El piso enérgico

 

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Nunca había estado en un lugar así, aquella mujer había contratado mis servicios en pos de la poesía, sin embargo yo no sabía como originar en ella una luz que asistiera a su gusto.

Rodolfo, un amigo me había sugerido que esa mujer buscaba un territorio perdido, una melancolía de fantasma que la apropiaba de su tiempo.

Y su casa mecía otra dimensión.

No, seguro no era fácil, salir de mi trabajo en horas poco usuales y asistir a esa velada extraña que aquella mujer me proponía, pero ante la necesidad de exponer minuciosamente mi arte en gustos ajenos, me entusiasmaba de sobremanera la idea, claro, la experiencia no era fácil para un iniciado como yo.

Tome mis cuadernos e inmediatamente me dirigí a ese portal, donde algo me imantaba, algo extraño debo confesarlo, algo no demasiado claro había en todo aquello.

Se llamaba Lucia, y yo antes de entrar recorrí un poco los alrededores, advirtiendo que su casa estaba situada en un lugar a la interperie del mundo, alejado de la humanidad.

Aquello no altero mis sentidos, pero sin embargo presentí cosas poco claras, en esos presagios una sombra me seguía y proyectaba espacios en mi camino, ¿seria mi sugestión y el enigma que había creado Rodolfo en mi?.

Como así también los comentarios que habían hecho en un pueblo cercano, en donde según contaban, su marido llamado Antonio, era un escritor de renombre que se había suicidado.

Pero yo siendo un simple aficionado no lograba entender que veía Lucia en mi que me asociara a la idea de que esa poesía podría dejar en ella síntomas de gratificación.

Asistía a reuniones de la farándula literaria y siempre como espectador, limitándome a formar parte de algún grupo, pero eso si siempre deleitándome con los poetas que hacían estremecer mis sentidos.

Lucia, me esperaba con una ansiedad tan infrecuente que en medio de ese deseo habitaba en mi algo poco habitual, era como una enorme antorcha que encandilaba con fuerza, y dejaba en mi corazón cierta hipnosis.

Es que ella era especial, y sus gestos frente a mis recitados en semioscuridad improvisaban una vida que yo no conocía.

Yo que era un simple soñador de pasiones inconcretas, que encerrado frecuentemente en mi cuarto no quería ver la luz, ahora me amparaba en la esperanza de un sol que brillaba incesantemente.

Pero en ello había una sospecha que no dejaba de asomarse.

Recuerdo un suceso de una tarde, cuando en medio de mi lectura, algo extraño sucedió, sentí un fuerte sacudón en el piso.

Lucia me miro fijo y me dijo:

-No temas, es que tu letra ha llegado al fondo de la tierra, y es él que se siente iluminado.

Yo no sé que pense en ese momento, fue un estado en el que se mantiene la plena convicción de que la locura lo persigue frenéticamente, pero aún así mantuve mi conciencia despierta y termine la ultima estrofa.

Llegue a casa ese día abatido, como cansado profundamente sin argumentos claros, pense que el miedo disminuye la energía, y encontré mi casa vacía.

Ni mi hijo, ni mi mujer me esperaban como acostumbraban a hacerlo.

Solo una nota escrita diciendo: – Quisimos huir de tu locura.

Con el tiempo fui buscando los ojos de Lucia sin entender él porque, y al encontrar su brillo, me cosecho una lujuria poco inusual, era como si mi aliento salpicara gotas de crueldad. como si todo mi ser reemplazara mi Yo.

Al salir ese día y luego de aquel recitado entre ese piso en movimiento, tome una cuerda y ate mi cuello a mi ventilador de techo, moría girando…

Extrañada que ese día no había concurrido a las secciones poéticas en su hogar, Lucia, tomo su coche y se llego hasta casa, lo primero que vio fue el cartel aquel que había dejado mi mujer.

Y no sintió ningún tipo de tristeza frente a mi partida.

Por la noche me velo en su casa

Al otro día había contratado a otro poeta, y con Antonio además de habernos amigado de tal manera, nos acostumbramos a mover no solo el piso de su cuarto sino todos los otros pisos con la ilusión que en un mañana no muy lejano se derrumbara la casa.

El Balcon

20081211003428-at-the-balcony-pinoiHablar de la obra de Felisberto Hernández, es entrar en el mundo donde nace el cuento en la Argentina, me parece apropiado dejar este cuento que realmente me sorprendió, por su alta emotividad de espacio, por su contenido realmente demoledor y por su frágil y notoria semblanza hacia el amor.

Osvaldo Norberto Lázaro

El balcón

Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en verano. En esa época casi todo un barrio se iba a un balneario cercano. Una de las casas abandonadas era muy antigua; en ella habían instalado un hotel y apenas empezaba el verano la casa se ponía triste, iba perdiendo sus mejores familias y quedaba habitada nada más que por los sirvientes. Si yo me hubiera escondido detrás de ella y soltado un grito, éste enseguida se hubiese apagado en el musgo.
El teatro donde yo daba los conciertos también tenía poca gente y lo había invadido el silencio: yo lo veía agrandarse en la gran tapa negra del piano. Al silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta la última resonancia y después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en la música: pasaba entre los sonidos como un gato con su gran cola negra y los dejaba llenos de intenciones.

Al final de uno de esos conciertos, vino a saludarme un anciano tímido. Debajo de sus ojos azules se veía la carne viva y enrojecida de sus párpados caídos; el labio inferior, muy grande y parecido a la baranda de un palco, daba vuelta alrededor de su boca entreabierta. De allí salía una voz apagada y palabras lentas; además, las iba separando con el aire quejoso de la respiración.

