismo de la vida de mi hija me vino por correo aéreo,

desmontado.

Desde un segundo piso, mi hija disfruta con las cosas

brillantes, los estribillos de dos sílabas, las alturas. ¡Está

muy mayor para su edad!

Asoma su cabeza entre las rejas del balcón: tiene su mismo

aspecto.

Se lanza frente a Él.

Contra el suelo.                        Tiene su mismo aspecto.

 

Esta sensación me salpica los zapatos: como si me atravesaran

el esternón con un cuchillo y extrajesen una porción

que se exhibiera, por los siglos de los siglos, en una

urna, sobre un cojín púrpura;

como si nos inventásemos salmos

para recitar en el colegio, entre segundo plato y postre, yendo

de paseo, al irnos a dormir, al decirnos te quiero y

abrazarnos,

para limpiarte la conciencia cuando untes en tu desayuno

tostadas con la miel de la vida de mi hija,

manual de instrucciones para amortiguar el golpe.

Igual que tú, tiemblo.

 

Ya no puedo llorar.

 

 

 

SUEÑO SUCIO #2

 

Me arranco la piel seca de los labios. Caen, de mis dedos al

suelo, virutas antipáticas y grises. Permanezco unos minutos

con los labios heridos. Tomo el cepillo de dientes eléctrico,

enfrento su fuerza a mi silencio. El cepillo, de inmediato,

se ha llenado de sangre. Las llagas crecen como esos familiares

a los que sólo visitas de verano en verano. Incómodas; heridas

como valles, un cadáver en la piel seca de mis labios.

 

 

 

LOS NIÑOS QUE SE MUEREN

 

Los niños que se mueren

pueden elegir entre saltar durante el día sobre camas de

hormigón dulce, o comerse las sábanas muy lento, con

los ojos cerrados y felices.

El privilegio de la franela. Dos centésimas de miedo para

que suelten su mano: por la avenida se agarran de la

punta de mis dedos, mordiéndome, mamá.

Ya no tengo piernas y canto muy bajito, buscando en un lugar

cerca de mi padre, así que ellos me hacen compañía

antes de llegar a casa.

Qué alegría en el vestíbulo: soy tan blandita que no puedo

morir.

Tengo amigos sin sueño ni pijama. Huelen a víspera de

festivo, y convierten los termómetros en un cuento de

buenas noches, y han muerto y sin embargo

confían en enero igual que en las ventanas y la voz de la

nieve.

Así es la vida de los niños que se mueren. Acolchada. Muy

dulce. Es tan bello extinguirse siendo niño…

 

 

 

CUMPLEAÑOS

 

Los hombres de la familia de mi madre mueren antes de los

cuarenta años. Se equivocan al encauzar su vida. Cuenta

atrás: frenan el cariño, los recuerdos, no es posible echar

de menos

a quienes no conoces. Altos, jóvenes, un golpe de viento los

convierte en cadáver. ¿Cómo lo impedirás?

Podrías velar la agonía de Joaquín Santiago, junto a sus

cuatro hijos pequeños. Rezar durante el fusilamiento

de Pedro Santiago, mientras sus huesos se funden con

la tierra, 1938, Badajoz, cuerpo y origen. Acariciar la

frente de Joaquín Santiago, pudriéndose en una cama

con la espalda seca, dormido,

sin cumplir veinte años.

Ella creció con un vestido negro atado a los tobillos,

disfrazada de sombra para que nadie la viera. De nacer

hombre, habría sido inútil decir, por ejemplo, éste es

mi hogar, aquí descansaré.

Hoy celebro que Fernando Navarro cumple cuarenta y cinco

años. Cuando le felicito, él toma aire y respira tan fuerte

como si quisiera romperse los pulmones, acercarse a

la norma; pero le tomo de la mano, sonreímos,

celebramos todos

sus recién estrenados cuarenta y cinco años.

Enterramos a su madre hace ocho días. Tengo diez años.

Entonces bautizábamos estanterías, ignorantes de lo

que nos esperaba.

Con los años pensé: él no pasará de los cuarenta. Yo leería en

su entierro un poema sobre el campo, el sol, aquello

que está arriba y es futuro. Y Ella encadenaría funerales

funeral tras funeral;

yo moriría a los treinta y Ella

continuaría allí, llorándonos.