Después de un largo intervalo me dijo:

-Yo lamento que mi hija no pueda escuchar su música.

No sé por qué se me ocurrió que la hija se habría quedado ciega; y enseguida me di cuenta que una ciega podía oír, que más bien podía haberse quedado sorda, o no estar en la ciudad; y de pronto me detuve en la idea de que podría haberse muerto. Sin embargo aquella noche yo era feliz; en aquella ciudad todas las cosas eran lentas, sin ruido yo iba atravesando, con el anciano, penumbras de reflejos verdosos.

De pronto me incliné hacia él -como en el instante en que debía cuidar de algo muy delicado- y se me ocurrió preguntarle:

-¿Su hija no puede venir?

Él dijo «ah» con un golpe de voz corto y sorpresivo; detuvo el paso, me miró a la cara y por fin le salieron estas palabras:

-Eso, eso; ella no puede salir. Usted lo ha adivinado. Hay noches que no duerme pensando que al día siguiente tiene que salir. Al otro día se levanta temprano, apronta todo y le viene mucha agitación. Después se le va pasando. Y al final se sienta en un sillón y ya no puede salir.

La gente del concierto desapareció enseguida de las calles que rodeaban al teatro y nosotros entramos en el café. Él le hizo señas al mozo y le trajeron una bebida oscura en el vasito. Yo lo acompañaría nada más que unos instantes; tenía que ir a cenar a otra parte. Entonces le dije:

-Es una pena que ella no pueda salir. Todos necesitamos pasear y distraernos.

Él, después de haber puesto el vasito en aquel labio tan grande y que no alcanzó a mojarse, me explicó:

-Ella se distrae. Yo compré una casa vieja, demasiado grande para nosotros dos, pero se halla en buen estado. Tiene un jardín con una fuente; y la pieza de ella tiene, en una esquina, una puerta que da sobre un balcón de invierno; y ese balcón da a la calle; casi puede decirse que ella vive en el balcón. Algunas veces también pasea por el jardín y algunas noches toca el piano. Usted podrá venir a cenar a mi casa cuando quiera y le guardaré agradecimiento.

Comprendí enseguida; y entonces decidimos el día en que yo iría a cenar y a tocar el piano.

Él me vino a buscar al hotel una tarde en que el sol todavía estaba alto. Desde lejos, me mostró la esquina donde estaba colocado el balcón de invierno. Era en un primer piso. Se entraba por un gran portón que había al costado de la casa y que daba a un jardín con una fuente de estatuillas que se escondían entre los yuyos. El jardín estaba rodeado por un alto paredón; en la parte de arriba le habían puesto pedazos de vidrio pegados con mezcla. Se subía a la casa por una escalinata colocada delante de una galería desde donde se podía mirar al jardín a través de una vidriera. Me sorprendió ver, en el largo corredor, un gran número de sombrillas abiertas; eran de distintos colores y parecían grandes plantas de invernáculo. Enseguida el anciano me explicó:

-La mayor parte de estas sombrillas se las he regalado yo. A ella le gusta tenerlas abiertas para ver los colores. Cuando el tiempo está bueno elige una y da una vueltita por el jardín. En los días que hay viento no se puede abrir esta puerta porque las sombrillas se vuelan, tenemos que entrar por otro lado.

Fuimos caminando hasta un extremo del corredor por un techo que había entre la pared y las sombrillas. Llegamos a una puerta, el anciano tamborileó con los dedos en el vidrio y adentro respondió una voz apagada. El anciano me hizo entrar y enseguida vi a su hija de pie en medio del balcón de invierno; frente a nosotros y de espaldas a vidrios de colores. Sólo cuando nosotros habíamos cruzado la mitad del salón ella salió de su balcón y nos vino a alcanzar. Desde lejos ya venía levantando la mano y diciendo palabras de agradecimiento por mi visita. Contra la pared que recibía menos luz había recostado un pequeño piano abierto, su gran sonrisa amarillenta parecía ingenua.

Ella se disculpó por el hecho de no poder salir y señalando el balcón vacío, dijo:

-Él es mi único amigo.

Yo señalé al piano y le pregunté:

-Y ese inocente, ¿no es amigo suyo también?

Nos estábamos sentando en sillas que había a los pies de ella. Tuve tiempo de ver muchos cuadritos de flores pintadas colocadas todos a la misma altura y alrededor de las cuatro paredes como si formaron un friso. Ella había dejado abandonada en medio de su cara una sonrisa tan inocente como la del piano; pero su cabello rubio y desteñido y su cuerpo delgado también parecían haber sido abandonados desde mucho tiempo. Ya empezaba a explicar por qué el piano no era tan amigo suyo como el balcón, cuando el anciano salió casi en puntas de pie. Ella siguió diciendo:

-El piano era un gran amigo de mi madre.

Yo hice un movimiento como para ir a mirarlo; pero ella, levantando una mano y abriendo los ojos, me detuvo:

-Perdone, preferiría que probara el piano después de cenar, cuando haya luces encendidas. Me acostumbré desde muy niña a oír el piano nada más que por la noche. Era cuando lo tocaba mi madre. Ella encendía las cuatro velas de los candelabros y tocaba notas tan lentas y tan separadas en el silencio como si también fuera encendiendo, uno por uno, los sonidos.

Después se levantó y pidiéndome permiso se fue al balcón; al llegar a él le puso los brazos desnudos en los vidrios como si los recostara sobre el pecho de otra persona. Pero enseguida volvió y me dijo:

-Cuando veo pasar varias veces a un hombre por el vidrio rojo casi siempre resulta que él es violento o de mal carácter.

No pude dejar de preguntarle:

-Y yo ¿en qué vidrio caí?

-En el verde. Casi siempre les toca a las personas que viven solas en el campo.

-Casualmente a mí me gusta la soledad entre plantas -le contesté.

Se abrió la puerta por donde yo había entrado y apareció el anciano seguido por una sirvienta tan baja que yo no sabía si era niña o enana. Su cara roja aparecía encima de la mesita que ella misma traía en sus bracitos. El anciano me preguntó:

-¿Qué bebida prefiere?

Yo iba a decir «ninguna», pero pensé que se disgustaría y le pedí una cualquiera. A él le trajeron un vasito con la bebida oscura que yo le había visto tomar a la salida del concierto. Cuando ya era del todo la noche fuimos al comedor y pasamos por la galería de las sombrillas; ella cambió algunas de lugar y mientras yo se las elogiaba se le llenaba la cara de felicidad.

El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba sobre un mantel blanco; allí se había reunido, como para una fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio. Empezaron a entrar en el mantel nuestros pares de manos: ellas parecían habitantes naturales de la mesa. Yo no podía dejar de pensar en la vida de las manos. Haría muchos años, unas manos habían obligado a estos objetos de la mesa a tener una forma. Después de mucho andar ellos encontrarían colocación en algún aparador. Estos seres de la vajilla tendrían que servir a toda clase de manos. Cualquiera de ellas echaría los alimentos en las caras lisas y brillosas de los platos; obligarían a las jarras a llenar y a volcar sus caderas; y a los cubiertos, a hundirse en la carne, a deshacerla y a llevar los pedazos a la boca. Por último los seres de la vajilla eran bañados, secados y conducidos a sus pequeñas habitaciones. Algunos de estos seres podrían sobrevivir a muchas parejas de manos; algunas de ellas serían buenas con ellos, los amarían y los llenarían de recuerdos, pero ellos tendrían que seguir viviendo en silencio.

Hacía un rato, cuando nos hallábamos en la habitación de la hija de la casa y ella no había encendido la luz -quería aprovechar hasta el último momento el resplandor que venía de su balcón-, estuvimos hablando de los objetos. A medida que se iba la luz, ellos se acurrucaban en la sombra como si tuvieran plumas y se prepararan para dormir. Entonces ella dijo que los objetos adquirían alma a medida que entraban en relación con las personas. Algunos de ellos antes habían sido otros y habían tenido otra alma (algunos que ahora tenían patas, antes habían tenido ramas, las teclas habían sido colmillos), pero su balcón había tenido alma por primera vez cuando ella empezó a vivir en él.

De pronto apareció en la orilla del mantel la cara colorada de la enana. Aunque ella metía con decisión sus bracitos en la mesa para que las manitas tomaran las cosas, el anciano y su hija le acercaban los platos a la orilla de la mesa. Pero al ser tomados por la enana, los objetos de la mesa perdían dignidad. Además el anciano tenía una manera apresurada y humillante de agarrar el botellón por el pescuezo y doblegarlo hasta que le salía vino.

Al principio la conversación era difícil. Después apareció dando campanadas un gran reloj de pie; había estado marchando contra la pared situada detrás del anciano; pero yo me había olvidado de su presencia. Entonces empezamos a hablar. Ella me preguntó:

-¿Usted no siente cariño por las ropas viejas?

-¡Cómo no! Y de acuerdo a lo que usted dijo de los objetos, los trajes son los que han estado en más estrecha relación con nosotros -aquí yo me reí y ella se quedó seria-; y no me parecería imposible que guardaran de nosotros algo más que la forma obligada del cuerpo y alguna emanación de la piel.

Pero ella no me oía y había procurado interrumpirme como alguien que intenta entrar a saltar cuando están torneando la cuerda. Sin duda me había hecho la pregunta pensando en lo que respondería ella.

Por fin dijo:

-Yo compongo mis poesías después de estar acostada -ya, en la tarde, había hecho alusión a esas poesías- y tengo un camisón blanco que me acompaña desde mis primeros poemas. Algunas noches de verano voy con él al balcón. El año pasado le dediqué una poesía.

Había dejado de comer y no se le importaba que la enana metiera los bracitos en la mesa. Abrió los ojos como ante una visión y empezó a recitar:

-A mi camisón blanco.

Yo endurecía todo el cuerpo y al mismo tiempo atendía a las manos de la enana. Sus deditos, muy sólidos, iban arrollados hasta los objetos, y sólo a último momento se abrían para tomarlos.

Al principio yo me preocupaba por demostrar distintas maneras de atender; pero después me quedé haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza, que coincidía con la llegada del péndulo a uno de los lados del reloj. Esto me dio fastidio; y también me angustiaba el pensamiento de que pronto ella terminaría y yo no tenía preparado nada para decirle; además, al anciano le había quedado un poco de acelga en el borde del labio inferior y muy cerca de la comisura.

La poesía era cursi, pero parecía bien medida; con «camisón» no rimaba ninguna de las palabras que yo esperaba; le diría que el poema era fresco. Yo miraba al anciano y al hacerlo me había pasado la lengua por el labio inferior, pero él escuchaba a la hija. Ahora yo empezaba a sufrir porque el poema no terminaba. De pronto dijo «balcón» para rimar con «camisón», y ahí terminó el poema.