Tengo diez años. Me gusta dibujar princesas guapas, montes

bíblicos, árboles genealógicos. Te gusta almacenar

memoria histórica. Y las cosas que te cuentan de pequeña

no las olvidas nunca. Pienso en lo que no compartiremos.

En la familia de mi madre los hombres no viven más de

cuarenta años. A las mujeres nos crecen las líneas de

la palma de las manos, por el brazo ascienden a

plagarnos el rostro, de un vistazo proclaman nuestra

edad, naturaleza abierta.

Recortarán nuestro corazón por la línea de puntos;

lloraremos, antes de tiempo, a quienes deberían

llorarnos a nosotras.

Y seremos huérfanas, viudas, preguntándonos cómo

nombrarnos cuando nuestros hijos mueren, cómo

llamarme ahora que estás muerta.

 

 

 

TRITANOPÍA

 

Vuestro odio a los colores ha acabado con ella: vuestro odio

a lo pagano y las cuchillas. Flamsteed alejándola de su

dolor de estómago: es mi estructura, junto a ella moriré.

Tenéis cuanto queríais. Era Alicia: no el diamante. Ningún

destrozo: sí dabais la espalda, mordíais muy profundo.

Un mecanismo fácil. Una labor sencilla. Tragad.

Despidiéndoos como si fuera la última cerveza junto

a vuestros chicos preferidos. Las bombillas son frágiles:

igual que sus hilos, terminó rota.

Ojos de sapo, mi noche esférica, caries en el saludo, inevitable

vomitar: cuanto queríais, en vuestras manos. Sois

felices, lo conseguisteis.

Reencarnados en mujeres y en hombres, bailáis con vosotros

mismos mientras se oxida vuestra lengua de oro falso:

por error, pisasteis charquitos de saliva venenosa, manchasteis

la entrada al dormitorio.

Os empeñáis en un nombre del que ella carece, llamándola

te quise siempre, estrecho tu mano, no conozco otro dolor

que no haya sido nuestro.

Lo habéis conseguido. Acabasteis con ella. En vuestra mesilla

de noche respira minúscula por no despertaros: menos

aire, menos aire, pequeña, tonta.

¿Besaréis su cadáver?

 

 

 

PEZ

 

Nuestro plato favorito requería cierta preparación. Mi abuela abría el pescado en vertical,

leyendo mi futuro.

Sobre la superficie herida distribuía su relleno, con cuidado: las marcas de la muerte no deben

infectarse.

Mientras, ella me hablaba. Yo aún era pequeña; había vuelto del colegio, preguntaba qué

había de almorzar, relamía mis gracias y decía:

peces como los del verano. Por entonces hacía frío. Y al terminar de comer nos sentábamos

juntas, veíamos la televisión juntas, respirábamos juntas cada noche.

Vivir era costumbre de las dos,

y en verano me enfadaba al verla caminar

orilla arriba

orilla abajo:

yo me enfadaba porque temía perderla en una ola, o que se resfriase, o simplemente estar

lejos de ella unos minutos.

Al volver, me sentaba en su hamaca y me ayudaba a limpiarme la arena de los pies, a buscar

mis ceras en la bolsa, a despegarme la sal y las legañas.

 

El invierno es, ahora, amable en esta casa. Al entrar he querido encontrarte tranquila,

repitiendo tus historias, sonriendo al recordar los buenos tiempos, como siempre,

siguiendo las costumbres de mi infancia.

Pero no ahora no estás. Las dos ya no vivimos, y el frío me agarra por la espalda y me golpea,

recuerda tantas cosas que vuelvo a tener miedo,

y mis ojos

resbalan en mis manos

húmedos

como el pez del invierno

(Tara, 2006).

 

 

 

PUNTO DE PARTIDA

 

Un poema condenado al ocio.

Sus dieciocho versos montan en autobús

y guardo en la cartera -dibujos animados-

dos pasajes con destino a la garganta.

Tu móvil, apenas unos céntimos, sonrisa:

ganarte así, renegando de Espronceda.

 

Tus besos son la excusa del verano.

 

 

 

CANDY

 

Rota sobre el arcoiris,

descubro que la lluvia

es mi única coraza.