Después de las primeras palabras, yo me escuchaba con serenidad y daba a los demás la impresión de buscar algo que ya estaba a punto de encontrar:

-Me llama la atención -comencé- la calidad de adolescencia que le ha quedado en el poema. Es muy fresco y…

Cuando yo había empezado a decir «es muy fresco», ella también empezaba a decir:

-Hice otro…

Yo me sentí desgraciado; pensaba en mí con un egoísmo traicionero. Llegó la enana con otra fuente y me serví con desenfado una buena cantidad. No quedaba ningún prestigio: ni el de los objetos de la mesa, ni el de la poesía, ni el de la casa que tenía encima, con el corredor de las sombrillas, ni el de la hiedra que tapaba todo un lado de la casa. Para peor, yo me sentía separado de ellos y comía en forma canallesca; no había una vez que el anciano no manoteara el pescuezo del botellón que no encontrara mi copa vacía.

Cuando ella terminó el segundo poema, yo dije:

-Si esto no estuviera tan bueno -yo señalaba el plato- le pediría que me dijera otro.

Enseguida el anciano dijo:

-Primero ella debía comer. Después tendrá tiempo.

Yo empezaba a ponerme cínico, y en aquel momento no se me hubiera importado dejar que me creciera una gran barriga. Pero de pronto sentí como una necesidad de agarrarme del saco de aquel pobre viejo y tener para él un momento de generosidad. Entonces señalándole el vino le dije que hacía poco me habían hecho un cuento de un borracho. Se lo conté, y al terminar los dos empezaron a reírse desesperadamente; después yo seguí contando otros. La risa de ella era dolorosa; pero me pedía por favor que siguiera contando cuentos; la boca se le había estirado para los lados como un tajo impresionante; las «patas de gallo» se le habían quedado prendidas en los ojos llenos de lágrimas, y se apretaba las manos juntas entre las rodillas. El anciano tosía y había tenido que dejar el botellón antes de llenar la copa. La enana se reía haciendo como un saludo de medio cuerpo.

Milagrosamente todos habíamos quedado unidos y yo no tenía el menor remordimiento.

Esa noche no toqué el piano. Ellos me rogaron que me quedara, y me llevaron a un dormitorio que estaba al lado de la casa que tenía enredaderas de hiedra. Al comenzar a subir la escalera, me fijé que del reloj de pie salía un cordón que iba siguiendo a la escalera, en todas sus vueltas. Al llegar al dormitorio, el cordón entraba y terminaba atado en una de las pequeñas columnas del dosel de mi cama. Los muebles eran amarillos, antiguos, y la luz de una lámpara hacía brillar sus vientres. Yo puse mis manos en mi abdomen y miré el del anciano. Sus últimas palabras de aquella noche habían sido para recomendarme:

-Si usted se siente desvelado y quiere saber la hora, tire de este cordón. Desde aquí oirá el reloj del comedor; primero le dará las horas y, después de un intervalo, los minutos.

De pronto se empezó a reír, y se fue dándome las «buenas noches». Sin duda se acordaría de uno de los cuentos, el de un borracho que conversaba con un reloj.

Todavía el anciano hacía crujir la escalera de madera con sus paso pesados, cuando yo ya me sentía solo con mi cuerpo. Él -mi cuerpo- había atraído hacia sí todas aquellas comidas y todo aquel alcohol como un animal tragando a otros; y ahora tendría que luchar con ellos toda la noche. Lo desnudé completamente y lo hice pasear descalzo por la habitación.

Enseguida de acostarme quise saber qué cosa estaba haciendo yo con mi vida en aquellos días; recibí de la memoria algunos acontecimientos de los días anteriores, y pensé en personas que estaban muy lejos de allí. Después empecé a deslizarme con tristeza y con cierta impudicia por algo que era como las tripas del silencio.

A la mañana siguiente hice un recorrido sonriente y casi feliz de las cosas de mi vida. Era muy temprano; me vestí lentamente y salí a un corredor que estaba a pocos metros sobre el jardín. De este lado también había yuyos altos y árboles espesos. Oí conversar al anciano y a su hija, y descubrí que estaban sentados en un banco colocados bajo mis pies. Entendí primero lo que decía ella:

-Ahora Úrsula sufre más; no sólo quiere menos al marido, sino que quiere más al otro.

El anciano preguntó:

-¿Y no puede divorciarse?

-No; porque ella quiere a los hijos, y los hijos quieren al marido y no quieren al otro.

Entonces el anciano dijo con mucha timidez:

-Ella podría decir a los hijos que el marido tiene varias amantes.

La hija se levantó enojada:

-¡Siempre el mismo, tú! ¡Cuándo comprenderás a Úrsula! ¡Ella es incapaz de hacer eso!

Yo me quedé muy intrigado. La enana no podía ser -se llamaba Tamarinda-. Ellos vivían, según me había dicho el anciano, completamente solos. ¿Y esas noticias? ¿Las habrían recibido en la noche? Después del enojo, ella había ido al comedor y al rato salió al jardín bajo una sombrilla color salmón con volados de gasas blancas. A mediodía no vino a la mesa. El anciano y yo comimos poco y tomamos poco vino. Después yo salí para comprar un libro a propósito para ser leído en una casa abandonada entre los yuyos, en una noche muda y después de haber comido y bebido en abundancia.

Cuando iba de vuelta, pasó frente al balcón, un poco antes que yo, un pobre negro viejo y rengo, con un sombrero verde de alas tan anchas como las que usan los mejicanos.

Se veía una mancha blanca de carne, apoyada en el vidrio verde del balcón.

Esa noche, apenas nos sentamos a la mesa, yo empecé a hacer cuentos, y ella no recitó.

Las carcajadas que soltábamos el anciano y yo nos servían para ir acomodando cantidades brutales de comida y de vinos.