De noche se me forman

piscinas en el hombro,

mientras cuento mis pecas.

 

De mañana, imagino

que buceo en ellas:

que mi nuez es esponja,

que escribo mis poemas

con la ruina de nadie.

En el fondo de todo

-cuyo cielo es trapecio-

mi cuello de botella

se empequeñece y ríe,

con un mensaje dentro:

salir jamás de aquí,

hormiga a pata coja.

 

O tumbada en añil:

mi barbilla es cruel

y araña el imperdible

que sujeta mis botas,

o me arranco de cuajo

el punzón que me aferra

al balcón, y me asomo.

He estado ahí abajo.

Golpeo el techo y llueve.

Diluvia mi cabello:

la lluvia es mi defensa;

éste, mi himno acuático.

 

He estado ahí abajo.

Abajo, más profunda.

Donde puedo estar sola.

Incluso más abajo,

incrustada en el fondo

del agua o de la tierra.

Trenzas destartaladas:

soy muñeca de sucio

trapo, pisoteada,

rota sobre el arcoiris.

 

 

CURSO DE SUBMARINISMO

 

Como anticipo a la pérdida,

un corazón que flota y sobrevive

a la riada de sueños encerrados en burbujas.

 

Como coraza contra la victoria,

agendas que no abandonan su jaula de jabón,

muertas sobre la placa de la ducha.

 

Hoy es epílogo

 

 

las horas construyen su ataúd junto a mi almohada.

 

(Vacaciones, 2004)

 

 

MI PRIMER BIKINI

 

Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.

Lo sé porque mis dedos

se transforman en lápices de colores.

Lo sé porque con ellos

dibujo en las paredes de tu casa

mujeres con rostro de epitafio.

Porque, a la caricia de la punta,

comienza el derrame de los cimientos

formando arco iris en la noche.

Porque, al escribir testamentos

en el suelo, se remueven las vísceras

de azúcar, y trepan tus raíces.

 

Grabo versos de colores fríos

en tu piel, de arquitrabe a basa,

y les llueve y los diluye, y compruebo

que la lluvia suena como hacen al caer

las canicas brillantes y naranjas

que cambiaba en el patio del recreo,

poco antes de calzar mi primer bikini.

 

Hoy guardo las canicas, como un apagado

tesoro, en los huecos de otras espaldas.

 

Pinto también en la terraza de enfrente

un jardín de lápidas cálidas y hermosas.

Trazo como una medusa de bronce,

un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo

el valle diminuto que proclama que es frágil

y sin embargo, dirás tú, sobrevive.

 

 

IRENE NÉMIROVSKY

 

Para Benjamín Prado

 

Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:

éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.

Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.

Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.

Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.

Yo soy un acorde de piano cualquiera

que, de repente, en Issy-L’Evà que suena.

Yo soy Danièle Darrieux tirándose a un ministro nazi.

Yo soy la familia Kampf en un baile malogrado.

Yo soy las lágrimas que derramaste

en una cámara de gas en Auschwitz.

Yo soy el espíritu de la mala suerte.

Yo soy, como tú, una judía atea.

Yo también me exilié por la guerra.

Y soy un susurro al oído y un cuento de Chejov

y las moscas del otoño en un suburbio de Moscú

y soy un perro y soy un lobo

y soy un trago de vino de soledad…

Y soy tu todo y soy tu nada.

Y soy el cabrón alemán que te mató.

Y el germen de la semilla de tu ser.

Yo también me marché de Kiev.

Yo soy tú y a la vez yo.

Yo soy un insecto que por noviembre

merodea en los crematorios.

Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura

de la boca que Hitler mandó callar un día.

Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas

cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.

Soy tu mano que acaricia sus cabellos

y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.

Y digo que este poema es Irène Némirovsky

lo mismo que yo soy Finlandia en 1918

y tú eres un corazón más en un mundo vacío.

 

 

 

I WILL SURVIVE

 

Tengo una enorme colección de amantes.

Me consuelan y me aman y con ellos mi ego

se expande y extramuros alcanza la azotea.