Hubo un momento en que nos quedamos silenciosos. Después, la hija nos dijo:

-Esta noche quiero oír música. Yo iré antes a mi habitación y encenderé las velas del piano. Hace ya mucho tiempo que no se encienden. El piano, ese pobre amigo de mamá, creerá que es ella quien lo irá a tocar.

Ni el anciano ni yo hablamos una palabra más. Al rato vino Tamarinda a decirnos que la señorita nos esperaba.

Cuando fui a hacer el primer acorde, el silencio parecía un animal pesado que hubiera levantado una pata. Después del primer acorde salieron sonidos que empezaron a oscilar como la luz de las velas. Hice otro acorde como si adelantara otro paso. Y a los pocos instantes, y antes que yo tocara otro acorde más, estalló una cuerda. Ella dio un grito. El anciano y yo nos paramos; él fue hacia su hija, que se había tapado los ojos, y la empezó a calmar diciéndole que las cuerdas estaban viejas y llenas de herrumbre. Pero ella seguía sin sacarse las manos de los ojos y haciendo movimientos negativos con la cabeza. Yo no sabía qué hacer; nunca se me había reventado una cuerda. Pedí permiso para ir a mi cuarto, y al pasar por el corredor tenía miedo de pisar una sombrilla.

A la mañana siguiente llegué tarde a la cita del anciano y la hija en el banco del jardín, pero alcancé a oír que la hija decía:

-El enamorado de Úrsula trajo puesto un gran sombrero verde de alas anchísimas.

Yo no podía pensar que fuera aquel negro viejo y rengo que había visto pasar en la tarde anterior; ni podía pensar en quién traería esas noticias por la noche.

Al mediodía, volvimos a almorzar el anciano y yo solos. Entonces aproveché para decirle:

-Es muy linda la vista desde el corredor. Hoy no me quedé más porque ustedes hablaban de una Úrsula, y yo temía ser indiscreto.

El anciano había dejado de comer, y me había preguntado en voz alta:

-¿Usted oyó?

Vi el camino fácil para la confidencia, y le contesté:

-Sí, oí todo, ¡pero no me explico cómo Úrsula puede encontrar buen mozo a ese negro viejo y rengo que ayer llevaba el sombrero verde de alas tan anchas!

-¡Ah! -dijo el anciano-, usted no ha entendido. Desde que mi hija era casi una niña me obligaba a escuchar y a que yo interviniera en la vida de personajes que ella inventaba. Y siempre hemos seguido sus destinos como si realmente existieran y recibiéramos noticias de sus vidas. Ellas les atribuye hechos y vestimentas que percibe desde el balcón. Si ayer vio pasar a un hombre de sombrero verde, no se extrañe que hoy se lo haya puesto a uno de sus personajes. Yo soy torpe para seguirle esos inventos, y ella se enoja conmigo. ¿Por qué no la ayuda usted? Si quiere yo…

No lo dejé terminar:

-De ninguna manera, señor. Yo inventaría cosas que le harían mucho daño.

A la noche ella tampoco vino a la mesa. El anciano y yo comimos, bebimos y conversamos hasta muy tarde de la noche.

Después que me acosté sentí crujir una madera que no era de los muebles. Por fin comprendí que alguien subía la escalera. Y a los pocos instantes llamaron suavemente a mi puerta. Pregunté quién era, y la voz de la hija me respondió:

-Soy yo; quiero conversar con usted.

Encendí la lámpara, abrí una rendija de la puerta y ella me dijo:

-Es inútil que tenga la puerta entornada; yo veo por la rendija del espejo, y el espejo lo refleja a usted desnudito detrás de la puerta.

Cerré enseguida y le dije que esperara. Cuando le indiqué que podía entrar, abrió la puerta de entrada y se dirigió a otra que había en mi habitación y que yo nunca pude abrir. Ella la abrió con la mayor facilidad y entró a tientas en la oscuridad de otra habitación que yo no conocía. Al momento salió de allí con una silla que colocó al lado de mi cama. Se abrió una capa azul que traía puesta y sacó un cuaderno de versos. Mientras ella leía yo hacía un esfuerzo inmenso para no dormirme; quería levantar los párpados y no podía; en vez, daba vuelta para arriba los ojos y debía parecer un moribundo. De pronto ella dio un grito como cuando se reventó la cuerda del piano; y yo salté de la cama. En medio del piso había una araña grandísima. En el momento que yo la vi ya no caminaba, había crispado tres de sus patas peludas, como si fuera a saltar. Después yo le tiré los zapatos sin poder acertarle. Me levanté, pero ella me dijo que no me acercara, que esa araña saltaba. Yo tomé la lámpara, fui dando la vuelta a la habitación cerca de las paredes hasta llegar al lavatorio, y desde allí le tiré con el jabón, con la tapa de la jabonera, con el cepillo, y sólo acerté cuando le tiré con la jabonera. La araña arrolló las patas y quedó hecha un pequeño ovillo de lana oscura. La hija del anciano me pidió que no le dijera nada al padre porque él se oponía a que ella trabajara o leyera hasta tan tarde. Después que ella se fue, reventé la araña con el taco del zapato y me acosté sin apagar la luz. Cuando estaba por dormirme, arrollé sin querer los dedos de los pies; esto me hizo pensar en que la araña estaba allí, y volví a dar un salto.

A la mañana siguiente vino el anciano a pedirme disculpas por la araña. Su hija se lo había contado todo. Yo le dije al anciano que nada de aquello tenía la menor importancia, y para cambiar de conversación le hablé de un concierto que pensaba dar por esos días en una localidad vecina. Él creyó que eso era un pretexto para irme, y tuve que prometerle volver después del concierto.

Cuando me fui, no pude evitar que la hija me besara una mano; yo no sabía qué hacer. El anciano y yo nos abrazamos, y de pronto sentí que él me besaba cerca de una oreja.

No alcancé a dar el concierto. Recibí a los pocos días un llamado telefónico del anciano. Después de las primeras palabras, me dijo:

-Es necesario su presencia aquí.

-¿Ha ocurrido algo grave?

-Puede decirse que una verdadera desgracia.

-¿A su hija?

-No.

-¿A Tamarinda?

-Tampoco. No se lo puedo decir ahora. Si puede postergar el concierto venga en el tren de las cuatro y nos encontraremos en el Café del Teatro.

-¿Pero su hija está bien?

-Está en la cama. No tiene nada, pero no quiere levantarse ni ver la luz del día; vive nada más que con la luz artificial, y ha mandado cerrar todas las sombrillas.

-Bueno. Hasta luego.

En el Café del Teatro había mucho barullo, y fuimos a otro lado. El anciano estaba deprimido, pero tomó enseguida las esperanzas que yo le tendía. Le trajeron la bebida oscura en el vasito, y me dijo:

-Anteayer había tormenta, y a la tardecita nosotros estábamos en el comedor. Sentimos un estruendo, y enseguida nos dimos cuenta que no era la tormenta. Mi hija corrió para su cuarto y yo fui detrás. Cuando yo llegué ella ya había abierto las puertas que dan al balcón, y se había encontrado nada más que con el cielo y la luz de la tormenta. Se tapó los ojos y se desvaneció.

-¿Así que le hizo mal esa luz?

-¡Pero, mi amigo! ¿Usted no ha entendido?

-¿Qué?

-¡Hemos perdido el balcón! ¡El balcón se cayó! ¡Aquella no era la luz del balcón!

- Pero un balcón…

Más bien me callé la boca. Él me encargó que no le dijera a la hija ni una palabra del balcón. Y yo, ¿qué haría? El pobre anciano tenía confianza en mí. Pensé en las orgías que vivimos juntos. Entonces decidí esperar blandamente a que se me ocurriera algo cuando estuviera con ella.

Era angustioso ver el corredor sin sombrillas.

Esa noche comimos y bebimos poco. Después fui con el anciano hasta la cama de la hija y enseguida él salió de la habitación. Ella no había dicho ni una palabra, pero apenas se fue el anciano miró hacia la puerta que daba al vacío y me dijo:

-¿Vio cómo se nos fue?

-¡Pero, señorita! Un balcón que se cae…

-Él no se cayó. Él se tiró.

-Bueno, pero…

-No sólo yo lo quería a él; yo estoy segura de que él también me quería a mí; él me lo había demostrado.

Yo bajé la cabeza. Me sentía complicado en un acto de responsabilidad para el cual no estaba preparado. Ella había empezado a volcarme su alma y yo no sabía cómo recibirla ni qué hacer con ella.

Ahora la pobre muchacha estaba diciendo:

-Yo tuve la culpa de todo. Él se puso celoso la noche que yo fui a su habitación.

-¿Quién?

-¿Y quién va a ser? El balcón, mi balcón.

-Pero señorita, usted piensa demasiado en eso. Él ya estaba viejo. Hay cosas que caen por su propio peso.

Ella no me escuchaba, y seguía diciendo:

-Esa misma noche comprendí el aviso y la amenaza.

-Pero escuche, ¿cómo es posible que?…

-¿No se acuerda quién me amenazó?… ¿Quién me miraba fijo tanto rato y levantando aquellas tres patas peludas?

-¡Oh!, tiene razón. ¡La araña!

-Todo eso es muy suyo.

Ella levantó los párpados. Después echó a un lado las cobijas y se bajó de la cama en camisón. Iba hacia la puerta que daba al balcón, y yo pensé que se tiraría al vacío. Hice un ademán para agarrarla; pero ella estaba en camisón. Mientras yo quedé indeciso, ella había definido su ruta. Se dirigía a una mesita que estaba al lado de la puerta que daba hacia al vacío. Antes que llegara a la mesita, vi el cuaderno de hule negro de los versos.

Entonces ella se sentó en una silla, abrió el cuaderno y empezó a recitar:

-La viuda del balcón…

 

Fuelles al compás de una pasión

 

bandoneon 

 

La noche baja lentamente el telón de sus ojos.

Se ha perdido en el tiempo encubierto de aplausos donde la gente ovaciona su pedazo de gloria.

Mira, calmo, a su costado izquierdo. Allí lo aguarda un rostro extraño pero no desconocido. Se acerca con el misterio que le produce esa mirada tranquila. El hombre, en su traje de pana azul, se para frente al niño quien le tiende una nota. Sonriendo la abre, observándolo, observándose, su cabeza parece una balanza que se inclina sorprendido y a la vez feliz. En la proximidad de sus cuerpos, estira su mano hasta lograr la del pequeño y en silencio, salen del bar.

A medida que avanzan sobre el asfalto esculpido de árboles, donde las luces juguetean melancolías, el cantor de tango se anima a la aventura. Los minutos se suceden rápidamente. Hombres y mujeres, familias enteras abren sus puertas festejando la llegada de los forasteros mientras la música va irrumpiendo los saludos. Allí la fantasía deja de ser un cuento más a la hora del asombro, hoja a hoja, algodones por donde se pierden sus tobillos flacos y un orificio en la media, deja entrever la medida de su economía.