Cuando estoy con cualquiera de ellos,

o con todos a la vez, siento la pesada carga

de millones de pupilas subidas a mi grupa,

y a mi oído lo acosan millones de improperios,

se habrá visto niña más desvergonzada / pobrecita,

Dios le libre del problema que suponen / habría

que encerrarlas a todas. Languidezco.

Quiero volar y volar y volar como Campanilla

 

-blanco y radiante cuerpo celestial,

pequeño cometa, pequeño cometa-

de la mano mis amantes, que dicen cosas bonitas

como estigma, princesa, miss cabello bonito, asteroide.

 

Todo sea por mis amantes, que no son dignos de elogio:

son minúsculos, y redondos, y azules,

azules o blancos, o azules y blancos,

y su boquita de piñón es invisible,

y para besarles introduzco a los pitufos

en mi boca, y para gozar de ellos

los trago, porque me sé mantis religiosa.

Quién soy, quién soy, ni siquiera sé quién soy.

Sólo los necesito cuando me desdoblo en dos,

cuando mi ego se encoge incomprensiblemente

e intramuros alcanza un punto mínimo,

cuando lloro demasiado o río demasiado,

y entonces los llamo y ellos, decidme vosotros

quién soy, mi pequeño y urgente consuelo,

se adentran en mi boca sin dudarlo, complacidos,

y me recorren por dentro, y al fin sonrío, soy,

sonrío tras sus cuatro, cinco, seis besos azules,

un balanceo en mi regazo, la sonrisa desencajada,

quién soy ahora, quién soy realmente ahora,

quizá sea una muñeca de trapo, me toman prestada,

sonrío con sus besos fríos color pitufo, color papá pitufo,

besos de colores, ligero toque frío y plástico en mi lengua,

quién soy ahora, quién soy realmente ahora.

 

Les comparto con muchas otras, Sylvia, Anne,

ay mis amantes pluriempleados, no lo he dicho,

mis amantes que son minúsculos, redondos y azules,

apuestos príncipes de un cuento de hadas,

cuando hago como que duermo

creen que soy la Bella Durmiente,

y entonces quiebran el relato y me besan,

y son como cualquier beso que lo es para dormirse,

buenas noches pequeñas plásticas azules y blancas,

quién soy, ya no quiero responder, no sé quién soy,

y contradigo el cuento y mi sueño es más profundo,

y no quiero despertar, no quiero, sólo quiero más

besos azules, quién, besos blancos,

besos porque mi ego tambalea en el centro de mi estómago,

quién soy, besos redondos o cilíndricos,

no importa quién soy, quién soy realmente,

falo químico para mi sonrisa, quién soy ahora,

falo químico de colores para mi cabeza baja.

 

 

BELLUM JEANS

 

Hoy, por fin, descubro que tengo buena suerte.

 

Que cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos

viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.

Que mi estómago ha aprendido del mito de Narciso

y ya silencia él sólo su grito desgarrado:

la desgracia de la hermosura ansío para mí.

Que mis dedos escarban y consiguen rescatar lo inútil,

o lo útil que yo sé -o creo- que no sirve.

 

Por merecer la más bella envoltura rezo cada noche.

 

Por ser la vencedora en la batalla diaria de Zara:

la guerra de los pantalones vaqueros más estrechos,

de colores, con dibujos, los de marca, los más caros,

porque cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos

viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.

Por liderar el ranking de los cuerpos más apetecibles,

más llamativos, por una cosa u otra, a la cabeza

de las sedas varoniles, los mentones perfectos,

el vello hermoso enmarcando sus labios.

 

Aunque no sea alta ni melancólica ni mis manos expertas.

Insignificante, sonriente e ingenua como soy

acumulo mandatos de porcelana en el cubo de basura.

Y cada vez es más sencillo que las yemas de mis dedos

viajen, intuitivas, por los túneles de mi torso.

 

Magnífica estrella la mía. Hoy, por lo menos,

después de la austeridad de ya no hay llave,

tan sólo me duele la habitación número trece.

 

Y es un lujo morir habiendo prescindido del desayuno.