El corazón vuelve a tintinear entre el taconeo de la bailarina que danza girando en el sabor de los versos de Cadícamo. ¡Ella lo abandonó a su suerte y dijo que lo amaba!, la pasión es un torbellino que lo deja a la deriva, lo arrincona a su desidia más errática. Ella ha enviado a su niño para acompañarlo en el viaje sin embargo su lucha aflora vivaz entre la vida y la muerte.

Hombres y mujeres corean celestialmente conmovidos pero entonces la música, de su corazón, lo aferra arrabalero.

Todo es blanco, calmo, las flores han sido depositadas en la mesa de luz. Un timbre lo sacude de su estado minucioso y apesadumbrado, casi en alucinación, de repente una mano pequeña, lo acaricia suavemente y le repite despacito -¡te quiero papá!

_Un infarto, comenta la enfermera entrando a la sala. El hombre en su palidez sonríe sabiéndose salvado por la mujer que tanto amó, entonces fue como renacer y la melodía comienza a deshojar notas de una nueva canción.

La noche baja lentamente el telón de otros ojos y ya no está perdido.

A lo lejos, una sonrisa cómplice, sigue su danza.

DESEO

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DESEO            

 

Estoy pensando que una ametralladora me vendría bien en esta mañana oscura de domingo. Me sentiría poderoso por primera vez en la vida y hasta es posible que dejara de estar estreñido. Los helechos del balcón le sonreirían al amenazante objeto, temerosos de una repentina represalia. Mis enemigos huirían lejos de mi radio de acción y yo podría divagar acerca de unas vacaciones en Marte o Urano. Imagino mi dedo acariciando el gatillo y todas esas balas ansiosas por encontrar algún desprevenido blanco. Tal vez, llamaría por teléfono a mi amante, le contaría de mi nueva adquisición, ella tendría pánico de incluir su cuerpo bello en las inmediaciones de mi aliento y yo me quedaría solo, rumiando viejas manías.

Pero, no tengo una ametralladora. Mi amante llega mientras aprieto mis nalgas tratando de retener adentro mío el supositorio de glicerina. Los helechos están serios y distantes. Dos o tres enemigos se asoman por la ventana y se preparan a humillarme. Mi mente no puede ni siquiera imaginar una excursión al Tigre. Mi amante me recrimina existir y la miro como hacen los perros cuando son maltratados. Me contentaría con poder rumiar la esperanza de poder rumiar una esperanza.¡Ah, cómo deseo tener una ametralladora!.

 

RELACIONÁNDOSE

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En un banco de la plaza estaba Carla repasando su tristeza y sus fracasos cuando se sentó a su lado Perla que hablaba, a troche y moche, con sus muertos.

Carla miró a la otra a través de sus ojos verdes y, poco después, Perla le presentaba a su madre, su padre, su hijo, sus tías, sus abuelos.

Era la primera tarde de frío y un perro, al que su dueño traía sujeto a la correa, ladró a otro que andaba suelto.

Los árboles caminaban lentamente por el aire húmedo.

Perla le preguntó a Carla por sus muertos y ésta le respondió que no hablaba con ellos.

“Empiece ahora. Esta tarde fría de otoño se presta para un buen comienzo”.

Carla dudó un instante y, luego, con un vago temblor, le presentó a sus padres y a su hermano.

La conversación fluyó animada y los muertos de una y de la otra se hicieron grandes amigos.

La noche llegó con algo de viento y cierta llovizna.

INCOMUNICADA

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Ella sabía que se iba a morir antes de nacer pero no encontraba el modo de decírselo a su madre.

Manoteaba los humores de un universo incontrolable buscando el signo aquél que anticipara la tragedia.

Para colmo, su madre estaba más feliz que nunca yendo y viniendo por las casas y las calles como si todo ámbito fuese un jardín.

Compraba ropa, juguetes de color rosa porque sabía que iba a ser una nena y el médico le decía que todo marchaba bien.

Ella, en cambio, estaba segura de que la vida fuera de su Paraíso amniótico era lo peor que podía pasarle.

No encontró la forma de comunicárselo a su madre.

Esta, cuando la niña nació muerta, no supo que, en realidad, se había suicidado.

 

 

Los objetos animados

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Robert Rauschenberg. Pilgrim, 1960

 

 

En septiembre las hojas de los secantes de la piel se multiplican, elevan sus formas a los espacios sensuales que desvanecen la piel y se someten al calor universal de las mandrágoras.
Varios sapos vestidos que rodeaban el valle habían envuelto sus cenizas en el humo de los abandonos, ellos saben bien lo que hacen.
Una distancia es solo una distancia, pero el tiempo apurado se resbalo sobre el calvario de los que recuerdan siempre las cosas, en ellos nadie puede permitirse aclara nada.
No hay puntos de referencias y supongamos que lo hubiera nadie daría explicaciones,
Quien no se detuvo alguna vez a mirar desde la superficie el claro de luna y la agonía que mira en el techo su Dios, no somos acaso humanos, nadie sintió con el aprecio mas deseoso convertirse en inmortal sin que el reloj avance.
Pero no es esa situación la que ocupa mi relato, es más trágica aún y se trata de elementos sólidos, papeles, libros, simplemente.
En mi casa se movía todo, sucedió luego de aquel septiembre, que empecé a perder el control, de golpe las cosas se me perdían de su lugar, eran transportadas desde el living hasta el cuarto desde el baño hasta la cocina, desde la cocina hasta los cajones de un escritorio.
Deje un cuento, recuerdo muy bien su nombre, mi único cuento : Los puentes del deseo en un lugar donde nadie podría tocarlo , en un espacio vació dentro de un cajón donde juntaba mis impuestos al día, mis papeles de pago de todos los meses, aquellos papeles era la única cosa que no se movía.
Una noche me desperté inquieto, sacudiendome desde la cama como si algún brazo quisiera contener mi indignación, los ojos de mi mujer cerrados soñaban esa noche, yo lo sabía.
Dentro de la caja de música la eterna bailarina de tantos años había detenido sus pasos, todo estaba estático, los ruidos eléctricos tampoco anteponían debilidad.
Yo estaba solo , inmensamente solo, como si me hubiera parido el silencio, la ausencia, yo no tenia nada, caminaba inmensamente solo con mi esqueleto esa noche sin restos de piel por un páramo desierto, donde un viento volaba las hojas de papel aquellas que desaparecían de lugar.
Nadie supo como yo vestir la noche de día para poder volver a reencontrar los objetos.

La otra línea

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Solía sentarme los fines de semana en aquel banco marrón de plaza, juntando mis alas para encauzar mi destino, a pasos donde lo celestial no se resistiría a nada.
Solía despeinar la ausencia, inmovilizando el dolor para no perderle rastro a la grandeza.
Solía estar en soledad, meditando a tientas de un mundo extraño, y nadie me creería si os digo que lo extraño siempre me persiguió.
La objeción era simple, pero a la vez forzada de innumerables consideraciones que el mundo no percibía, en unidad fui buscando de a poco los desconsuelos y supe que el hombre que ama no pierde jamás en solo instante de belleza.
Pero seguí de largo por el mundo, me pase a la otra cuadra donde el árbol me indagaba la fortuna, donde el tiempo con espejos de plátano jugaba bajo mis huellas y me desteñía la vuelta.
No se si entenderán mi historia, y es probable que No, aquellos para quienes el apego a las buenas costumbres y la moral ensordecida cuando esta mas allá de sus ojos no toleran.
Lo cierto fue que salí de casa por la mañana muy temprano y no tuve mejor idea que llamar a casa a sabiendas que vivía solo.
Pero lo extraño que al llamar me atendió otro Osvaldo, que era yo.
Me pellizque a estirones todo mi brazo y supe que estaba sentado en medio de aquella oficina, donde notaba recurrentemente que la gente de muy mala entraña me miraba fijamente, no preste atención en ello, ya que mi mente estaba poblada de intriga ante tal suceso, por lo tanto deje a esa persona observando mi desdicha para que sus ojos no disimulen mas el dolor propio.
En la oficina de mi trabajo hay una ventana que da al Colón, desde allí se puede hablar con mas intimidad y siempre cuando algo me desconcertaba lo hacia desde allí para no alimentar las malas interpretaciones que se generan desde ya en un ámbito laboral,
Eran las nueve de la mañana cuando llame y para dejar en claro y saldado el asunto les explicare a continuación como fue aquello.
Hola, quien habla
-Hola habla Osvaldo
Pero si Osvaldo soy yo
-ya lo sé
¿Quien eres?, por favor
– Ya te he dicho soy Osvaldo
(Era mi voz, por Dios, estaba enloqueciendo)
Pero escucha si yo soy Osvaldo el que esta trabajando como todos los días
– Ya lo sé y yo soy Osvaldo el que esta sintiendo la mitad de tu vida desde aquí.
Como que la mitad de mi vida, dime que esto es sueño por favor?.
– No te diré lo que pretendes escuchar en tu mundo que solo brilla con el poder de tu vista.
Me estas atormentando por favor, dime que esto es un error, que no hay nadie en línea y yo estoy delirando desde aquí, desde este lugar donde mi vida todos los días empieza y termina a las cinco de la tarde.
-Estoy aquí para ayudarte, no me temas, no le temas a tu verdad, por eso precisamente estoy aquí, para sacar la traba que los cerrojos de tu mundo te pierde
Pero que locura es esta adonde quieres llegar
-Quiero solo llegar a tu parte que esta acá en tu casa, que ha quedado hoy inconclusa, que desde ayer en uno de tus poemas quedo colgado en mi todo el cielo de aquello que te inspiro, no hace falta que te diga que soy tu mismo, que amanecí como todos los días y quede en un perchero mirándote, como te apurabas, como puteabas, como te peinabas, como te afeitabas y hasta como salías con tanta vehemencia para llegar a tu tiempo, tu tiempo que también es el mió, tu tiempo que espera horarios y no necesita refuerzos mas que la fortuna de saberte vivo.
Aquello me despertó a la misma hora, tus pasos se llevaron mi cuerpo y te sentaron en ese sillón de tu oficina, en aquella computadora y entre aquellos papeles de todos los días.
Pero tu otra parte quedo acá, para decirte que debes dejar el espejismo de la sombra, debes traspasar el portal de tus sueños con tu mismo valor y dejar que en el reino de Dios tu corazón encuentre la mejor morada, el mejor destino, no soy el monstruo de ti mismo, soy la parte tuya que aún no reacciono, la parte que has creído que no era necesaria.
Para que sepas un poco mas que soy tu mismo, te recordare los tiempos que has pasado en los infiernos perpetuos de la soledad, creyendo que de un labio de mujer nacerían auroras vestidas de fuego , no has sabido buscar los lugares propicios Osvaldo, pero hoy yo que soy vos te llevare a encontrarte al retorno de ti mismo.

Me apresuré, quizás demasiado, y con lágrimas en los ojos, deje que sigan en pensativos gestos los compañeros.
Hice un parte de salida a las 10:30 hs firmado por mi jefe que me miraba con alegría.
Algo sucedió luego durante el viaje, y al llegar a casa me di cuenta que aún no me habían puesto teléfono.

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