Recuerdos Sublimes

Busque en tu beso la saliva mas pura de deseo

Fui a tu ventana a empaparme con tu sombra

Recorrí tu huella en los mismos pasos

Deambule tus sueños por acercarme a tu locura

 

Me perdí en tu memoria

Para poder presentir

Que ya no me amabas

 

67099f6cd8b8b96e9b3aa44cc401d4f5.jpg

Hay…..solamente

Hay políticos buenos y otros que emplean la maldad hacia un pueblo

Hay sacerdotes que aman el alma de Dios y otros que aman solo el dinero

Hay policías justos y policía injustos

Y hay psiquiatras que buscan los antídotos de la conciencia

Y otros que investigan bajo el efecto de las pastillitas las consecuencias del ser

Cuando ya no es más nada

 

bondad-vs-maldad

 

 

 

 

No hay nada por hacer

Si de sombra fuera la letra

Acribillada como un asesino de pasiones

Y en la extrema sal de los ignotos naipes

Cayera la gratitud un As de copa

como médium traumado

Bajo las alabanzas del cínico imperio del mundo

Donde ya no juegan las estrellas con los pájaros

Ni los niños salen a adornar la primavera

Que fácil sería decir te amo,

Mientras se ve de frente

los subsidios que algunos pagan  por una mujer

En la caricia programada en bolsillos de mundo

 

Giraba los relojes para atrás y se iba en sueños

A otra parte por mentirse

Musico

Son los hilos que tejen música

Que se apropian de las manos del músico

Que tiembla al ver el crepúsculo asomarse

En melodías,

Es la medula del corazón que lo oprime

Y le saltan lágrimas en las notas

Y coros en la escalera de su garganta

fantasia-y-realidad-pintura-surrealista_01

Músico eterno eslabón de alas perdidas

Genocida de lanzas que apuntan corazones

Ventrílocuo entre la madera y la palabra

Prospero ser que anuncia

su hermosa locura en los adagios.

Los imanes perdidos

Desvanece el ocre y cristalino fémur de los animales

La vida suntuosa, la irradiación nocturna amontonada en los pechos de las águilas

El sol se asoma entre la entreabierta casa que se vuela sin temor sobre los rieles

Acaso es una flor?  un vendaval de esqueletos que se tuestan en la sombra

O un misterio de hombres dobles que se preguntan los mismos nombres

Salen a caminar en los espejos de la calle abandonada

Irrumpe la osadía el delicado vuelo de la sombra frente al hemisferio

Que admite que los sueños proyectan bombas

Y el escondite donde propagar la alegría sigue alejado

Y los seres del inframundo  tosen telarañas eléctricas en su agudo tiempo,

¡Oh verbo injuriado entre cuchillos que pasan tan dementes

Sobre el contorno del poema!

¿Con que pan bautizaron la arena que fluye en los estantes

De la piel negada?

¿Qué sentimientos le pondremos a la negación que se hospitaliza

En la censura de aquellos tiempos tan inhóspitos?

O acaso la transformación de la vida paso a ser un amor insano

Presumido en su constancia, absuelto en su delimitada entrega

 

No giremos la luna que esta callada, despojando la miel,

No miremos en nuestra prosperidad los enardecidos albatros que lo mecen

No es tiempo de abrazos y mucho menos de molestias.

009

Los sueños en las noches de verano

Sentado en el agua miro la calle que se despierta temprano, su imagen obsesiva ha apoderado mis convulsiones, ya que todo me parece ajeno a mis pensamientos.

No es la misma calle, ni la misma gente, ni el mismo paisaje alegre de los pájaros, no es el mismo rito, la callada manera de aprender en sueños lo que se implora, ni el rezo continuo de los transeúntes, no es eso!!!…ahora dormir en el hotel de la calle es cosa diaria, esquivar cuchillos hace tiempo que fue el método más eficaz de los supuestos amigos.

Miro la gente de pie en el colectivo, celular de por medio, hablando sin verse, microchips de carne y hueso. Observo los pibes que se deshacen en los colchones amigos del  gran Paco, ese miserable hipócrita que les convida muerte.

Miro el día, como se evapora en su amanecer, todo eso junto hace que mi vida llorisquee el pasado, pero la calle se acelera con los coches que se llevan por encima a la gente.

Y así sin más me desvanezco en mi lecho invadido por fantasmas que no vieron por suerte lo que veo hoy yo.1456184157_017843_1456332676_noticia_normal

« Older entries